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Envejecemos y no lo queremos ver

BIODIVERCIUDAD

Por Magdiel Gómez Muñiz

Profesor Investigador Titular de la Universidad de Guadalajara

Politólogo y abogado.

Email: magdiel.gmuniz@academicos.udg.mx

@magdielgmg

Considero que Bobbio, al reflexionar sobre su propia vejez, formuló una paradoja que hoy es más vigente que nunca: el problema social no es solamente que haya aumentado el número de viejos, sino que también ha aumentado el número de años que se viven como viejos.

Ya no se trata únicamente de preguntarnos cuántas personas mayores habrá en el 2050, sino qué significa vivir veinte, treinta o más años después de la jubilación, y qué está haciendo la sociedad para que esos años sean realmente años de vida y no simplemente años de supervivencia. Y aquí aparece el verdadero problema político. Hemos conseguido algo extraordinario. Prolongar la vida. Pero las instituciones, ciudades, sistemas de salud, mercados laborales, familias y políticas públicas no necesariamente evolucionaron al mismo ritmo.

Durante buena parte de la historia humana, llegar a viejo era una excepción estadística. Hoy comienza a convertirse en una experiencia social extendida. Vivimos más, y eso debería ser considerado uno de los grandes triunfos de nuestra civilización. Sin embargo, hay una pregunta que seguimos postergando. ¿para qué estamos viviendo más? Porque una cosa es prolongar la vida y otra muy distinta es prolongar las condiciones que hacen posible vivirla con dignidad.

El problema del envejecimiento no puede reducirse a contar personas mayores, construir hospitales o calcular cuánto costarán las pensiones (que, por cierto, ya no existirán tales al paso que vamos). Envejecer es, sobre todo, una discusión acerca del tipo de sociedad que queremos construir cuando una parte cada vez mayor de sus ciudadanos puede vivir dos o tres décadas después de los sesenta.

Pero si nos ponemos a pensar, el verdadero desafío comienza cuando dejamos de pensar la vejez como una etapa breve y comenzamos a entenderla como una parte extensa de la existencia. Y entonces, aparecen las preguntas incómodas, por ejemplo, ¿están preparadas nuestras ciudades para quienes caminan más despacio? ¿Nuestros sistemas de transporte sirven para quienes tienen movilidad reducida? ¿Los espacios públicos son afables para las personas que viven solos? ¿Los sistemas de salud se focalizan solamente en atender enfermedades, o también soledad, aislamiento, dependencia y pérdida de autonomía? ¿Nuestros gobiernos han pensado qué significa envejecer dignamente?

Formulemos otra pregunta, ahora mucho más profunda: ¿por qué seguimos tratando la vejez como un problema que hay que administrar y no como una etapa de la vida que también debe ser vivida?

Lo cierto es que mi México y particularmente nuestras ciudades, solemos hablar del envejecimiento cuando aparecen las cifras presupuestales, las necesidades médicas o las dinámicas de acompañamiento senil. Es decir, cuando la persona mayor ya aparece convertida en costo.

Aquí recupero al buen Norberto Bobbio (de nuevo) para ver este asunto desde otro lugar. Me explico; la vejez es tiempo. Tiempo para aprender, crear, recordar, amar, disentir, trabajar si se desea, descansar si se puede, acompañar y ser acompañado (difícil, pero se puede). No debería existir una edad en la que la sociedad considere que una persona dejó de ser productiva y, por esa misma razón, dejó de ser relevante. Creo que el problema no es que vivamos demasiado. El problema es construir una sociedad que no sepa qué hacer con todos esos años que hemos conseguido conquistar. Y eso ya no es un asunto exclusivo de médicos, geriatras o familias longevas. Es un asunto de política pública, de derechos, de ciudad y, finalmente, de democracia.

No olvidemos que una democracia de calidad también se mide por la manera en que trata a quienes han acumulado más años de vida. Si hemos aprendido a vivir más, ¿cuándo aprenderemos a construir una sociedad capaz de acompañarnos durante todos esos años?

 

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