Opinión Política
EDUCACIÓN E HISTORIA

La Batalla de San Julián

RELATOS DE LA GUERRA CRISTERA

Durante los primeros meses de la Guerra Cristera, el gobierno del presidente Plutarco Elías Calles se refirió a la resistencia religiosa y campesina del occidente del país con abierto desdén: la describía como una serie de asonadas sin rumbo, un mero “brote de bandidos” condenado a disolverse en semanas. El 15 de marzo de 1927, en las tierras de Los Altos, esa frase habría de volverse en su contra.

 

Por José Jiménez Gómez Loza   ·

Abogado

El desprecio inicial y el estallido en Los Altos

El levantamiento de San Julián no surgió de manera espontánea el día de la batalla: tiene su origen el 1 de enero de 1927, cuando un grupo de vecinos del pueblo, convocados y bendecidos por el párroco Narciso Elizondo, se alzó en armas al grito de “¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!” en rechazo a la Ley Calles de 1926, que restringía severamente el culto religioso.

San Julián se convirtió así en el primer pueblo alteño —y uno de los primeros del país— en tomar las armas dentro del plan de sublevación general que la Liga Nacional para la Defensa de las Libertades Religiosas venía preparando desde 1925. Por esa razón, San Julián es recordado hasta hoy como la “Cuna de la Cristera”.

Durante más de dos meses, el gobierno federal desestimó ese primer brote armado como un incidente menor y aislado. Fue apenas el 15 de marzo, más de diez semanas después del levantamiento inicial, cuando el 78.º Regimiento de Caballería del Estado Mayor Presidencial —al mando del general Espiridión Rodríguez Escobar— llegó finalmente a San Julián con la misión de sofocar la rebelión y restablecer, sin mayor resistencia esperada, el control del gobierno sobre la región.

 

La primera gran victoria cristera

Lo que las fuerzas federales imaginaban como una operación de castigo rápida se convirtió en la primera gran victoria contundente del Ejército Cristero, al mando del Sacerdote y General Cristero José Reyes Vega, frente a un cuerpo militar regular y bien organizado. El combate, que según los testimonios de la región comenzó ya avanzada la tarde del 14 de marzo, enfrentó a los cerca de cuatrocientos hombres del Regimiento de San Julián —integrado por los escuadrones de San Julián, San Diego de Alejandría, Jalpa de Cánovas y San Miguel el Alto— contra un contingente federal que algunas fuentes sitúan en el doble o más de esa cifra.

Con una combinación de feroz resistencia urbana en las calles céntricas del pueblo y una eficaz maniobra táctica de envolvimiento en tres columnas, dirigida por el General Cristero Miguel Hernández, los rebeldes rompieron el cerco, sorprendieron a la caballería federal por dos flancos y provocaron su desbandada. El resultado, según los cronistas del episodio, fue devastador para las tropas de Rodríguez Escobar, con un número de bajas y prisioneros que convirtió al combate en una de las derrotas más severas sufridas por el ejército mexicano en el curso de toda la guerra.

 

El despertar y la seria preocupación del gobierno

Las consecuencias políticas no se hicieron esperar. Al recibir los partes de guerra en la capital, la arrogancia inicial de Calles dio paso a una alarma genuina: aquel “gallinero jalisciense” que el gobierno emanado de la Revolución ridiculizaba, había demostrado poseer capacidad organizativa, táctica y de movilización campesina suficiente para derrotar a una unidad regular del ejército mexicano.

La magnitud del descalabro obligó al general Joaquín Amaro, secretario de Guerra y Marina, a trasladarse de urgencia al occidente del país para reorganizar personalmente la campaña militar. A partir de este episodio, el Estado dejó de tratar al movimiento cristero como una turba desorganizada y lo reconoció como un verdadero levantamiento popular, con arraigo social e identidad propia. Fue este revés el que llevó a Calles a concentrar numerosos batallones en Jalisco y a endurecer su estrategia con medidas extremas, entre ellas la política de las “concentraciones” o reconcentraciones, mediante la cual la población rural era obligada a abandonar sus ranchos para agruparse en las cabeceras municipales y así aislar a los combatientes cristeros de su base de apoyo.

 

Los caudillos del triunfo: “El Catorce”, el padre Vega y el general Hernández

La victoria de San Julián no puede explicarse sin la conjunción de tres liderazgos que se consolidaron —y en algunos casos nacieron a la leyenda— durante esta batalla.

  • Victoriano Ramírez, “El Catorce”: pieza clave en el desarrollo del combate. Al mando de su escuadrón de los “Catorce Dragones”, sostuvo de manera estoica el sitio de las tropas federales en las calles del municipio durante un día entero, antes de que llegaran los refuerzos. Su tenacidad compró el tiempo indispensable para que la maniobra de Hernández pudiera ejecutarse, y sembró tal temor psicológico entre las filas contrarias que, según la tradición oral, el solo grito de “¡Viva El Catorce!” bastaba para desmoralizar a los federales. Hoy un monumento en la plaza principal de San Julián recuerda su memoria.
  • El padre José Reyes Vega: sacerdote y jefe insurgente que asumió la dirección organizativa y anímica del pueblo en los momentos más críticos del sitio. Su liderazgo en la plaza sostuvo la moral de los combatientes e hizo posible el envío oportuno de emisarios para solicitar auxilio a las unidades cristeras vecinas.
  • El general Miguel Hernández González: nacido en el propio San Julián y antiguo combatiente de filiación villista, encabezaba el Regimiento de San Julián con sus cuatro escuadrones. Al recibir el llamado de auxilio, acudió a galope tendido desde San Diego de Alejandría e implementó la maniobra en tres columnas que tomó al enemigo entre dos fuegos. Su carga de caballería consumó la derrota del 78.º Regimiento y selló el triunfo cristero.

 

San Julián, “Cuna de la Cristera”

El desenlace de aquella jornada marcó para siempre la identidad del municipio. San Julián ostenta hasta la fecha el título honorífico de “Cuna de la Cristera”, y su Museo Cristero conserva testimonios, objetos y una maqueta que recrea el combate del 15 de marzo de 1927 para las generaciones que hoy visitan Los Altos de Jalisco en lo que se conoce como la Ruta Cristera.

 

Reflexión histórica

La Batalla de San Julián demostró, ante el propio gobierno y ante la opinión pública, que la causa cristera no era un brote aislado ni un simple “brote de bandidos”, sino un auténtico movimiento popular y campesino en defensa de la fe y las libertades religiosas. A cien años de distancia, el episodio conserva una lectura de fondo que trasciende lo religioso: la de un poder central que subestimó a una región entera y pagó ese error con la más severa derrota militar de toda la guerra, un recordatorio vigente sobre los costos políticos de gobernar de espaldas a las convicciones profundas de la población.

 

Bibliografía

Meyer, J. (1973). La Cristiada: Vol. 1. La guerra de los cristeros. Siglo XXI Editores.

Meyer, J. (1973). La Cristiada: Vol. 2. El conflicto entre la Iglesia y el Estado. Siglo XXI Editores.

Meyer, J. (1974). La Cristiada: Vol. 3. Los Cristeros. Siglo XXI Editores.

Olivera Sedano, A. (1966). Aspectos del conflicto religioso de 1926 a 1929: Sus antecedentes y consecuencias. Instituto Nacional de Antropología e Historia.

 

Fuentes complementarias de consulta electrónica

  1. Ayuntamiento de San Julián, Jalisco. “Información general — Reseña histórica de San Julián”. sanjulian.gob.mx.

Wikipedia. “Batalla de San Julián” y “Victoriano Ramírez”.

Grupo Milenio. “La Cristiada, los niños de la guerra”.

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