BIO DIVERCIUDAD
Por Magdiel Gómez Muñiz
@magdielgmg
En el contexto contemporáneo, el síndrome del burnout ha dejado de ser un fenómeno aislado para convertirse en un síntoma estructural de las sociedades neoliberales. Esta condición no puede entenderse únicamente como el resultado de cargas laborales excesivas, sino como la consecuencia de un cambio profundo en la forma en que los individuos se relacionan con el trabajo y con la idea del éxito. En este sentido la conmemoración del 1 de mayo, Día del Trabajo, ofrece una oportunidad crítica para repensar las condiciones laborales actuales, especialmente en América Latina y, de manera particular, en México.
Históricamente el 1 de mayo ha sido una fecha asociada con la lucha obrera, la reivindicación de los derechos laborales y de la resistencia frente a la explotación. Sin embargo, la lógica de la explotación ha mutado, ya no se trata únicamente de un sujeto oprimido por fuerzas externas, sino de un individuo que se autoexplota en nombre de la autorrealización. Ya lo ha estudiado a profundidad el Dr. Byung Chul Han en sus reflexiones sobre la “Sociedad del Rendimiento”: el sujeto contemporáneo se percibe como un proyecto en constante optimización, donde el éxito o el fracaso dependen exclusivamente de su esfuerzo personal.
En México, esta lógica encuentra un terreno fértil, según datos del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en el último lustro se ha registrado un aumento significativo en los casos de estrés laboral y trastornos asociado, incluido el burnout. Además, la Organización Mundial de la Salud reconoció oficialmente el burnout como un fenómeno ocupacional en el 2019, lo que ha impulsado reformas como la NOM-035 en México, orientada a identificar y prevenir riesgos psicosociales en el trabajo. Sin embargo, estas medidas, aunque necesarias, no abordan el núcleo del problema señalado por B.C. Han: la internalización de la exigencia.
Si ampliamos nuestra visión y recuperamos a América Latina como caso de estudio, las desigualdades estructurales persisten, sumado a altos niveles de informalidad laboral (que en México supera el 50% según últimas cifras del INEGI) y jornadas extensas, la narrativa de la autorrealización puede convertirse en un arma de doble filo. Por un lado, se promueve la idea de que el trabajo en un medio para alcanzar la plenitud personal; por otro, se invisibiliza la precariedad y se responsabiliza al individuo por no lograrlo. Así, la autoexplotación se disfraza de libertad.
La paradoja es evidente: mientras el 1 de mayo conmemora la lucha contra la explotación, la sociedad contemporánea celebra la productividad, la hiperactividad, el “emprendimiento” como formas de realización personal. En este escenario, el trabajador ya no necesita un capataz; él mismo se convierte en su propio vigilante. La jornada laboral se diluye en la conectividad permanente y, el descanso se percibe como improductivo o incluso culpable.
En este cruce entre autoexplotación y autorrealización surge una tensión fundamental que merece ser problematizada. ¿Hasta qué punto la búsqueda de autorrealización en el trabajo, promovida como ideal, contribuye a la normalización del burnout en contextos como el mexicano, donde las condiciones estructurales ya son adversas? Esta pregunta no solo interpela al individuo, sino también a las instituciones, agendas gubernamentales, implementación de políticas laborales y narrativas culturales que sostienen el modelo de autorrealización.
Repensar el sentido del trabajo en el marco del 1 de mayo implica ir más allá de la conmemoración simbólica. Supone cuestionar las formas contemporáneas de explotación. ¿Usted, trabaja o se autoexplota?



