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La vejez no llega al mismo tiempo que los años

BIODIVERCIUDAD

Por Magdiel Gómez Muñiz

Profesor Investigador de la Benemérita Universidad de Guadalajara

@magdielgmg

Hay un momento en la vida en que el calendario comienza a decir una cosa y el cuerpo otra. La edad aparece en los documentos, se acumula en los cumpleaños y se convierte en una cifra que los demás utilizan para clasificarnos. Lo que es un hecho es que el cuerpo no obedece a esa aritmética. Un día caminamos la ciudad sin reparar en sus distancias; otro, descubrimos que una escalera tiene demasiados peldaños, que una banqueta exige más equilibrio del que tenemos o que cruzar una avenida requiere calcular el tiempo con una precisión que antes no necesitábamos. Ojo, no necesariamente hemos cambiado de edad de un día para otro. Ha cambiado nuestra manera de habitar el mundo.

Sin romantizar, envejecer también significa reconocer pérdidas, experimentar incertidumbres y aceptar que la relación con el tiempo se debe modificar. ¿Qué sucede cuando el cuerpo modifica sus ritmos, pero la sociedad conserva intactas sus exigencias de velocidad, rendimiento, autonomía y complejidad? La pregunta importa debido a que nos hemos organizado alrededor de un “absurdo” que es que, todos podemos llegar a los mismos lugares, realizar las mismas tareas y responder a las mismas exigencias si simplemente nos esforzamos lo suficiente. Pero no es así. El envejecimiento introduce diferencias en las capacidades físicas, cognitivas, sensoriales y las transformaciones no aparecen de forma idéntica en todas las personas.

Hay quienes conservan una gran autonomía durante muchos años y quienes necesitan apoyos antes. La edad cronológica, por sí sola, no explica toda la experiencia de envejecer. El problema comienza cuando confundimos una fecha de nacimiento con una descripción completa de la persona. Cumplir sesenta, setenta u ochenta años no significa habitar un cuerpo uniforme ni compartir las mismas necesidades. La burocracia, en cambio, requiere categorías; las políticas públicas establecen rangos y los servicios suelen diseñarse para grupos definidos por edad. Sin duda, estas herramientas son necesarias, pero resultan insuficientes cuando sustituyen la observación de las condiciones reales en las que vive cada individuo. La ciudad revela esta contradicción con una claridad incómoda. Durante años, una persona puede caminar por las mismas calles, ir al mercado, visitar amistades y resolver sus asuntos sin pensar demasiado en el espacio que la rodea. Después, una modificación en su movilidad transforma esas actividades ordinarias en pequeñas operaciones de alto riesgo. La distancia entre el hogar y la farmacia adquiere otro significado; una parada de autobús sin asiento deja de ser un detalle menor; una calle sin sombra se convierte en una dificultad. El territorio sigue siendo el mismo en el mapa, pero ya no es el mismo para quien lo recorre.

Siendo crítico para nuestros gobernantes: no todos los obstáculos de la vejez están dentro del cuerpo; algunos se encuentran fuera de él, instalados en la manera en que construimos y administramos nuestros territorios. Una disminución de fuerza puede formar parte del envejecimiento, pero la ausencia de rampas, los cruces inseguros, transporte inaccesible y servicios muy lejanos convierten esa condición en una limitación mayor. No se trata de negar los cambios corporales del envejecimiento, se trata más bien de evitar que el entorno los agrave.

Por eso, hablar de vejez también es hablar de política. Pero no de política entendida únicamente como elecciones, partidos políticos o sistemas gubernamentales. Se puede tener un nuevo tamizaje a partir de la decisión colectiva de determinar quién puede desplazarse, quién tiene acceso a los servicios y quién conserva la posibilidad de participar en la vida común. Una metrópoli puede contar con hospitales, parques, oficinas públicas y aun así, resultar excluyente si llegar a ellos exige capacidades que una parte de sus habitantes ya no posee. La existencia de un servicio no garantiza que esté verdaderamente al alcance de todos. La vejez no tiene que ser una etapa heroica ni una tragedia anunciada. El reconocimiento de nuestras personas mayores pierde sentido cuando no modifica las condiciones materiales de la vida cotidiana.

Creo no equivocarme al sostener que, no todo lo que se pierde se recupera, ni toda experiencia acumulada se convierte automáticamente en sabiduría. Pero con una brutal sinceridad, reconocer la fragilidad no obliga a aceptar la exclusión.

Señor@s de las decisiones gubernamentales, una ciudad verdaderamente amigable con las personas mayores no es aquella en la que nadie envejece, sino aquella en la que envejecer no significa comenzar a desaparecer de la vida pública. Al tiempo.

 

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