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Estados Unidos y América Latina. ¿Qué Sigue?

Por Alfonso Gómez Godínez

@ponchogomezg

A un par de meses de haberse realizado la IX Cumbre de las Américas, en los medios gubernamentales, diplomáticos, académicos y de la opinión pública se han vertido diversos comentarios y reflexiones en torno a ella, a sus resultados y en consecuencia al futuro de la relación entre Estados Unidos y América Latina.

Es cierto, con la IX Cumbre de las Américas nos encontramos con un escenario, circunstancias y expectativas completamente distintas a las que dieron origen a la muy recordada primera Cumbre de las Américas celebrada en Miami en 1994. Vaya contraste entre la primera y esta última.

Evidentemente los tiempos eran otros. La Cumbre de Miami llegaba en el contexto del fin de la guerra fría, del colapso soviético, de los regímenes de Europa Oriental. En esos tiempos se pregonaba el triunfo del capitalismo, del mundo unipolar estadunidense y del fin de la historia.

Los cambios del escenario global y la euforia desatada en algunos círculos de poder anunciaban un nuevo liderazgo de los Estados Unidos; y en América Latina, ese liderazgo se alimentaba con los procesos de transición democrática, el fin de los gobiernos militares y muy fundamentalmente por las expectativas generadas por las reformas económicas de mercado enmarcadas en el CW e impulsadas por una gran cantidad de países de la región.

Democracia liberal, economía de mercado y un mundo sin amenazas para Norteamérica aparecieron como las notas de la sinfonía que anunciaban los nuevos tiempos para todo el continente. Así, se vislumbró en la Cumbre de las Américas la idea de crear un área de libre comercio de las Américas para el 2005.

Han pasado 28 años de la primera Cumbre de las Américas y las realidades geopolíticas, económicas y sociales son otras. Estados Unidos no está solo. China y la propia Rusia rompieron el sueño del mundo unipolar.  Estas dos últimas naciones tienden puentes de comunicación política, intercambio comercial, inversiones, de asistencia con varias naciones Latinoamericanas. El desencanto en torno a la democracia liberal se registra en el mismo Estados Unidos, no se diga en la región latinoamericana; la frustración en torno a los resultados obtenidos por las reformas de mercado alentó en América Latina la llegada al poder de movimientos contestatarios y nuevas alternativas políticas, inclusive fuera del encuadre de los partidos tradicionales.

Nuevos y viejos problemas confluyen y parecen rebasar instituciones, propuestas y liderazgos en el Continente. Migración, cambio climático, pandemia, mundo postpandemia, crimen organizado, paradójicamente, dispersan nuestra agenda y fragmentan las respuestas. Estados Unidos y América Latina no logran acoplar una visión conjunta y de cooperación.

América Latina parece seguir ocupando un sitio residual en las prioridades de Estados Unidos. Aún entre los mismos países latinoamericanos tenemos problemas para entendernos entre nosotros. La propia OEA es campo de tensiones y divisiones encontradas, a la par de una diplomacia norteamericana errática y un presidente con débil liderazgo.

En la perspectiva de las relaciones Estados Unidos y América Latina se avizora en el corto plazo las elecciones presidenciales en la potencia del norte; en el mediano y largo plazo algunos vislumbran una tendencia de desglobalización, lo que implicaría la relocalización de procesos productivos hacia regiones cercanas a los grandes mercados; dicho en otras palabras, de Asia, de China hacia México y Latinoamérica, las oportunidades se combinan con los riesgos.

 

 

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