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Política educativa

Por Carlos A. Lara González

Dr. en Derecho de la Cultura y Analista de la Comunicación y la Cultura

@Reprocultura

Muchos colegas me han preguntado en los últimos días sobre el contenido de los polémicos libros de texto de la Conaliteg. Me he limitado a decir dos cosas. La primera, es la que he defendido desde hace más de 25 años, que no me parece que deban ser únicos y obligatorios en un país en el que no nos cansamos de decir que es multidiverso y plural. En grado tal que no se han podido plasmar todas las lenguas en ellos con sus respectivas variantes dialectales.

A muchos de mis colegas se les inflama el pecho cuando hablan de diversidad cultural, de democracia, pluralidad y transparencia, mucha Unesco, Agenda 2030, el cuarto pilar, Mondiacult y la manga del muerto. ¡Ah! pero cómo dan maromas apoyando un proceso unipersonal, opaco, antidemocrático e ilegal.

Aquí es donde radica el segundo comentario. Antes de intentar demostrar a todos sus contactos que tienen las ligas y han leído los libros, deberían preguntarse qué hay detrás de este capricho ideológico. Prefieren adoptar el lenguaje binario que tanto han criticado y decir que los libros son tan buenos porque el proyecto de lo que llaman derecha, empresas, capitalismo y demás males de sus tristes vidas, era aún peor.

Deben saber primero que por ley estos libros deben ser elaborados a través de un procedimiento que incluye consultas. Que deben ajustarse a los programas de estudio, esos que nadie conoce y que estamos obligando a difundirlos. Ha sido un proceso opaco, no solo porque se simuló un ejercicio, sino porque han reservado toda esta información por cinco años. ¿Por qué la SEP reservó la información sobre las asambleas para elaborar los libros y los planes? ¿A alguien se le ocurre una posible respuesta? ¿Prefieren seguir dando maromas? Pues eso.

A los autodenominados gestores culturales, incluso a los que se autoperciben como tal, que me han estado preguntando sobre el tema, les respondo con un par de preguntas: ¿Por qué un país tan diverso como México, con casi 70 lenguas y todo un mosaico de culturas, debe tener un solo juego de libros obligatorios en todas las escuelas del país?  ¿Por qué en lugar de debatir sobre la legalidad del proceso prefieren hacer de coro de acompañamiento de un debate político tan pobre?

Con los alumnos de la materia de legislación cultural, siempre insisto en que aprendan bien la estructura y naturaleza de un derecho fundamental, suelo poner diversos ejemplos. Lo anterior, con el propósito de que llegado el momento de ver este derecho materializado en una política pública, puedan valorar su pertinencia y su ejercicio pleno. Por eso me apena verles intentando, desesperados, queriendo dejar constancia pública de su progresismo con argumentos de lo más pobre.

Los libros de texto suelen reflejar una ideología política, eso lo sabemos. Así fue en los gobiernos del PRI. Predominó la cultura del mural, ese evangelio de la revolución mexicana trasladado a los polémicos libros, desde Adolfo López Mateos a Ernesto Zedillo. El PAN fue incapaz de desarrollar una política educativa con sello propio, libre y humanista. Pero lo que pretende hacer este gobierno es de lo más pernicioso. Utilizar el poder del gobierno y su control para impulsar los deseos de “El Tata” Cárdenas y las epistemologías del sur del continente. Visiones ideológicas que podrían convivir con otras tantas y no ser una sola y obligatoria. Sin embargo, prefieren alimentar con ideología a sus adoctrinados y optan por la eliminación de los distintos. El problema es que se trata de un derecho fundamental de todos los mexicanos, es la educación de millones de niños.

Mientras tanto, quienes podrían dimensionar el tamaño del problema solo mueren por ser los primeros en gritar que ya los leyeron; por demostrar que son los seres más diversos, multiculturales, plurales, tolerantes, respetuosos, demócratas y civilizados. Pero apoyan un proceso ilegal y opaco que promueve la visión única y obligatoria de un proyecto político. Ahora, no niego que es divertido verles echar maromas en medio de este calor.

 

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