NOTA DEL EDITOR
Por Alfonso Gómez Godínez
En la plaza pública el ruido aumenta de decibeles. Múltiples asuntos se entrecruzan en el ambiente, pero, en paralelo, la divergencia en la opinión, la posición contraria, inmediatamente se descalifica. Ahora, pensar diferente no es un atributo, es un defecto. Se ha venido perdiendo paulatinamente el valor democrático y educativo que significa escuchar, dialogar y aprender del que piensa distinto.
En los últimos años, la clase política se ha encerrado en monólogos y en recrear sus propias realidades. El discurso se vacía de contenido y la palabra no convoca, se convierte en vituperio. Sus seguidores y adeptos corren a replicar sus arengas.
En las últimas semanas la atmosfera política y económica se sigue calentando. Las redes cumplen su papel y los estados de ánimo se alteran peligrosamente. No sorprende pues, que sin pudor representantes populares han convertido a la Comisión Permanente del Congreso de la Unión en una vulgar carpa donde el insulto, la payasada insulsa y la desfachatez marcan el guion de sus alocuciones y actitudes pugilísticas.
Para subir la intensidad del estruendo se convoca a la plaza, a la calle. Aplicando puntualmente el manual para gobiernos en problemas o crisis, se evoca el sentimiento nacionalista, a la defensa de la soberanía y del sentir del pueblo. Dicho manual es claro en su recomendación, se debe dar aviso e insistir sobre la existencia de enemigos externos, intervencionistas, aliados y confabulados con los adversarios internos.
Crear una gran pantalla para desviar la atención, mimetizar los intereses de grupo con los intereses nacionales, esconder tropelías bajo la bandera, construir una narrativa alterna con sus propios héroes y malvados.
En el colmo nos hemos acostumbrado a replicar la máxima bíblica, ¿y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo”.
Estoy convencido de que la política tiene una cara que es la del choque, del enfrentamiento y de la disputa; “es la guerra por otros medios” diría el clásico; pero el valor supremo de la política es el de resolver los asuntos de la “polis” y creo que cada vez la política se aleja de su razón de ser.
Preocupa que la problemática que enfrenta la sociedad quede reducida a lugares comunes, frágiles y fantasiosos. El acontecer son los estertores de la democracia y la economía mexicana que ha perdido su rumbo, es la respiración fatigosa de un devenir sin sentido y cada vez más costoso.
Vivimos una intensa lucha por el poder, que es sinónimo de disputa por la sobrevivencia de los distintos grupos desde dentro y fuera del gobierno. Quien tiene el poder lo asume como patrimonio y sin límite de tiempo. Es la lucha por el presupuesto y su reparto. Un mal que cruza todos los colores y siglas partidistas. Quisiera pensar que vivimos una lucha por distintos proyectos de nación, que es lo que realmente importa. Son los tiempos que nos toca vivir y los que tenemos, afortunadamente, que cambiar.



