Qué está en juego para México en la negociación con Estados Unidos.
Por Ángel Nakamura
El próximo 20 de julio comenzará la primera negociación bilateral de fondo entre México y Estados Unidos dentro del proceso de revisión del Tratado Comercial entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC). Se trata de una etapa que definirá tanto el futuro inmediato del principal acuerdo comercial de América del Norte como la estrategia económica que nuestro país deberá seguir durante la próxima década. Aunque el tratado permanece vigente y sus beneficios continúan aplicándose, la decisión de Washington de no respaldar el pasado 1 de julio la extensión automática del acuerdo por otros 16 años modificó por completo el escenario político y económico de la región.
En lugar de otorgar la renovación prevista en el artículo 34.7 del tratado, Estados Unidos optó por activar el mecanismo de revisiones anuales, lo que abre una negociación permanente que incrementa la presión sobre los tres socios comerciales.
Lejos de significar la desaparición inmediata del T-MEC, el proceso inaugura una etapa de incertidumbre controlada. El tratado continuará vigente, por lo menos, hasta 2036, pero cada revisión anual servirá para evaluar su funcionamiento, negociar cambios y resolver diferencias, mientras que empresas e inversionistas observan con atención el rumbo de las conversaciones.
Un tratado que seguirá vigente y bajo revisión constante
Uno de los principales malentendidos surgidos tras la decisión estadounidense consiste en asumir que el T-MEC está cerca de desaparecer. Jurídicamente, eso no ocurrió. La negativa de Washington únicamente activó el procedimiento previsto por el propio acuerdo comercial. Las reglas actuales permanecen vigentes, las preferencias arancelarias continúan operando y las cadenas de suministro de América del Norte siguen funcionando bajo el mismo marco legal.
Sin embargo, el mecanismo cambia el incentivo político. En lugar de garantizar estabilidad durante otros 16 años, ahora los tres gobiernos deberán sentarse cada año para evaluar el desempeño del tratado y decidir si existen condiciones para mantenerlo a largo plazo. Esa incertidumbre puede influir directamente en las decisiones de inversión, particularmente en industrias cuya planeación depende de horizontes superiores a una década.
Especialistas de la Universidad Nacional Autónoma de México advierten que, si durante la revisión se plantea modificar el contenido del tratado y no únicamente realizar ajustes operativos, la negociación entraría en un escenario mucho más complejo. Una reforma sustancial obligaría a que los cambios fueran aprobados por los respectivos congresos nacionales, lo que añadiría nuevas variables políticas al proceso.
Carlos Reyes Díaz, investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas, señaló que existe una zona de ambigüedad sobre el alcance de esta revisión: todavía no está claro hasta dónde pueden llegar las modificaciones sin convertirse formalmente en una renegociación integral del tratado.
La presión de Washington
La revisión ocurre en un contexto completamente distinto al que existía cuando el T-MEC entró en vigor. La política comercial estadounidense ha evolucionado hacia un modelo más proteccionista, con mayor énfasis en la recuperación del empleo manufacturero, la reducción de la dependencia de proveedores asiáticos y el fortalecimiento de la producción regional.
La agenda que Estados Unidos llevará a la mesa refleja esas prioridades. Washington buscará discutir cinco grandes temas: la pérdida de empleos manufactureros, la dependencia de insumos provenientes de terceros países, el déficit comercial, las reglas de origen y la construcción de un nuevo esquema de seguridad económica para América del Norte.
Al mismo tiempo, la administración estadounidense ha dejado entrever que considera insuficientes algunos mecanismos del tratado vigente, entre los que destaca el capítulo laboral.
Jamieson Greer, representante comercial de Estados Unidos, ha sostenido que las deficiencias del T-MEC impiden simplemente ratificar el acuerdo en sus términos actuales, lo que abre la puerta a nuevas exigencias relacionadas con salarios, condiciones laborales y mecanismos de verificación más estrictos.
Ahí aparece uno de los temas más sensibles para México. Diversos especialistas consideran inviable pretender una convergencia salarial acelerada entre trabajadores mexicanos y estadounidenses. Las diferencias estructurales entre ambas economías hacen prácticamente imposible alcanzar ese objetivo en el corto plazo, por lo que convertirlo en una condición de negociación podría conducir a un punto muerto.
Los pendientes laborales
Uno de los capítulos más innovadores del T-MEC también se ha convertido en uno de los más controvertidos. Por primera vez en un tratado comercial internacional, los derechos laborales fueron incorporados dentro del texto principal con mecanismos de cumplimiento vinculantes y sanciones efectivas.
Desde su entrada en vigor, el Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida (MLRR) ha permitido atender conflictos relacionados con libertad sindical y negociación colectiva, impulsando cambios importantes en la justicia laboral mexicana. Sin embargo, el diseño actual presenta desequilibrios.
La mayoría de los procedimientos se han concentrado en México, especialmente en la industria automotriz, mientras que el mecanismo prácticamente no opera con la misma intensidad respecto a Estados Unidos y Canadá.
Académicos y especialistas consideran que uno de los objetivos mexicanos debería consistir en hacer más simétrico el sistema, ampliar su aplicación a sectores como el agrícola y el minero y agilizar los procedimientos para evitar incertidumbre jurídica prolongada.

La hoja de ruta mexicana
Frente a la presión estadounidense, el gobierno mexicano llega a la negociación con una estrategia definida. La Secretaría de Economía identificó seis prioridades principales. La primera consiste en impedir que Estados Unidos continúe aplicando medidas comerciales unilaterales que alteren el equilibrio del tratado.
La segunda busca eliminar los aranceles al acero impuestos bajo la Sección 232, considerados uno de los principales obstáculos para la competitividad de diversas industrias nacionales.
También buscará preservar la competitividad del sector automotriz, considerado la columna vertebral de la integración manufacturera de América del Norte.
Otro objetivo será construir un nuevo marco de seguridad económica regional que incentive la producción dentro del bloque y reduzca la dependencia respecto de proveedores asiáticos.
A ello se suman la resolución de diversos temas bilaterales pendientes y el fortalecimiento de la certidumbre para las inversiones.
En paralelo, México presentará trece preocupaciones comerciales propias, entre ellas los aranceles estadounidenses sobre industrias estratégicas, restricciones sectoriales, el funcionamiento del Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida y diversas barreras comerciales impuestas por gobiernos estatales en Estados Unidos.
Una relación demasiado integrada para romperse
Las cifras explican por qué ninguno de los tres países puede darse el lujo de romper el acuerdo: entre 2019 y 2024 las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos crecieron 38%, mientras que las dirigidas a Canadá aumentaron 32%.
Durante 2025, México se convirtió por primera vez en el principal destino de las exportaciones estadounidenses y también se consolidó como el mayor proveedor de importaciones para ese país.
En los últimos doce meses, las exportaciones mexicanas superaron los 550 mil millones de dólares y aproximadamente el 85% de ellas continúa ingresando al mercado estadounidense libre de aranceles gracias al T-MEC.
Sectores como el automotriz, con un comercio superior a 167 mil millones de dólares anuales, y el electrónico, cercano a 89 mil millones, representan algunos de los ejemplos más claros del nivel de integración alcanzado por las cadenas productivas de América del Norte.
Precisamente por ello, la incertidumbre generada por una revisión prolongada puede afectar proyectos de inversión multimillonarios, especialmente aquellos relacionados con la relocalización de empresas (nearshoring), semiconductores, dispositivos médicos, electrónica avanzada y manufactura de alta tecnología.
¿Qué ocurriría si la negociación fracasara?
Aunque los especialistas consideran poco probable un rompimiento definitivo, el escenario no puede descartarse completamente. Si eventualmente el tratado dejara de operar, México tendría que replantear buena parte de su estrategia económica.
Las prioridades serían diversificar mercados de exportación, fortalecer otros acuerdos comerciales, atraer inversión desde nuevas regiones y renegociar las condiciones de acceso al mercado estadounidense mediante otros instrumentos.
Sin embargo, ninguna de esas alternativas ofrece, en el corto plazo, un sustituto comparable al grado de integración alcanzado por el T-MEC. El objetivo de la revisión no parece ser desmontar el tratado, sino redefinir sus reglas para adaptarlas a una nueva realidad geopolítica marcada por la competencia con Asia, la relocalización industrial y la creciente utilización de la política comercial como herramienta de seguridad nacional.
El inicio de una negociación de largo aliento
La reunión del 20 de julio difícilmente resolverá todos los desacuerdos. Su principal propósito será establecer el calendario de trabajo, fijar prioridades y determinar la metodología que seguirán ambos gobiernos durante los próximos meses.
La Secretaría de Economía asegura que el trabajo técnico previo ya permitió reducir de 54 a 14 los temas pendientes entre México y Estados Unidos, un avance significativo que podría facilitar las discusiones políticas de alto nivel.
No obstante, las diferencias más sensibles permanecen abiertas. Las reglas de origen, los mecanismos laborales, los aranceles sectoriales, la política industrial estadounidense y la redefinición de las cadenas regionales de suministro serán algunos de los expedientes que marcarán el futuro del acuerdo.
El proceso representa una negociación sobre el modelo económico que América del Norte pretende construir para competir en un escenario internacional cada vez más fragmentado. Para México, el reto consiste en preservar las ventajas que le han permitido consolidarse como el principal socio comercial de Estados Unidos sin renunciar a defender un equilibrio que garantice certidumbre jurídica, competitividad e inversión para los próximos años.



