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Sequía, cortes y apagones. Las elecciones y la realidad nos alcanzan

Por Alfonso Gómez Godínez

@ponchocomezg

Las altas temperaturas, la sequía que nos agobia poniendo al límite las reservas de nuestras presas, las afectaciones a los bosques provocados por los incendios, los cortes en el suministro de agua y los apagones conforman, entre otros elementos, un perverso ciclo de causalidades que amenazan con afectar no solo el nivel de bienestar de la sociedad, sino sus propios espacios de convivencia y gobernabilidad.

En pleno proceso electoral, los diversos candidatos no dejan de ofertar promesas y compromisos. Con una facilidad admirable prometen construir más vivienda, llevar agua potable a todo mundo, impulsar más industrias, aumentar la producción agrícola y pecuaria, ampliar y transformar el gigantismo metropolitano en espacios amigables y de confort. En esa fabril lucha por conseguir votos no caen en cuenta que insistir por los caminos tradicionales del actual paradigma de crecimiento económico nos acerca a un nebuloso escenario que colapse la sustentabilidad del propio sistema económico.

No se trata de resucitar las ideas malthusianas del Club de Roma de los años setenta del siglo pasado, ni tampoco apoyar las visiones apocalípticas de los extremistas del cambio climático, de lo que se trata es que debemos realizar un cambio de timón en nuestra concepción y prácticas cotidianas en materia económica.

Producir un kilo de carne implica el consumo de 15 mil litros de agua; la industria refresquera y de cerveza requieren de 71 mil 100 millones de litros de agua al año; fabricar una camisa de algodón demanda de 2700 litros del vital líquido. La lista se puede ampliar todo lo que queramos. Según la Organización Mundial de la Salud, los mexicanos gastamos 380 litros de agua al día, siendo lo recomendable un consumo de 100 litros por día.

La irracionalidad, el despilfarro y la inconsciencia guían nuestros actos y nos empujan al callejón sin salida. Es urgente que con los nuevos gobernantes o sin ellos partamos de los siguientes principios para normar la ruta de un nuevo modelo económico.

Olvidemos la idea de que los bienes públicos son abundantes. De que la madre naturaleza es tan generosa que nos ofrece sin límites sus dones y bienes. Agua y aire limpio, bosques, vida vegetal y animal, clima apropiado, cada vez son más escasos y la tendencia puede ser irreversible.

Actuar en torno al principio de la escasez implica reconocer que no existe nada gratis. Impulsar la idea de la gratuidad, que con fuerza se escucha en las campañas electorales, impulsa el dispendio, la sobreexplotación y desvaloriza al ahorro. Todo lo que se usa, se consume, tiene un costo que más temprano que tarde debemos liquidar. Las deudas gubernamentales que, al final pagaremos todos, es un camino, el otro es cancelar a las generaciones futuras del disfrute de los bienes que en el presente agotamos. Debemos erradicar la palabra “gratis”, ya que es un mito tóxico.

Vivimos en la generación de los derechos. Afortunadamente, en las últimas décadas se ha ampliado el catálogo de derechos constitucionales de los mexicanos. Desde educación, agua, salud, hasta una vida libre de violencia. Paradójicamente esos derechos no se aplican a cabalidad porque no hemos incorporado el catálogo de responsabilidades. Acceder y recibir bienes y servicios públicos a cambio de una conducta y contraprestación. El ejercicio de derechos sociales constitucionales cuesta, por lo que debemos entrar al tema de su financiamiento y de las responsabilidades individuales que tenemos al recibirlos.

Los próximos gobernantes tienen múltiples tareas. Esperamos que a ellos y a nosotros no nos alcance una realidad poco deseable.

 

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