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La inflación de la distancia y la impaciencia

Por Carlos A. Lara González

Dr. en Derecho de la Cultura y Analista de la Comunicación y la Cultura

@Reprocultura

La semana pasada estuve en la Feria Internacional de la Lectura de Yucatán, mejor conocida como La Filey. Impartí una conferencia sobre el acto lector en los adolescentes, tratando de responder si acaso estamos pagando ya el precio del vértigo. Llegué un día antes y tuve la oportunidad de pasear por los stands y ver novedades editoriales, productos y elementos en torno al libro y la lectura, tales como un creativo stand especializado en separadores de libros. Especial atención despertaban los estudiantes de primaria y secundaria que llegaban escuela por escuela.

A ver ¿qué te gustó? decía un padre a su hijo, y este corrió a tomar un póster de no sé qué personaje. Entendible.

En uno de los salones se ofreció un concierto en el que tocaron diferentes tipos de canciones, el sonido atrapó a todos los que caminábamos por el pasillo central, un gran éxito. Sin embargo, los primeros en abandonar el salón fueron los adolescentes que habían ingresado cuando escucharon las canciones de Natalia Lafurcade y Mon Laferte. Fue cambiar a Los Auténticos Decadentes y canciones de José José versionadas en Jazz, apagaron sus respectivos celulares y marcharon; dejó de ser atractivo el espectáculo. Entendible.

Datos pre- pandemia venían señalando un descenso en la asistencia a ferias del libro como las de Monterrey, la de Guadalajara, el propio Festival Cervantino, y después de la pandemia Minería, entre otras. Se habla de que no han podido remontar la asistencia pre-pandémica. Entendible.

El consumo cultural en general dio un giro desde antes de la pandemia, donde ya era algorítmico, en la pandemia se volvió confinado. Hoy está domiciliado y si no hay un evento altamente instagrameable para los nuevos consumidores culturales, estos no se mueven o marchan del lugar.

El colapso narrativo que ha generado el cambio en el orden ilustrado en el que antes recibíamos las imágenes, la lectura, la información, la comunicación, la educación, el entretenimiento… genera una gran impaciencia debido a que hoy ya no hay un tiempo para cada cosa ni hacemos una cosa a su debido tiempo. Tenemos todo lo antes señalado en un mismo dispositivo y al mismo tiempo. Lo que exige estar en modo On Live (permanentemente conectados). Se entrelaza todo generando dispersión e impaciencia.

El zapping actitudinal, como uno de los padecimientos digitales de los que hablé en la conferencia, nos muestra cómo éste ha dejado de ser una actitud ante el televisor (o la pantalla), para convertirse en una actitud ante la vida.

Es lo que tiene la inflación de la distancia de la que habla Luigi Forza en La muerte del prójimo, es lo que tiene la lejanía de los adultos de la que habla José Antonio Marina en El talento de los adolescentes, es lo que tiene el hecho de habitar, por primera vez en el planeta, cinco generaciones, como dicen los antropólogos y mercadólogos. Hoy México tiene más de un smartphone por habitante, y esto sin una adecuada mediación, nos convierte más en usuarios que en ciudadanos. Este hecho tiene un gran coste de cambio que repercute en la atención y el rendimiento, tanto escolar como laboral.

Es lo que ha permitido la domiciliación del trabajo, la escuela, la comida, el entretenimiento y las relaciones sociales. Hemos perdido el contexto, la noción de nuestro entorno. Lo preocupante de esto es que con la pérdida del contexto desaparece la comunidad.

Las nuevas generaciones deben ser educadas en la paciencia, saber la importancia de vivir en sociedad. Saber que pensamos a partir de una cultura, como señala Marina, y por tanto, el desarrollo de nuestra inteligencia y productividad, depende de la riqueza del entorno. Lo cual requiere paciencia.

Estamos pagando el precio del vértigo. Sí, lo sé, soy muy apocalíptico.

Por cierto, ¿Dónde quedaron los BookTubers? No los vi.

 

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