Opinión Política
OPINIÓN

La presidenta entre el poder y la historia

Por Amaury Sánchez González

Politólogo

                   «El poder puede llenar las plazas y multiplicar los aplausos; la historia, en cambio, solamente reconoce los resultados».

Claudia Sheinbaum Pardo salió al balcón de Palacio Nacional y tomó la bandera con la serenidad de quien sabe que no está representando únicamente a un gobierno, sino a un país entero. Abajo, el Zócalo parecía respirar.

Miles de personas esperaban las campanadas, los nombres de los héroes y ese instante en que México vuelve a encontrarse consigo mismo, aunque sea durante unos minutos. La presidenta pronunció las palabras acostumbradas, pero agregó otras que explican el momento político que vive la nación: pueblos indígenas, afro-mexicanos, migrantes, dignidad, libertad, igualdad, justicia, democracia y soberanía.

 

No fue una arenga improvisada.

En el poder, hasta las pausas tienen destinatario.

El segundo Grito de Independencia de Claudia Sheinbaum estuvo dirigido a los mexicanos reunidos en la plaza, pero también a quienes observaban desde Washington. En tiempos de presiones comerciales, amenazas intervencionistas y exigencias estadounidenses en materia de seguridad, la presidenta quiso dejar un mensaje tan antiguo como vigente: México puede cooperar, pero no obedecer.

La ceremonia ocurrió pocos días después de su Segundo Informe de Gobierno. Ambos acontecimientos formaron parte de una misma narración: una presidenta que busca demostrar que ya no se encuentra a la sombra de su antecesor, aunque continúe caminando por el sendero que él trazó.

Andrés Manuel López Obrador le entregó algo más que la banda presidencial. Le heredó un movimiento, una mayoría legislativa, una extensa red de programas sociales, una narrativa histórica y millones de simpatizantes dispuestos a defender la continuidad de la Cuarta Transformación.

 

También le dejó deudas, problemas y contradicciones.

Le entregó un país con mejores salarios y menor pobreza, pero con regiones enteras sometidas por la violencia. Un gobierno con respaldo popular, pero instituciones debilitadas. Un sistema de salud que prometía parecerse al de Dinamarca y terminó buscando medicamentos en bodegas vacías. Una empresa petrolera que presume soberanía mientras continúa necesitando dinero público para mantenerse a flote. Sheinbaum recibió todo eso.

 

Lo bueno, lo malo y lo que todavía no sabemos cómo llamar.

A diferencia de López Obrador, ella no gobierna desde el instinto político permanente. Es menos dada al arrebato y más inclinada al informe técnico. No necesita inventar un enemigo cada mañana para justificar la existencia de su gobierno. Escucha cifras, exige resultados y procura que sus funcionarios no confundan la conferencia de prensa con una función personal.

 

Pero tampoco ha renunciado a la centralización del poder.

La presidenta tiene el Congreso, gobierna la mayoría de los estados mediante su partido, conserva una aprobación cercana a siete de cada diez mexicanos y enfrenta una oposición que todavía discute quién debe encabezarla mientras el país ya camina hacia las elecciones de 2027. Pocas presidentas o presidentes han tenido tanto poder. Y precisamente por eso, pocas excusas pueden quedarle.

Su Segundo Informe presentó una cifra que merece atención: la reducción de 51 por ciento en el promedio diario de homicidios desde el comienzo de su administración. Cuarenta y cuatro asesinatos menos cada día no son un detalle propagandístico. Son vidas que no se perdieron, familias que no recibieron una llamada en la madrugada y madres que no tuvieron que reconocer un cuerpo. El dato debe reconocerse. Pero también debe mirarse completo.

México todavía padece desapariciones, extorsiones, cobros de piso, fosas clandestinas y comunidades donde la autoridad aparece únicamente después de que los criminales se marcharon. Reducir los homicidios es un avance enorme; confundirlo con la pacificación sería una imprudencia.

Omar García Harfuch ha introducido inteligencia, coordinación y capacidad operativa donde antes predominaba una paciencia que comenzaba a parecer resignación. Sin embargo, la seguridad no puede medirse solamente contando muertos. También debe medirse preguntando a los ciudadanos si pueden viajar por una carretera, abrir un negocio o regresar a casa sin sentir que alguien los vigila.

En la economía sucede algo parecido. El país conserva estabilidad, controla la inflación y continúa recibiendo inversión extranjera. La pobreza laboral disminuyó y el salario recuperó una parte importante de su valor. Son resultados que pueden sentirse en hogares donde durante años el dinero se terminaba antes que la semana.

Pero más de la mitad de los trabajadores permanece en la informalidad. Millones viven sin seguridad social, contrato, vacaciones o pensión. La economía crece, sí, pero con la velocidad de quien teme tropezar. Y un país no puede financiar eternamente sus derechos sociales si produce poco, recauda insuficientemente y destina cantidades enormes a rescatar empresas públicas mal administradas.

La política social es una de las fortalezas de Sheinbaum. Las pensiones y becas significan comida, transporte, medicamentos y una pequeña tranquilidad en millones de hogares. Quienes las desprecian desde la comodidad de un escritorio desconocen el valor que puede tener un depósito para una abuela o un joven estudiante. Pero los apoyos no sustituyen los servicios públicos.

Una familia puede recibir una pensión y, aun así, pasar semanas buscando una consulta. Un estudiante puede tener una beca y continuar aprendiendo poco en un plantel abandonado. Un campesino puede recibir un apoyo y perder la cosecha por falta de agua, crédito o precio justo.

Gobernar no consiste solamente en repartir recursos. Consiste en construir instituciones que funcionen cuando la presidenta no está mirando.

Ésa es también la duda que acompaña a la reforma judicial. Elegir jueces mediante el voto puede presentarse como democratización, pero una participación cercana al 13 por ciento obliga a moderar el entusiasmo. La justicia no mejora cambiando únicamente el método para nombrar juzgadores. Mejora cuando una denuncia se investiga, una víctima es escuchada y el poderoso descubre que la ley también fue escrita para él.

Claudia Sheinbaum es hoy una presidenta consolidada.

No es una figura decorativa ni una administradora obediente del obradorismo. Tiene carácter, disciplina y un estilo propio. Pero continúa gobernando dentro del edificio político construido por López Obrador y todavía no decide cuáles habitaciones remodelará y cuáles conservará intactas.

Su segundo Grito dejó una imagen poderosa: una mujer sosteniendo la bandera desde el balcón principal de Palacio Nacional, acompañada simbólicamente por heroínas, migrantes, pueblos originarios y millones de mexicanas que durante siglos fueron espectadoras del poder. La imagen ya pertenece a la historia. Falta saber qué lugar ocuparán sus resultados.

Porque gobernar no es únicamente tocar la campana, pronunciar vivas y recibir el aplauso de una plaza llena. Gobernar es conseguir que la dignidad invocada desde el balcón llegue también al hospital sin medicinas, al campo sin agua, a la madre buscadora y al comerciante que paga tributo al crimen.

 

La presidenta tiene legitimidad, autoridad y tiempo.

Tiene, además, algo que pocos gobernantes reciben: una oportunidad histórica. Ahora tendrá que demostrar si todo ese poder sirve para transformar al país o solamente para administrarlo con mayor eficacia.

La campana ya sonó. A partir de ahora, quien deberá responder es el gobierno.

 

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