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La plaga urbana

BIODIVERCIUDAD

Por Magdiel Gómez Muñiz

Profesor Investigador de la Benemérita Universidad de Guadalajara     

@magdielgmg             

                                                                        “No a la pauperización de nuestras calles”

                                                                                               Walter Benjamin.

Los scooters eléctricos llegaron a las ciudades con la promesa de movilidad para diversos grupos de personas, desde infantes hasta personas mayores. Los constructores han diseñado algunos modelos que alcanzan altas velocidades. Como una opción económica de circulación, en menos de un par de años se han convertido en parte del paisaje urbano. Sin embargo, junto con sus “beneficios” también han surgido una cantidad de problemas que ya no pueden ignorarse. Y no me refiero a la persona que viajaba a más de 80 kilómetros por hora en el túnel de Hidalgo al cruce con la Calzada Independencia en Guadalajara. La pregunta no es si deben existir, sino cómo incorporarlos de manera responsable al espacio público.

Las calles, banquetas y ciclovías son espacios que deben ser compartidos armónicamente por peatones, ciclistas, automovilistas y personas con discapacidad. Sin embargo, esa convivencia se fractura cuando un scooter circula a gran velocidad por una banqueta, pues deja de ser un medio de transporte eficiente para convertirse en un riesgo potencial. En este escenario, los adultos mayores, los niños y las personas con movilidad reducida son quienes enfrentan las mayores dificultades, ya que un solo descuido puede provocar caídas o lesiones de consideración.

Además de lo anterior, muchos usuarios de estos vehículos no utilizan casco, desconocen las normas de tránsito o circulan por avenidas donde la diferencia de velocidad con los automóviles aumenta exponencialmente la probabilidad de un accidente. Asimismo, he sido testigo de que usan el teléfono celular mientras conducen o trasladan hasta dos personas en un scooter diseñado para una sola.

Frente a esta realidad, las autoridades no deben prohibirlos, sino regularlos con inteligencia. Es indispensable establecer límites de velocidad, definir claramente por dónde deben circular, además de sancionar ejemplarmente a quienes invadan las banquetas o estacionen los patines en espacios destinados para otros vehículos. Sin romantizar, se les puede pedir a los fabricantes y comercializadores que establezcan un padrón con el propósito de dar certeza jurídica a los propietarios y terceros que pudiesen verse envueltos en algún conflicto vial con estos vehículos eléctricos.

Un aspecto que genera incertidumbre es la responsabilidad en caso de accidente. Si un usuario atropella a un peatón, la responsabilidad recae, en principio, en el conductor del vehículo. Sin embargo, cuando el accidente ocurre por una falla mecánica o por falta de mantenimiento, las cosas se complican más. Vamos metiéndole más ruido, la ausencia de ciclovías, la claridad de la señalización adecuada y los pobres cursos de cultura vial hacen un coctel para generar vacíos legales en escenarios nebulosos.

Según me informan, los scooters son la próxima plaga urbana por el desorden que generan y proliferan sin control, esta postura contiene gran parte de verdad. Lo que es cierto es que el verdadero problema es la falta de una planeación urbana. Una ciudad que apuesta a la movilidad sustentable requiere infraestructura segura, reglas claras, supervisión efectiva y educación vial para todos. Solo así estos vehículos dejarán de ser motivo de conflicto y podrán convertirse en aliados de una movilidad más eficiente y respetuosa con el espacio público. No estoy en contra de la innovación, siempre que avance al mismo ritmo de la responsabilidad colectiva.

 

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