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El mundo vive a crédito

Por Carlos E. Martínez Villaseñor

Abogado

El mundo descubrió hace tiempo una fórmula extraordinariamente cómoda para administrar el presente: pedirle dinero al futuro; el problema es que el futuro ya comenzó a cobrar.

La deuda pública mundial cerró 2025 cerca del 94% del PIB global y el Fondo Monetario Internacional proyecta que alcanzará 100% en 2029, una proporción que no se observaba desde las secuelas de la Segunda Guerra Mundial. No es solamente una cifra histórica. Es la fotografía de una economía internacional que aprendió a responder prácticamente a cada crisis agregando un nuevo escalón de endeudamiento, pero rara vez descendiendo cuando la emergencia termina.

Pandemia, energía, pensiones, defensa, infraestructura, programas sociales, transición energética. Las razones cambian y la deuda permanece. Pero existe un número todavía más revelador, entre muchos.

Durante 2026 los gobiernos de la OCDE necesitarán obtener alrededor de 18 billones de dólares en los mercados. Aproximadamente 14 billones de dólares serán para refinanciar obligaciones existentes. Dicho de otra manera: cerca de 78 de cada 100 dólares que pedirán prestados no representan endeudamiento neto adicional, sino dinero destinado a sustituir deuda que vence.

Y es ahí donde cambia la conversación completamente, si analizamos mucho más.

 

Porque endeudarse no es necesariamente irresponsable.

Una nación puede utilizar crédito para construir infraestructura que produzca riqueza durante décadas, enfrentar una emergencia extraordinaria o financiar inversiones para elevar su productividad. Pero la pregunta verdaderamente importante nunca ha sido solamente cuánto debe un país, de hecho pocos conocen o estamos informados de este tema, la pregunta es ¿qué compró con esa deuda?, ¿cuánto crecerá la economía que tendría que sostenerla?, ¿cuánto cuesta refinanciarla?…

Ahí comienza la aritmética que preocupa a los economistas: crecimiento, tasas de interés, balance fiscal y deuda. Dos países que deben exactamente el mismo porcentaje de su PIB pueden encontrarse en situaciones radicalmente diferentes.

El problema aparece cuando la deuda comienza a crecer persistentemente más rápido que la economía encargada de sostenerla. Y el margen se está agotando, no hay escenarios que lo contradigan, ese es el peligro o la realidad.

El FMI calcula que hace una década el mundo todavía conservaba un colchón fiscal superior a un punto porcentual del PIB. Hoy ese margen prácticamente desapareció; según análisis, al mismo tiempo, el pago mundial de intereses pasó de aproximadamente 2% a casi 3% del PIB en solamente cuatro años.

El dinero volvió a tener precio.Los gobiernos de la OCDE acumulaban al terminar 2025 unos 61 billones de dólares solamente en bonos. En 2026 esa deuda alcanzaría alrededor de 85% de su PIB conjunto y el gasto por intereses permanece en aproximadamente 3.3%. Los datos son alarmantes si los analizamos correctamente.

Pero todavía falta la otra mitad de la historia. Para que un gobierno pueda endeudarse alguien tiene que comprar su deuda. Ahora bien, los Bancos, aseguradoras, fondos de pensiones, fondos de inversión, inversionistas extranjeros, bancos centrales e intermediarios financieros poseen esos títulos porque esperan seguridad, liquidez y rendimiento. Por eso la pregunta más importante y lógica, no es únicamente cuánto desea pedir prestado un gobierno; también es, ¿cuánto exigirá el mercado para seguir prestándole?

 

Cuando esa confianza cambia, la deuda no necesita desaparecer para convertirse en problema. Basta con que cambie su precio.

Y ésa es una de las vulnerabilidades que hoy observa el propio FMI: el creciente peso de intermediarios financieros no bancarios apalancados en los mercados de deuda puede amplificar una corrección abrupta de precios. Y así el riesgo tampoco se distribuye por igual, mencionaré ejemplos que son brutales.

Estados Unidos puede pedir deuda denominada en su moneda que continúa ocupando el centro del sistema financiero internacional, el dólar. Japón posee características financieras propias y una enorme base doméstica de ahorro. Una economía emergente o un país de bajos ingresos enfrenta condiciones completamente diferentes.

El Banco Mundial estima que el aumento de la deuda pública tanto de economías emergentes como avanzadas desde 2010 ha contribuido a elevar alrededor de 149 puntos base los rendimientos de bonos en moneda extranjera de economías emergentes y en desarrollo, y unos 40 puntos los rendimientos en moneda doméstica. Que significa o que quiere decir todo esto, fácil, el mundo no solamente está endeudado, está endeudado a precios profundamente desiguales.

Y mientras las grandes economías discuten cuánto pueden financiar, los países más vulnerables enfrentan otra pregunta: ¿cuánto desarrollo deben sacrificar para seguir financiándose?

Estados Unidos y Japón concentran cerca de 80% de las necesidades de refinanciamiento de toda la OCDE. En las economías emergentes y en desarrollo fuera de esa organización, la deuda colocada mediante bonos alcanzó un récord de 12.1 billones de dólares en 2025. Para los países de bajos ingresos el calendario es todavía más peor, más de la mitad de sus bonos vencerá durante los próximos tres años. Y eso quiero decir que una parte considerable del mundo deberá volver repetidamente al mercado, y nadie sabe a qué precio estará dispuesto el mercado a recibirlo.

Al cierre de mayo, México tiene sus datos, el Saldo Histórico de los Requerimientos Financieros del Sector Público se ubicó en 50.6% del PIB. Además, la deuda mexicana conserva fortalezas importantes: predominan obligaciones en moneda nacional, a tasa fija y de largo plazo, reduciendo exposición cambiaria y riesgos inmediatos de refinanciamiento. Con datos propios, la Secretaría de Hacienda reportó que entre enero y mayo el costo financiero disminuyó 9.6% real anual y quedó 86 mil millones de pesos debajo de lo programado.

Nuestro país particularmente, participa en un sistema financiero donde el precio internacional del dinero, los movimientos de capital, el crecimiento mundial y las decisiones de las principales economías terminan atravesando fronteras. Ninguna Secretaría de Hacienda administra sus finanzas completamente aislado del resto del planeta.

Y ahí aparece la verdadera dimensión de esta historia. La deuda no necesita provocar mañana una crisis para convertirse hoy en una restricción; pero si puede hacerlo silenciosamente.

Cada peso, dólar, euro o yen comprometido permanentemente al servicio de obligaciones anteriores es un recurso que pierde capacidad para competir por otras prioridades. No significa automáticamente menos hospitales, menos escuelas o mayores impuestos. Significa algo más preciso: menos margen para decidir, porque está comprometido ese recurso.

Y ésa quizá sea la deuda que nunca aparece en los balances, es decir, la pérdida de opciones. Habrá otra recesión. Otra emergencia sanitaria. Otro desastre natural. Otra crisis energética, financiera o geopolítica. Incluso alguna crisis que todavía no tiene ni nombre que sepamos. No sabemos, pero seguro sí.

Cuando llegue, los gobiernos volverán a necesitar dinero. La diferencia es que muchos comenzarán desde un escalón fiscal considerablemente más alto.

Preguntamos, ¿cuánto más pueden endeudarse los países?, cuando deberíamos preguntar ¿cuánto margen quieren conservar para cuando verdaderamente necesiten hacerlo?

La riqueza fiscal de una nación no consiste únicamente en cuánto dinero puede conseguir prestado, entre muchos factores, también consiste en cuántas decisiones conserva libres.

Una generación puede pedir dinero prestado, puede refinanciarlo, puede incluso volver a refinanciarlo, pero lo que no puede refinanciar indefinidamente es el tiempo, decisiones que no han llegado.

El mundo vive a crédito, y quizá la factura más cara no sea la deuda que heredaremos, sino las decisiones que ya no podremos tomar cuando llegue el momento de pagarla.

 

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