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El lujo de la oscuridad y el silencio

Por Dra. Abril de María Ledesma Zermeño

Tecnóloga en Construcción, Arquitecta y Abogada

Al Área Metropolitana de Guadalajara le aterra la oscuridad. Le gusta brillar, hacer ruido y dejar constancia de que sigue despierta para no enfrentarse a sus demonios más temidos: la oscuridad y el silencio. Ha decidido que, como metrópoli contemporánea debe demostrar su vitalidad manteniéndose encendida, sonora y disponible las veinticuatro horas, como si dormir fuera una costumbre provinciana que eventualmente superaremos, como si apagarse por momentos significara morir.

Cada vez le pone más brillo a las vialidades, fachadas, monumentos, estacionamientos, jardines y edificios. Enciende sus terrazas, bares, pantallas y espectaculares. Nosotros, por nuestra parte, iluminamos también nuestras casas durante la noche con televisores, teléfonos, cargadores, equipos e indicadores que permanecen despiertos mientras nosotros intentamos hacer exactamente lo contrario. Y si la luz no fuera suficiente para demostrar que seguimos vivos, tenemos el ruido: motocicletas, motores, bocinas, sirenas, maquinaria, elevadores, bombas, equipos de climatización que forman la banda sonora de una metrópoli temerosa de callar y apagarse. El problema es que nuestro organismo no debe -ni puede renunciar a la noche ni al silencio.

Mientras nosotros le permitimos al AMG funcionar veinticuatro horas, nuestro cuerpo continúa operando mediante mecanismos biológicos sincronizados: los ritmos circadianos. La luz que reciben nuestros ojos es una de las principales señales ambientales que permiten ajustar ese reloj interno, la secreción hormonal, el estado de alerta y numerosos procesos fisiológicos irremplazables. Por eso la discusión sobre la oscuridad no es una extravagancia de arquitectos contemplativos.

La evidencia científica disponible muestra que la exposición a la luz durante la noche puede alterar la fisiología circadiana -el sueño-, mientras que las recomendaciones contemporáneas sobre iluminación distinguen claramente entre la necesidad de recibir suficiente luz durante el día y la conveniencia de reducirla durante las horas previas al sueño y durante la noche.

La Comisión Internacional de Iluminación también reconoce que la iluminación nocturna mal gestionada puede producir luz intrusiva, resplandor del cielo y otros efectos no deseados sobre las personas, la fauna y la flora local. Dicho de una manera bastante menos elegante: nuestro cuerpo necesita enterarse de que ya se hizo de noche. Al AMG, en cambio, parece que nadie se lo ha explicado.

Y aquí aparece una contradicción normativa particularmente interesante. El Reglamento Estatal de Zonificación de Jalisco se ocupó, correctamente, de garantizar iluminación y ventilación en las edificaciones. Su artículo 216 establece condiciones para la iluminación diurna y exige iluminación natural en piezas habitables; para las habitaciones establece una superficie destinada a iluminación equivalente al 15 por ciento de la superficie del local. El artículo 217 continúa esa lógica mediante el dimensionamiento de patios de iluminación y ventilación. La razón histórica es perfectamente comprensible. Durante mucho tiempo uno de los problemas de habitabilidad que debía combatir la regulación era precisamente la existencia de espacios oscuros, insalubres y deficientemente ventilados. Había que garantizar que el aire y la luz entraran a nuestras viviendas.

El problema es que las ciudades cambiaron y seguimos formulando solamente la mitad de la pregunta. Sabemos cuánto debe entrar, pero somos bastante menos precisos cuando preguntamos cuánto debería dejar de entrar. Nuestra normativa edificatoria sabe exigir una ventana, pero es mucho menos sofisticada para garantizar la noche detrás de ella.

Lo curioso es que Jalisco sí reconoce jurídicamente el problema. La Ley Estatal del Equilibrio Ecológico y la Protección al Ambiente incluye expresamente al ruido, las vibraciones y las energías térmica y lumínica dentro de las materias sujetas a prevención y control. Sus artículos 102 y 103 contienen disposiciones para prevenir y controlar esas emisiones. Entonces, en Jalisco la contaminación lumínica está regulada.

El verdadero problema es otro: su traducción hacia parámetros concretos de habitabilidad arquitectónica resulta mucho menos desarrollada que la correspondiente al ruido o al ingreso de luz y ventilación natural.

Pensemos en una recámara frente a la cual aparece una luminaria pública mal dirigida, un estacionamiento intensamente iluminado, una fachada ornamental o un anuncio que permanece encendido durante la noche. La luz atraviesa la ventana y modifica las condiciones interiores de una propiedad distinta de aquella donde se genera. Sabemos conceptualmente que puede existir luz intrusiva, pero resulta mucho más difícil encontrar en nuestra regulación edificatoria respuestas igualmente precisas a preguntas elementales: ¿cuánta iluminación exterior debería admitirse en una habitación destinada al sueño?, ¿en qué punto debería medirse?, ¿qué intensidad debería tolerarse sobre el plano de una ventana residencial durante la noche?, ¿qué responsabilidad tiene el proyecto arquitectónico de proteger ese espacio?

La oscuridad aparece reconocida indirectamente como algo que puede alterarse, pero todavía no termina de consolidarse como una prestación verificable de habitabilidad. Con el ruido hemos avanzado bastante más. La legislación ambiental de Jalisco desarrolla mecanismos de medición, monitoreo, denuncia, verificación y sanción frente a la contaminación acústica. La regulación incluso contempla sistemas para recibir reportes durante las veinticuatro horas y los municipios han desarrollado disposiciones específicas para controlar emisiones sonoras y establecer condiciones diferenciadas entre el día y la noche.

Esto significa que jurídicamente ya comprendimos una idea fundamental: el sonido producido dentro de una propiedad puede afectar la habitabilidad de otra porque una escritura pública no funciona como barrera acústica. Si una actividad invade permanentemente el dormitorio del vecino, el hecho de que el ruido se origine dentro de esa propiedad no exime al vecino de las afectaciones. La Organización Mundial de la Salud reconoce al ruido ambiental como un riesgo para la salud y ha documentado sus relaciones con alteraciones del sueño y diversos efectos cardiovasculares, metabólicos y cognitivos. El ruido nocturno merece particular atención porque puede provocar despertares y modificaciones en la estructura del sueño. ¿Por qué nos cuesta tanto aplicar el mismo razonamiento a la luz?

Las luminarias, los espectaculares y las fachadas ornamentadas con luces, tampoco entienden de límites prediales, ni detienen sus fotones frente a la escritura del vecino. Tampoco preguntan si la ventana que tiene enfrente pertenece a una recámara. La luz atraviesa, invade y modifica el ambiente interior. Y, a diferencia de lo que durante mucho tiempo asumimos, la exposición nocturna a la luz no es fisiológicamente indiferente para nuestra salud.

Uno puede parecer acostumbrarse a escuchar los desvelos del AMG, pero el organismo no deja de resentirlo. Esto debería importarnos a todos porque el sueño no es simplemente ese periodo improductivo que ocurre entre un día laboral y el siguiente. El descanso interviene en la atención, la memoria, el desempeño cognitivo, el estado de alerta y nuestra capacidad para realizar actividades cotidianas con seguridad. Una mala noche puede ser una molestia; la exposición reiterada a condiciones ambientales que deterioran sistemáticamente el descanso constituye una discusión completamente distinta. Por eso el descanso también debería entenderse como parte de la infraestructura invisible de una ciudad.

Una población que duerme mal no deja el problema debajo de las sábanas cuando se levanta. Sale a conducir, trabajar, estudiar, enseñar, operar maquinaria, tomar decisiones, cuidar personas y convivir con los demás y, en ello, la arquitectura también tiene que tomar responsabilidad. Muchos de estos problemas comienzan antes de que llegue el habitante. Comienzan sobre el plano: una recámara colocada junto al elevador, un dormitorio colindante con un cuarto de máquinas, una bomba transmitiendo vibraciones hacia la estructura, una fachada prácticamente transparente frente a una vialidad intensa, una luminaria exterior apuntando directamente hacia espacios habitables o dos viviendas separadas mediante soluciones constructivas acústicamente deficientes.

Después entregamos el edificio, aparece el conflicto y entonces sacamos el sonómetro. Es una peculiar manera de entender la prevención: medir científicamente aquello que pudimos evitar arquitectónicamente. La propia legislación ambiental jalisciense habla de medidas preventivas y correctivas frente a determinadas emisiones. Quizá deberíamos comenzar a prestar mayor atención a la primera palabra. Diseñar la noche debería formar parte de nuestra manera de pensar la arquitectura y la ciudad. Eso no significa apagar Guadalajara a las diez, convertir Chapultepec en un monasterio ni renunciar a restaurantes, cultura, comercio o vida nocturna. Pero hay que entender que una ciudad puede estar viva sin invadir permanentemente el descanso de quienes la habitan.

Entender que la noche tiene condiciones ambientales distintas a las del día, significa iluminar donde hace falta, con la intensidad necesaria y dirigiendo la luz hacia aquello que realmente necesita iluminarse. Significa evitar que una luminaria destinada a una banqueta termine iluminando gratuitamente la almohada de alguien. Hay que aprender a diseñar instalaciones que no transmitan vibraciones innecesarias; seleccionar envolventes conforme al entorno acústico; etc. La noche no es simplemente el día con menos gente.

Cuando la arquitectura, la planeación y la regulación no consiguen garantizar suficientemente estas condiciones, generamos afectaciones serias a la población. Sin duda, quien tiene recursos puede elegir una vivienda alejada de vialidades intensas, orientar su dormitorio hacia un jardín, climatizar una habitación para mantener las ventanas cerradas o pagar por mejores prestaciones de aislamiento. Entonces ocurre algo bastante más perverso: el silencio y la oscuridad se convierten en artículos de lujo. Quien puede pagarlos compra distancia respecto de la ciudad. Quien no puede hacerlo, recibe al AMG con toda la vitalidad metropolitana, hasta que la ciudad considere oportuno callarse.

Lo anterior convierte el problema también en una cuestión de desigualdad. La posibilidad de descansar no debería depender de la capacidad económica de cada familia para corregir mediante tecnología aquello que el entorno construido fue incapaz de resolver desde el proyecto. Si solamente quienes pueden comprar mejores ventanas, mejores ubicaciones y mejores sistemas de oscurecimiento consiguen proteger adecuadamente sus horas de sueño, entonces hemos conseguido privatizar la noche.

Quizá por eso necesitamos revisar qué entendemos por lujo y, de paso, qué entendemos por habitabilidad. Una vivienda verdaderamente habitable no debería limitarse a tener metros cuadrados suficientes, ventanas suficientes o niveles reglamentarios de iluminación. También debería ser capaz de ofrecernos algo que comienza a escasear en nuestras ciudades: La posibilidad de retirarnos durante unas horas de esa amiga trasnochadora que nos contamina con ruido y luz, de alejarnos de una metrópoli que parece empeñada en meterse diariamente hasta la cocina.

Porque, aunque al AMG le encanta desvelarse, al día siguiente sus habitantes tenemos que levantarnos para trabajar, estudiar, conducir, cuidar, decidir y volver a producir. Quizá haya llegado el momento de explicarle que una ciudad verdaderamente contemporánea no es aquella que consigue mantenerse encendida y haciendo ruido toda la noche, sino aquella que posee la inteligencia suficiente para saber dónde iluminar, cuándo hacerlo y, sobre todo, cuándo callarse y apagar la luz.

 

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