Por Carlos Anguiano
Politólogo
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En México se ha vuelto costumbre confundir la crítica con la capacidad de gobernar. Desde la oposición se cuestiona con severidad cada error del gobierno en turno; desde el poder se responde culpando a quienes gobernaron antes. Al final, unos y otros encuentran siempre un responsable distinto a sí mismos. Mientras tanto, los problemas permanecen y la ciudadanía observa un debate donde abundan los señalamientos, pero escasean las soluciones.
La mentira política tampoco distingue colores. Se prometen resultados inmediatos para problemas que llevan décadas acumulándose. Se afirma que basta voluntad para terminar con la corrupción, que un cambio de gobierno resolverá la inseguridad, que una estrategia diferente acabará con las desapariciones, que un nuevo partido eliminará la impunidad o que un gobernante excepcional corregirá las finanzas públicas. Son afirmaciones políticamente rentables, pero profundamente irresponsables. La realidad es mucho más compleja.
Resulta paradójico observar a dirigentes que hoy condenan con dureza aquello que, cuando tuvieron responsabilidades de gobierno, tampoco pudieron resolver. Y es igualmente contradictorio escuchar a quienes hoy gobiernan atribuir todos los fracasos exclusivamente al pasado. Ninguna de esas posturas contribuye a construir instituciones más sólidas ni fortalece la confianza ciudadana. La política se convierte entonces en un concurso de culpables, no de soluciones.
Gobernar un país de más de 130 millones de habitantes no depende únicamente de la inteligencia, la honestidad o la voluntad de una persona. Tampoco de un partido político. La seguridad pública involucra policías, ministerios públicos, jueces, sistemas penitenciarios, educación, desarrollo económico, cohesión social y participación ciudadana. Combatir la corrupción exige instituciones independientes, controles efectivos, transparencia, cultura de la legalidad y una sociedad que deje de normalizar pequeñas y grandes conductas indebidas. Sanear las finanzas públicas requiere disciplina, productividad, crecimiento económico y responsabilidad de todos los órdenes de gobierno. Pensar que un solo político puede resolver estos desafíos es una simplificación que termina alimentando nuevas decepciones.
Quizá el mayor error de nuestra democracia ha sido convertir a los políticos en héroes o villanos absolutos. Cada elección parece presentarse como la batalla definitiva entre el bien y el mal. Sin embargo, la experiencia demuestra otra cosa. Cambian los nombres, cambian los partidos, cambian los discursos, pero los grandes problemas nacionales persisten porque sus causas son estructurales y porque requieren continuidad, acuerdos y políticas públicas sostenidas durante muchos años.
México tampoco atraviesa una crisis por falta de personas inteligentes en la política. Hay perfiles preparados en prácticamente todas las fuerzas políticas. Lo que escasea son los incentivos para cooperar. El sistema premia el conflicto permanente, la confrontación mediática y la descalificación. Es más rentable electoralmente exhibir el error del adversario que construir una solución compartida. Así, el debate público se llena de frases contundentes, pero se vacía de propuestas viables.
La ciudadanía también debe hacer una autocrítica. Con frecuencia exigimos honestidad mientras toleramos actos cotidianos de ilegalidad; reclamamos transparencia, pero celebramos el favoritismo cuando nos beneficia; pedimos instituciones fuertes, pero desconfiamos de ellas incluso antes de que actúen. Ninguna democracia puede consolidarse si toda la responsabilidad se deposita en los gobiernos y ninguna en la sociedad.
Los países que han logrado reducir la corrupción, mejorar su seguridad o fortalecer su desarrollo no lo hicieron porque apareció un líder milagroso. Lo consiguieron mediante acuerdos nacionales, instituciones estables, participación ciudadana y una cultura donde el interés colectivo terminó imponiéndose sobre las disputas partidistas. Esa es quizá la lección más importante que México aún tiene pendiente.
Criticar es necesario. La oposición cumple una función indispensable cuando señala errores, exige rendición de cuentas y propone alternativas. Pero la crítica pierde legitimidad cuando se convierte en demagogia, cuando promete lo imposible o cuando olvida que quien acusa hoy probablemente enfrentará mañana los mismos desafíos si llega al poder.
México no necesita más políticos convencidos de tener siempre la razón. Necesita una sociedad más exigente, más participativa y menos dispuesta a dejarse dividir por colores, consignas o campañas permanentes. Los grandes problemas nacionales no pertenecen a un partido; pertenecen a todos. Y solo podrán resolverse cuando entendamos que el futuro del país no depende de quién gane la siguiente elección, sino de la capacidad colectiva para construir instituciones, exigir resultados y asumir, cada uno desde su espacio, la parte de responsabilidad que nos corresponde.



