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Trump y el regreso de los imperios

Por Amaury Sánchez G.

Politólogo

Hay momentos en la historia en que las palabras dejan de ser simples declaraciones y se convierten en señales de advertencia. No ocurre de inmediato. A veces pasan años antes de que el mundo entienda que detrás de una frase lanzada al aire venía escondida una tormenta. Así ocurrió cuando un pintor austríaco de bigote ridículo comenzó hablando de “espacio vital”. Así ocurrió cuando los imperios europeos creyeron que podían seguir repartiendo territorios ajenos como quien reparte rebanadas de pastel sobre una mesa diplomática. Y así podría estar ocurriendo hoy, mientras Donald Trump habla del mapa del mundo como si estuviera observando un tablero inmobiliario.

Porque no es normal que un presidente de Estados Unidos diga que no sabe si Irán conservará las mismas fronteras cuando termine una guerra. No es una ocurrencia menor. No es un desliz verbal. No es una excentricidad de campaña. Es algo mucho más grave: es la normalización de la idea de que las fronteras pueden volver a moverse según la voluntad de las potencias. Y cuidado. Cuando las fronteras comienzan a moverse, la sangre comienza a correr.

La humanidad tardó siglos en comprender que el mundo no podía sobrevivir bajo la lógica imperial permanente. Durante cientos de años los imperios crecieron devorando pueblos enteros. Las coronas europeas heredaban territorios como quien hereda haciendas. Los reyes se casaban y con ello cambiaban mapas completos. Las guerras servían para apropiarse de puertos, montañas, rutas comerciales, minerales, mares y pueblos enteros que jamás eran consultados sobre su destino.

No existían realmente países como los conocemos hoy. Existían zonas grises. Fronteras ambiguas. Regiones disputadas. Territorios donde varias potencias decían tener derechos históricos. Y precisamente ahí nacían las guerras.

Europa fue experta en fabricar esas tragedias. Los Balcanes fueron durante décadas una caldera hirviendo de nacionalismos, religiones, lenguas y ambiciones imperiales. Bastó el asesinato de un archiduque en Sarajevo para incendiar el planeta entero en 1914. Lo que vino después fue una carnicería industrializada que dejó millones de muertos, imperios colapsados y generaciones completas enterradas en trincheras llenas de lodo y gas venenoso. El mundo prometió entonces que nunca volvería a repetir aquella locura. Mintió.

Porque después vino Versalles. Y con Versalles vino el resentimiento alemán, la humillación nacional, la crisis económica y finalmente Hitler. Otra vez las fronteras. Otra vez la idea de que ciertos territorios “pertenecían naturalmente” a una potencia superior. Austria fue anexada mientras Europa fingía no darse cuenta. Checoslovaquia fue despedazada en nombre de la “protección” de minorías étnicas. Polonia desapareció bajo las botas de dos imperios totalitarios.

Y luego vino la Segunda Guerra Mundial. Más de cincuenta millones de muertos tuvieron que apilarse sobre la conciencia humana para que el planeta entendiera algo elemental: las fronteras no podían seguir siendo juguetes de los poderosos.

De ahí nació el orden mundial posterior a 1945. Un sistema imperfecto, hipócrita muchas veces, manipulado otras tantas, pero que al menos establecía una regla fundamental: ningún país debía modificar las fronteras de otro mediante la fuerza.

Ese principio sostuvo la relativa estabilidad del mundo durante casi ocho décadas. Hasta ahora.

Porque lo verdaderamente alarmante no es solamente Donald Trump. Lo alarmante es que las grandes potencias empiezan a pensar nuevamente como imperios.

Rusia lo hace en Ucrania bajo el argumento de la “unidad histórica”. China lo hace sobre Taiwán y el Mar del Sur. Turquía sueña con reconstruir influencia otomana. Israel redefine militarmente zonas enteras bajo argumentos de seguridad. Y Estados Unidos, que durante décadas se presentó como guardián del orden liberal internacional, comienza a coquetear con un discurso expansionista que creíamos enterrado en los libros de historia.

Trump habla de Groenlandia como quien quiere comprar un centro comercial. Habla de Canadá como posible estado número 51. Amenaza con “recuperar” el canal de Panamá. Sugiere intervenciones militares en México. Publica imágenes de Venezuela bajo la bandera estadounidense. Y mientras muchos se ríen de sus ocurrencias, lo verdaderamente peligroso ocurre debajo de la superficie: millones comienzan a acostumbrarse a escuchar lenguaje imperial. Ese es el verdadero veneno.

Porque los imperios no nacen el día que invaden. Nacen el día que logran convencer a sus ciudadanos de que invadir es normal. La historia enseña que toda potencia en decadencia suele reaccionar con agresividad. Estados Unidos enfrenta hoy una combinación explosiva: polarización interna, fractura social, pérdida de liderazgo moral, competencia económica china, crisis migratoria, desgaste militar y debilitamiento institucional.

En ese contexto, el nacionalismo expansionista se vuelve electoralmente rentable. Los viejos imperios siempre recurrieron a enemigos externos y sueños territoriales cuando comenzaron a resquebrajarse por dentro. Roma lo hizo. España lo hizo. Gran Bretaña lo hizo. La Alemania nazi lo hizo. Ahora Washington parece tentado a recorrer el mismo sendero. Y México debe entender la gravedad del momento.

Porque cuando en Estados Unidos comienzan a hablar de combatir cárteles mediante operaciones militares unilaterales, no estamos frente a simples discursos de campaña. Estamos frente a la construcción de una narrativa estratégica: convertir la seguridad nacional estadounidense en argumento para actuar más allá de sus fronteras. Eso cambia todo.

Porque una vez que una potencia se concede el derecho de intervenir donde perciba amenazas, las fronteras dejan de ser límites jurídicos y se convierten en obstáculos temporales. Ahí comienza el peligro para América Latina.

La vieja Doctrina Monroe nunca murió realmente. Sólo cambió de ropa. Antes hablaba de comunismo. Hoy habla de terrorismo, narcotráfico, migración o seguridad hemisférica. Pero el principio sigue siendo el mismo: considerar al continente como área de influencia estratégica de Washington. Y mientras eso ocurre, el mundo entero entra en una fase de enorme inestabilidad.

El estrecho de Ormuz puede convertirse en detonador global si Irán y Estados Unidos cruzan ciertos límites militares. Taiwán podría ser la Sarajevo asiática del siglo XXI. Ucrania ya es una guerra de desgaste entre potencias nucleares. El Ártico comienza a militarizarse por recursos energéticos y rutas comerciales. África se transforma en campo de disputa entre China, Rusia, Europa y Estados Unidos. Las fronteras vuelven a tensionarse en todas partes.

Y aquí conviene decir algo que muchos ciudadanos aún no terminan de comprender: las guerras modernas ya no necesitan declaraciones formales. Ya no requieren invasiones clásicas con tanques cruzando fronteras televisadas. Hoy una guerra puede empezar con: ciberataques, sabotajes energéticos, drones, bloqueos marítimos, inteligencia artificial, manipulación financiera, o campañas digitales masivas.

La soberanía ya no sólo se pierde con soldados. También se pierde con algoritmos.

El drama del siglo XXI es que la humanidad posee la tecnología más avanzada de toda su historia, pero emocionalmente parece regresar a los instintos imperiales del siglo XIX.

Las grandes potencias vuelven a pensar en territorios, zonas de influencia y supremacías geopolíticas. Y eso nunca termina bien. Porque cuando el derecho internacional comienza a debilitarse, lo reemplaza la ley del más fuerte. Y la ley del más fuerte jamás ha producido estabilidad duradera. Sólo produce miedo.

Hoy muchos ciudadanos creen que estas tensiones pertenecen únicamente a las élites políticas o militares. Grave error. Cuando las potencias juegan con las fronteras, quienes terminan pagando son siempre los pueblos: inflación, crisis energéticas, migraciones masivas, desempleo, militarización, censura, radicalización política, y finalmente muerte.

Eso ocurrió en 1914. Eso ocurrió en 1939. Y podría volver a ocurrir.

Por eso resulta tan peligroso trivializar las palabras de Trump o de cualquier líder mundial que pretenda normalizar el expansionismo. La historia demuestra que las civilizaciones no colapsan de golpe. Primero se deterioran lentamente las reglas que mantenían cierto equilibrio. Primero se relativiza la ley. Después se relativizan las fronteras. Finalmente se relativiza la vida humana. Y entonces ya es demasiado tarde.

El mundo enfrenta hoy una decisión histórica: preservar un sistema internacional basado en reglas imperfectas o regresar a la jungla geopolítica donde el poder militar define el destino de las naciones.

No se trata de defender ingenuamente el viejo orden liberal, que también estuvo lleno de abusos, intervenciones e hipocresías. Se trata de entender algo mucho más elemental: cualquier sistema es preferible al caos imperial permanente.

Porque cuando los imperios vuelven a soñar con mapas expansivos, los cementerios terminan creciendo más rápido que las fronteras. Y la humanidad ya debería haber aprendido esa lección con suficiente sangre.

 

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