Las armas del pueblo de México se vistieron de gloria, reportó el General Ignacio Zaragoza.
Por Alfredo Arnold
El mejor ejército del mundo estaba a las puertas de Puebla y la nación mexicana se encontraba a merced del invasor francés, el más poderoso del mundo en ese tiempo. En otro frente de batalla, las fuerzas del Norte estaban a punto de derrotar al ejército sureño en la Guerra Civil de Estados Unidos, que finalmente fue ganada en abril de 1865 por el ejército del Norte.
Los acontecimientos en México no les eran totalmente ajenos a los europeos. Poco antes del fin de la Guerra Civil de Estados Unidos, las fuerzas de Napoleón III estaban a las puertas Puebla, de donde partirían rumbo a la capital mexicana y quizá mucho más al norte para influir en el desenlace de la guerra norteamericana.
Sin embargo, la historia dio un giro inesperado: los franceses no arrasaron como se pronosticaba. Perdieron una batalla que se antojaba fácil y eso demoró los planes napoleónicos. Después regresaron, cumplieron su objetivo e impusieron al emperador Maximiliano, pero perdieron un tiempo valioso que les impidió acercarse a los Estados Unidos.
Napoleón III perdió el dominio de Europa y con ello el de México. Los soldados franceses dejaron solo a Maximiliano y se extinguió el dominio francés (aunque Maximiliano era austriaco). El paciente gobierno de Juárez recuperó México y la historia se restableció como estaba unos años antes. Regresó más o menos el status de 1861 cuando en México terminó la Guerra de Reforma.
En Estados Unidos empezó un desarrollo sin precedente mientras que México, cuyos avances durante el gobierno de Porfirio Díaz parecían competir con los norteamericanos, volvió a sumirse en otra guerra desgastante, la Revolución.
Todo lo anterior ya es historia. Pero aquel 5 de mayo de 1862 quedó registrado como la victoria militar más importante del México independiente.
Historia es también el destino del héroe: el general Zaragoza murió de fiebre tifoidea el 8 de septiembre de 1862, apenas cuatro meses después de haber cubierto de gloria las armas nacionales.
Vayamos a la historia de la Batalla de Puebla, narrada por la historiadora Doralicia Carmona:
5 de mayo de 1862. A las cuatro de la mañana, Zaragoza lanza una proclama a sus soldados: “Hoy vais a pelear por un objeto sagrado: vais a pelear por la Patria… Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo; pero vosotros sois los primeros hijos de México y os quieren arrebatar vuestra Patria. Soldados: leo en vuestra frente la victoria”… E inicia la colocación de sus tropas: Hace guarnecer la plaza con 800 hombres, una batería de batalla y dos de montaña; los cerros de Guadalupe y Loreto con 1,100 hombres y dos baterías; y forma el resto de 3,550 hombres en cuatro columnas con una batería de batalla, tres de infantería y una de caballería. Espera librar “una acción campal” al oriente de la población, atrayendo al enemigo al punto escogido por medio de un Cuerpo de infantería dotado con dos piezas de campaña.
El ejército mexicano había llegado a Puebla el 3 de mayo, aunque Zaragoza consideraba que el combate sería hasta el día 6 de mayo. Narra Porfirio Díaz que en la noche del día 4 y teniendo noticia del inminente ataque, Zaragoza había reunido a sus oficiales y les había dicho que «era muy vergonzoso que un pequeñísimo Cuerpo de tropas, que para la Nación podría tener la importancia de una patrulla, llegara a la Capital de la República sin encontrar la resistencia…
Que si no llegábamos a alcanzar una victoria, cosa muy difícil, aspiración poco lógica, supuesta nuestra desventaja en armamento y casi en todo género de condiciones militares, a lo menos procuráramos causarle algunos estragos al enemigo… Así el Gobierno y la Nación contarían con el tiempo necesario para preparar la defensa del país; pues que teniendo el enemigo muchas bajas y mucho consumo y deterioro en sus materiales, se vería obligado a estacionarse en Puebla”.
Franceses y mexicanos se enfrentaban porque un año antes, dada la situación económica y política del país, Juárez declaró una moratoria por dos años de la deuda externa contratada con España, Francia e Inglaterra. En octubre de 1861, esos países, reunidos en Londres, decidieron organizar una expedición a México para proteger sus intereses, sin influir en su derecho a establecer su forma de gobierno. De las negociaciones de México con sus acreedores resultaron los Acuerdos de la Soledad que establecen el retiro de sus fuerzas, “pero Francia los ha roto y ahora avanza hacia Puebla”.
Describe Paco Ignacio Taibo II (“Los libres no reconocen rivales”) la composición de los dos ejércitos enfrentados: Los mejores soldados del mundo son profesionales de la guerra y disponen de fusiles y artillería muy superiores en alcance y capacidad a los que tiene el enemigo que intentan vencer. Toda la oficialidad es francesa y entre la tropa hay argelinos, egipcios y antillanos, muchos de ellos con experiencia en combates en las guerras de Crimea e Italia. El ejército mexicano, nacido de la revolución de Ayutla y de la guerra de Reforma, tiene como características su organización en ejércitos regionales dependientes de los gobernadores, su origen popular y su formación ideológica, que hace que existan más oficiales en proporción a la tropa, casi la mitad de la cual ha sido recientemente reclutada. Además de las dificultades derivadas de no ser profesional, carece de armamento (muchos con sólo lanzas y machetes; otros con viejos fusiles de chispa y percusión) y suministros adecuados. Tampoco cuenta con la solidaridad y el apoyo económico de la ciudad de Puebla, pocos voluntarios son poblanos.
Desde México, pendientes del hilo telegráfico, Juárez y Miguel Blanco, Ministro de Guerra designado dos días antes, siguen paso a paso el combate.
A las 9 horas 30 minutos se tiene a la vista la vanguardia del ejército francés. A las 10 horas 45 minutos el enemigo está acampado a tres cuartos de la Garita de la ciudad. A las 12 del día se rompe el fuego de cañón por ambas partes. El enemigo arroja multitud de granadas; esquiva el combate a campo raso y concentra su ataque de 4,000 hombres de las tres armas sobre el cerro de Guadalupe, por el oriente a derecha e izquierda. Zaragoza refuerza la defensa. Los zuavos avanzan protegidos por su fuego de artillería y en algunos momentos se combate a bayoneta; sus asaltos son rechazados tres veces y gran parte de invasores mueren en los fosos de las trincheras de Guadalupe. A las dos horas y media de la tarde, los franceses comienzan a dispersarse, en tanto que la caballería mexicana trata de cortarles el paso mientras cae un fuerte aguacero.
Simultáneamente, los zuavos son desalojados de los puntos que ocupan cerca de la garita de Amozoc. Ya en retirada, los franceses forman frente al Cerro una fuerza de tiro en batalla fuerte de 4,000 hombres y pico, pero Zaragoza no los bate porque carece de fuerza suficiente para ello. A las cuatro de la tarde los zuavos comienzan su retirada hacia la hacienda de Los Álamos, toda su fuerza la llevan a la retaguardia de sus trenes. A las 5 y 49 minutos de la tarde, Zaragoza informa al Ministro de la Guerra: “Las armas del Supremo Gobierno se han cubierto de gloria; Sírvase usted dar cuenta de este parte al ciudadano Presidente”.
Las bajas de ambos ejércitos son cuantiosas, sólo en los fosos de Guadalupe yacen alrededor de 700 zuavos y 400 mexicanos entre muertos y heridos.
El día 7 de mayo, el Congreso de la Unión declarará “que han merecido bien de la Patria el ciudadano General en Jefe Ignacio Zaragoza, los ciudadanos Generales (Negrete, Berriozábal, Díaz, Lamadrid, Álvarez, Tapia, entre ellos), Jefes, Oficiales y Soldados del Ejército de Oriente, que sostuvieron el honor y la independencia de la República”, por lo que “da a tan esforzados y heroicos ciudadanos un voto de gracias”.




