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AMG: límpiate, adicta

Por Mtra. Arq. Abril de María Ledesma Zermeño

Lamentablemente, el AMG es una adicta. Como ocurre con frecuencia en estos casos, en un inicio nadie notamos su problema, no porque no existieran señales, sino porque resultaban incluso atractivas. Todo comenzó como algo recreativo. La ciudad creía saber cuándo, dónde y qué consumir; estaba convencida de que podía detenerse cuando quisiera y de que lo hacía por elección. Durante un tiempo, esa idea se sostuvo sin fricción. Consumirse el territorio era sinónimo de progreso, desarrollo y vitalidad. Cada nueva obra reforzaba la sensación de que todo marchaba en la dirección correcta y de que la fiesta podía seguir sin remordimientos.

El consumo, además, le daba brillo. La volvía llamativa, moderna, deseable. Se convirtió en una especie de socialité urbana, presente en discursos, publicaciones y narrativas que la posicionaban como una gran compañera para cualquier inversión o proyecto. Sus alcahuetes no solo la acompañaban, la celebraban, la patrocinaban, la exhibían y la validaban, sin advertir la decadencia que más tarde sería inevitable. El espejismo de ser una adicta funcional nos engañó a todos para creer que iba en la dirección correcta. Para quienes la acompañábamos en los excesos, no había motivo para sospechar porque aparentemente funcionaba. Pero, como ocurre en toda dependencia, el problema difícilmente se reconoce a tiempo.

Al no poner un límite oportuno, el AMG empezó a necesitar más: más vivienda, más vialidades, más infraestructura, más expansión y, desde luego, más dinero para sostenerlo. Todo le parecía poco. Las dosis que antes generaban euforia y bienestar ahora apenas la contenían y la dejaban sobrevivir el día, lo que la llevó a consumir más rápido, más seguido, más intensamente. Sin darse cuenta, cambió la lógica: ya no consumía para brillar o disfrutar, sino para tolerar lo que empezaba a doler. Ahí comenzó el desgaste, no como crisis evidente, sino como una incomodidad constante que se fue normalizando.

Para evitar el dolor y la ansiedad por haber gastado sus recursos en banalidades, aprendió a mentir, incluso a trasladar el costo a sus habitantes para sostener sus vicios. Como toda adicta, su discurso se volvió manipulador. Promete todo para conseguir su dosis, pero no cumple. Y eso ya se siente: en el agua que no llega o llega tóxica, en el calor que dejó de ser excepcional, en los trayectos cada vez más largos, en los espacios más reducidos. La ciudad empezó a exigir más de quienes la habitan, mientras ofrecía menos a cambio. Aun así, siguió… y, sin un rescate estructural, esta enfermedad —ya crónica— no parece tener un panorama prometedor en el corto plazo.

Mientras la adicción se justifica y se normaliza, se instala una tolerancia que en realidad es alcahuetería. El AMG comenzó a operar desde ahí y no desde la sanación de fondo. Y en medio de esa inercia, algo más empezó a desaparecer. No de golpe, sino lentamente, como se alejan las buenas compañías de quien no quiere cambiar. La ciudad empezó a perder a la gente de oficio. Mientras seguía consumiendo para sostener su ritmo, lo hacía cada vez con menos personas aptas en los oficios de la construcción. Comenzaron a escasear quienes daban precisión, criterio y cuidado. La ilusión de construir rápido, con altos márgenes de ganancia y sin considerar consecuencias, terminó por eliminar las condiciones para aprender, transmitir y sostener los oficios.

Las obras se terminan, los edificios se entregan —casi siempre tarde—, las llaves cambian de manos como en fiesta “swinger”. Pero lo que antes era ejecución destinada a ser patrimonial, duradera y responsable, ahora es construcción efímera y desechable. Lo que antes se resolvía con conocimiento, hoy se resuelve con urgencia. Los vicios aparecen después: en la filtración que surge meses más tarde, en el muro que no contiene el ruido, en el calor que no se disipa, en ese detalle que nunca termina de funcionar. Lo más grave es el contexto deteriorado que acumula todos esos errores, debilitando al AMG y haciéndolo irreconocible, como si siguiera siendo la misma ciudad, pero en una versión desgastada que intenta sostener la apariencia a un costo cada vez más alto.

Ningún adicto se sostiene solo. Siempre hay alguien que amortigua la caída y contiene lo que ya no puede sostenerse por sí mismo. En el caso del AMG, esa responsabilidad recae en quienes aún tienen oficio: albañiles, herreros, carpinteros, electricistas. La ciudad necesita que no la abandonen, que sigan llegando en medio de la prisa y la exigencia a sostenerla con criterio y capacidad. Necesita a quienes miden dos veces antes de ejecutar, a quienes corrigen donde otros ya no ven error, a quienes entienden que hacer bien las cosas importa, aunque la ciudad —ingrata— y sus alcahuetes no lo reconozcan.

Urge que los del oficio sigan apuntalando al AMG con su conocimiento y lo transmitan para mantener vivo lo que no se improvisa ni se reemplaza. Necesitamos reconocerlos, valorarlos y evitar que sucumban ante una ciudad que privilegia la imagen sobre el fondo, donde resulta más aspiracional ser influencer o tiktoker que dominar un oficio. Que no se deslumbren con las luces de las fiestas a las que al AMG le encanta asistir mientras su casa se desmorona.

El AMG necesita a esos pocos que, cargando la cruz de convivir todos los días con una ciudad que no se reconoce en su desgaste, sigan elevando este símbolo en la obra como recordatorio de lo que implica construir con conocimiento, responsabilidad y cuidado. Porque su trabajo no busca reflectores, pero sostiene la ciudad en condiciones cada vez más adversas: trayectos largos, salarios limitados, viviendas precarias, servicios insuficientes.

En resumen, convivir y sostener a una ciudad adicta pesa. Por eso, esta columna es por quienes, aun cargando la cruz, no sueltan la obra. Reconozcamos la labor y el oficio de quienes no salen en las fotos, porque sin ellos, el AMG perdería aún más el rumbo.

 

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