Opinión Política
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El México que resiste…

Por Carlos E. Martínez Villaseñor

Abogado

Hay una pregunta que recorre silenciosamente al país entero, pero que pocos se atreven a responder con profundidad: ¿cómo se siente realmente México hoy?. No el México de los discursos. No el México de los indicadores aislados. El México real. El que estudia, trabaja, vende, paga, emprende, cuida, produce, se endeuda, se protege y aun así duda. 

Porque el ánimo nacional no se explica con una sola cifra. Se explica con una mezcla de cansancio, resistencia, incertidumbre, miedo, adaptación y esperanza. México no está detenido, pero tampoco camina ligero. Avanza con fricción. Hoy, la economía mexicana se contrajo 0.8% en el primer trimestre de 2026 frente al trimestre anterior, con un crecimiento anual prácticamente estancado. Las actividades primarias cayeron 1.4%, las secundarias 1.1% y los servicios 0.6%. No es una crisis abierta, pero sí una señal clara: el país perdió ritmo, no hay ruta clara.

El empleo existe, pero no siempre sostiene. En marzo de 2026, la informalidad laboral se ubicó en 54.8%. Eso significa millones de mexicanos trabajando sin seguridad social, sin estabilidad, sin ahorro formal y sin protección real ante enfermedad, vejez o crisis.

Trabajar ya no garantiza tranquilidad.  Y la inflación, aunque moderada frente a otros años, sigue pegando en la mesa. En marzo de 2026 la inflación anual fue de 4.59%, y en la primera quincena de abril se ubicó alrededor de 4.53%. Para el ciudadano común, eso no se traduce en décimas: se traduce en mandado más caro, servicios más pesados, transporte más sensible y menos margen para ahorrar, o quizá imposible para el gran porcentaje de la población mexicana.

Ahí aparece una primera fractura humana: la vida adulta se está retrasando. Según la EDER 2025 del INEGI, solo 16.9% de los nacidos entre 1998 y 2007 se independizó antes de los 18 años, frente al 31.1% de quienes nacieron entre 1961 y 1967. También bajó la unión en pareja temprana, la maternidad y paternidad temprana, y la migración temprana. No es solo un cambio cultural. Es una respuesta económica. La juventud no necesariamente renunció a construir vida propia; muchas veces simplemente no puede pagarla.

El joven mexicano de hoy estudia más, pero duda más. Tiene más información, pero menos certeza. Quiere independencia, pero enfrenta rentas altas, empleos precarios, salarios presionados y un futuro que exige demasiado antes de ofrecer estabilidad. La adultez dejó de ser una etapa natural y se convirtió en una negociación permanente con el costo de vivir. El profesionista siente algo parecido. Tiene título, pero no siempre movilidad social. Tiene empleo, pero no siempre patrimonio. Tiene redes, pero no siempre oportunidades. La promesa de que estudiar garantizaba avanzar se volvió más frágil. Y cuando una generación empieza a sentir que hizo lo correcto, pero el sistema no le devuelve proporcionalmente, aparece una emoción peligrosa: frustración silenciosa.

El comerciante y el empresario también están leyendo el país desde otra trinchera. El caso de Alsea es un termómetro relevante: en el primer trimestre de 2026, la operadora de marcas como Starbucks y Domino’s reportó una caída de 65.7% en utilidad neta, pese a que sus ingresos crecieron 1.4%. No significa que todo el consumo se haya desplomado, pero sí refleja algo de fondo: vender ya no equivale necesariamente a ganar. Los costos, el tipo de cambio, la deuda, la cautela del consumidor y la presión operativa están apretando los márgenes.

Y si eso ocurre en grandes corporativos, el golpe es más duro en la fonda, el tianguis, la tienda de barrio, el taller, la estética, la papelería o el pequeño negocio familiar. Ahí no hay áreas financieras sofisticadas ni colchones amplios. Ahí la economía se mide al día, por semana: cuánto entró, cuánto se pagó, cuánto quedó. Pero el sentir nacional no se explica sin la inseguridad. En marzo de 2026, 61.5% de la población adulta en 91 áreas urbanas consideró inseguro vivir en su ciudad. Más allá del dato, eso significa modificar rutas, horarios, hábitos y decisiones. Significa salir con cuidado, cerrar más temprano, evitar carreteras, desconfiar de llamadas, pagar seguridad privada, instalar cámaras, blindar rutas o simplemente vivir en alerta.

La violencia dejó de ser un asunto aislado de seguridad pública. Hoy es una variable económica. La Concanaco-Servytur reportó que comercios destinaron 124 mil 300 millones de pesos para enfrentar delitos y pérdidas; empresas han tenido que ajustar logística, blindar rutas y modificar operaciones. Cámaras empresariales han pedido condiciones de seguridad y Estado de derecho para preservar empleo, cadenas productivas y confianza. La imagen internacional tampoco ayuda. El Global Organized Crime Index 2025 ubicó a México con una calificación de 7.68 en criminalidad, tercero entre 193 países, además de un puntaje de 8.27 en mercados criminales. Es un golpe reputacional severo, porque coloca al país en una conversación mundial incómoda: la del crimen organizado como poder económico, territorial y social.

Y cuando la violencia escala a percepción internacional, también toca al turismo, a los vuelos, a la inversión y a la diplomacia. El propio AICM pasó de 61 operaciones por hora en años anteriores a 44, y ahora se autorizó subir temporalmente a 46 por hora rumbo al Mundial 2026, en medio de tensiones con Estados Unidos por rutas y restricciones. El tema aéreo ya no es solo operativo: también es político, turístico y económico. Ese es el México que muchas veces no cabe en los discursos: un país donde el estudiante posterga independencia, el profesionista posterga patrimonio, el comerciante posterga crecimiento, el empresario posterga inversión, la madre posterga tranquilidad, el padre posterga descanso y el joven posterga futuro.

México no está vencido. Pero está cansado.

Y ese cansancio no es apatía. Es acumulación. Es la suma de años de inseguridad, inflación, informalidad, promesas incompletas, polarización, precariedad y expectativas rotas. Aun así, el mexicano sigue. Trabaja. Vende. Estudia. Emprende. Se adapta. Resiste. Por eso el sentir social, económico y político del país no puede resumirse en optimismo o pesimismo. México vive una contradicción profunda: desconfía, pero no se rinde; critica, pero participa; se protege, pero sale; duda, pero espera.

El país está evaluando. Evalúa a sus gobiernos, a sus instituciones, a sus empresas, a sus partidos, a sus liderazgos y también a sí mismo. La pregunta ya no es si México tiene problemas. Eso lo sabe cualquiera que camine la calle, pague una cuenta, viaje por carretera o intente abrir un negocio. La pregunta real es si todavía tenemos capacidad de convertir esa inconformidad en rumbo. Porque cuando una sociedad posterga demasiado su futuro, cuando trabajar no garantiza estabilidad, cuando emprender exige defenderse antes que crecer y cuando vivir implica calcular riesgos todos los días, el problema ya no es solo económico, ni solo político, ni solo social.

Es humano. Y México hoy se siente así: fuerte, pero presionado; trabajador, pero agotado; esperanzado, pero desconfiado; de pie, pero cargando demasiado. No es un país roto, pero sí es un país que necesita volver a respirar.

 

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