Opinión Política
ANÁLISIS

La Geometría del Olvido

Tres mundiales, tres heridas y el arte mexicano de suspender la realidad.

 

Simón Madrigal Caro

Internacionalista y Analista Político

Cuando México recibe un Mundial, el país no lo celebra: lo habita. Las banderas salen de cajones que llevan años cerrados. Los colores verde, blanco y rojo aparecen en balcones de colonias que no tienen pavimento, en negocios que apenas sobrevivieron el año, en ventanas de departamentos donde la renta se paga con sacrificio. Las calles cambian de temperatura antes del primer partido. Algo en el aire se afloja, como si la nación entera hubiera exhalado simultáneamente después de contener el aliento demasiado tiempo. Eso, no es poca cosa. Eso es, en realidad, una confesión colectiva.

Porque ningún pueblo se entrega a esa intensidad emocional sin una razón que va más allá del deporte. México no celebra el fútbol como distracción menor; lo celebra como necesidad mayor. Y la diferencia entre esas dos palabras —distracción y necesidad— contiene, si uno se detiene a mirarla, toda una arqueología del poder.

México recibirá el Mundial de 2026 por tercera vez en su historia. La primera fue en 1970. La segunda, en 1986. Y las tres fechas comparten una geometría que no es accidente sino costumbre: cada vez que el país ha abierto sus estadios al mundo, lo ha hecho mientras intentaba enterrar —o al menos aplazar— una herida que el poder prefería no nombrar.

 

1970: EL MUNDIAL Y TLATELOLCO

En octubre de 1968, dos años antes de que México inaugurara el torneo más visto del planeta, trágicos acontecimientos se vivieron en la Plaza de las Tres Culturas. El número exacto de victimas nunca fue reconocido, desde la oposición y desde el gobierno se manejaron cifras distintas. Después de ese octubre negro, la disciplina burocrática y todo siguió adelante.  Y el país, en uno de esos mecanismos de autodefensa emocional que las sociedades desarrollan cuando la tragedia supera su capacidad de procesarlo, optó mayoritariamente por no nombrarla.

En 1970, México se presentó al planeta como nación moderna, hospitalaria y en marcha. Los estadios relucían. La infraestructura era motivo de orgullo nacional. Las imágenes que el mundo recibió eran de color, de celebración y de esa hospitalidad latinoamericana que nadie manufactura con tanta naturalidad. Ciento siete países vieron a México como el anfitrión generoso del siglo. Muy pocos preguntaron qué había pasado en aquella plaza dos años antes.

El Mundial de 1970 no fue solo una fiesta deportiva: fue la primera gran operación de normalización de la memoria colectiva. Los goles, en aquella lógica de poder, tenían función terapéutica: producían olvido institucionalizado.

No hubo conspiración de guion escrito. No hacía falta. El espectáculo tiene sus propias leyes gravitacionales: cuando millones de personas miran hacia el mismo balón, resulta estructuralmente difícil que miren hacia otro lado al mismo tiempo. No se necesitó ordenar el olvido. El fútbol lo hizo solo, con la eficiencia silenciosa de lo que no requiere decreto.

 

1986: ENTRE EL POLVO Y EL GOL

Dieciséis años después, México volvió a levantar la mano. Esta vez sin planearlo del todo: Colombia renunció a la sede en 1982 y el país la aceptó con la economía en caída libre. La crisis de la deuda había evaporado el peso, hundido el poder adquisitivo y demostrado que el milagro mexicano era, en buena medida, una ficción contable. El modelo que la tecnocracia priista había vendido al mundo como ejemplo de estabilidad latinoamericana se reveló como arquitectura levantada sobre arena.

Y luego, en septiembre de 1985, la tierra se movió. Ciudad de México quedó parcialmente en ruinas. Murieron entre seis mil y diez mil personas —las cifras oficiales siempre fueron sospechosamente conservadoras— y el gobierno de Miguel de la Madrid quedó expuesto en toda su incapacidad de responder. Fueron los ciudadanos quienes organizaron el rescate sin el Estado, a veces contra él: brigadas de vecinos sacando vivos de los escombros mientras la burocracia deliberaba en oficinas que todavía tenían techo.

El estadio Azteca —el mismo que había sobrevivido al sismo con grietas que nadie quería contabilizar públicamente— rugió con doscientas mil almas. Nadie preguntó cuántas familias seguían viviendo en carpas.

El Mundial de 1986 llegó nueve meses después. La maquinaria emocional se reactivó con una precisión que habría envidiado cualquier estratega político. Maradona hizo lo que ningún funcionario podía hacer: unir a la gente y darle a un continente entero razones colectivas para gritar. México llegó a cuartos de final. Las calles olvidaron, por unas semanas, el olor a polvo y derrumbe. Y el país que había perdido su modelo económico y buena parte de su tejido urbano encontró en once hombres corriendo detrás de un balón algo que la política llevaba años negándole: esperanza compartida.

La fiesta duró menos que las consecuencias. Pero la fiesta fue real. Y eso, en la geografía emocional de las naciones agotadas, cuenta.

 

2026: Y AHORA LLEGAMOS AQUÍ

México coanfitrión del Mundial de 2026 no llega marcado por una fecha única —sin terremoto reciente, sin masacre reciente de visibilidad pública— sino con algo quizá más difícil de nombrar y más difícil de curar: llega normalizado. Llega habituado a su propio dolor, que es tal vez la forma más peligrosa de llegar a cualquier parte.

Los números, cuando se les permite hablar, cuentan una historia que ninguna campaña publicitaria de la FIFA podrá suavizar del todo. El Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas contabiliza más de cien mil casos activos. Pero la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos —la CMDPDH, organización que desde 1989 documenta con rigor lo que el Estado prefiere contabilizar con cautela— advierte que esa cifra es apenas la superficie visible de un subregistro que la realidad probablemente duplica. Más de cien mil personas con nombre, con familia, con una fecha en que dejaron de aparecer. No son estadística: son la evidencia más brutal de un Estado que, en amplias regiones del territorio, dejó de funcionar como garante de la vida antes de que nadie le pidiera cuentas. La pregunta más incómoda que puede hacerse una nación no es si puede ser campeón del mundo. Es quién gobierna aquí, realmente.

Esas regiones las administra el crimen organizado con una eficiencia que avergüenza a cualquier secretaría federal: cobran derecho de piso, regulan el comercio, controlan la movilidad y en algunos municipios determinan quién puede ser candidato y quién no. La infiltración no es sospecha periodística ni hipérbole de oposición: es, en varios casos, expediente judicial. Gobernadores, exfuncionarios y figuras del poder formal enfrentan procesos penales por vínculos con estructuras criminales, acusaciones de lavado, señalamientos de complicidad que hace una década habrían parecido guion de ficción política y hoy ocupan columnas de resoluciones ministeriales.

La diferencia con 1970 y 1986 es que aquellas crisis tenían una fecha, un epicentro, una imagen reconocible. Tlatelolco fue una noche. El sismo fue una mañana. Lo que México enfrenta en 2026 no tiene fecha de inicio porque lleva décadas construyéndose, capa sobre capa, hasta volverse paisaje. La violencia dejó de ser noticia extraordinaria para convertirse en clima.

Y ese proceso de normalización —esa capacidad de vivir adentro de lo que antes habría sido emergencia— es, políticamente, el fenómeno más relevante que el Mundial cubrirá sin proponérselo.

 

LA CO-SEDE COMO METÁFORA

Hay una dimensión que el entusiasmo mundialista tiende a pasar por alto y que es, estructuralmente, la más reveladora de todas: México no será el anfitrión central de este torneo. Compartirá la sede con Estados Unidos y Canadá, en una configuración que en apariencia es logística y en el fondo es un retrato político.

En 1970 y en 1986, México era el gran escenario emocional del mundo. El torneo era suyo en todos los sentidos: el relato, la narrativa, la imagen que el planeta recibía. En 2026 aportará estadios, multitudes y la pasión que ningún otro país sabe fabricar con tanta intensidad. Pero el músculo financiero, corporativo y narrativo del torneo lo concentrará otro.

Un país que pone la fiesta y carga después con la deuda simbólica. Que produce la emoción colectiva pero no administra el relato internacional. Que recibe turistas en estadios espléndidos mientras regiones enteras de su territorio no pueden garantizar la seguridad básica de un partido de fútbol amateur un domingo por la tarde. La co-sede es una metáfora involuntaria de la soberanía administrada: México como escenario, otros como productores del espectáculo.

Desde esta orilla del continente —donde México se observa con la distancia del que nunca terminó de irse— la contradicción adquiere una textura adicional que los análisis desde adentro a veces pierden de vista: Estados Unidos recibirá a ese mismo México como socio de sede mientras negocia con él aranceles, migración y seguridad. La misma nación que Washington señala en sus informes por la penetración del crimen en estructuras gubernamentales será, durante un mes, el país al que los turistas estadounidenses llegarán a abrazar en las gradas. Esa no es hipocresía aislada. Es la normalidad del pragmatismo continental. Y es también la demostración de que los grandes espectáculos tienen función diplomática precisa: producen imágenes de normalidad allí donde la normalidad es, exactamente, lo que está en disputa.

Sería injusto, sin embargo, reducir todo esto a manipulación calculada. Eduardo Galeano escribió que el fútbol es “la única religión que no tiene ateos”, y la frase funciona porque nombra algo que ningún análisis político puede suprimir del todo: la necesidad humana, irreducible, de alegría compartida. Una sociedad que ha perdido la capacidad de celebrar algo juntos está tan enferma como aquella que solo celebra. La vida también necesita símbolos. Necesita momentos donde el peso cotidiano deje de aplastar.

Las madres que hoy buscan a sus hijos en fosas que el Estado no quiso encontrar no necesitan que nadie les explique la diferencia entre disfrutar un gol y renunciar a la lucha. Llevan años demostrando que ambas cosas coexisten. Que la resistencia sostenida también tiene sus pausas. Que la dignidad no está reñida con el descanso. Son ellas, precisamente, las que mejor entienden que un pueblo no puede vivir perpetuamente en el registro del duelo sin terminar fracturándose por dentro.

El problema no es que México quiera celebrar el fútbol. El problema comienza cuando el poder utiliza esa celebración para administrar el silencio; cuando el espectáculo reemplaza la conversación pública en lugar de coexistir con ella; cuando gritar un gol sirve, institucionalmente, para no tener que gritar otra cosa. Ahí el balón deja de ser deporte y se convierte en instrumento. Y Juvenal —el poeta romano que destiló la lógica imperial en la frase “panem et circenses”, pan y circo— habría reconocido el mecanismo sin dificultad, aunque probablemente se habría sorprendido de cuánto mejoraron los estadios.

 

LA PREGUNTA QUE NO SE JUEGA EN UN ESTADIO

El Mundial de 2026 se jugará. México gritará. Los estadios vibrarán con esa energía que este país produce como ningún otro: genuina, desmesurada, hermosa en su exceso. Y habrá en esa vibración algo irreducible que ningún análisis político debería menospreciar ni ningún cinismo debería arrebatarle a la gente.

Pero cuando el último partido termine y las banderas se guarden y las ciudades vuelvan a su temperatura habitual, seguirán ahí los desaparecidos. Seguirán ahí las fosas que nadie del gobierno encontró primero. Seguirán ahí los expedientes abiertos, los municipios con derecho de piso y las regiones donde el Estado es, en el mejor de los casos, una visita eventual.

La geometría del olvido lleva tres veces repitiéndose con la puntualidad de lo que nadie quiere corregir. Y cada vez el patrón es el mismo: el mundo llega, el país brilla, el balón rueda, y la herida espera.

México no necesita que nadie le enseñe a sobrevivir. Lo ha demostrado en cada crisis que el poder creyó que lo doblaría: en los rescates del 85 que el Estado no organizó, en las brigadas de búsqueda que el gobierno no financió, en cada acto de dignidad colectiva que ocurrió a pesar de la institucionalidad y no gracias a ella. La grandeza de este país siempre ha vivido debajo del Estado, no dentro de él.

La pregunta no es si México puede ser campeón del mundo. La pregunta es si México puede, algún día, dejar de necesitar un Mundial para creer que todavía vale la pena construir el país que merece.

Esa respuesta no se juega en un estadio. Se construye, lenta y a veces dolorosamente, en todo lo que nadie televisa.

 

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