Opinión Política
EDUCACIÓN E HISTORIA

El último emperador azteca

Cuautémoc sobrevivió a la caída de Tenochtitlán, pero no a las intigras de los conquistadores.

 

Por Alfredo Arnold

Tan pronto como se consumó la Conquista con la rendición de Tenochtitlán, luego de haber permanecido sitiada durante casi tres meses por el pequeño ejército español y miles de combatientes tlaxcaltecas aliados, el conquistador Hernán Cortés inició la limpieza de la ciudad azteca y la construcción de la nueva ciudad de México.

Tenochtitlán era un desastre, los edificios más simbólicos habían sido incendiados y los cadáveres estaban esparcidos por todas partes, incluso flotaban en el lago que rodeaba a la capital mexica. El hedor, afirman las crónicas, era insoportable.

Hubo propuestas de establecer la nueva ciudad de México en otro sitio, pero Cortés se aferró a ese lugar para dejar en claro su autoridad sobre los vencidos y para edificar la Catedral precisamente sobre lo que fue el Templo Mayor donde habrían ocurrido cientos de sacrificios humanos.

Auxiliado por miles de indígenas de Cempoala, Tlaxcala y Cholula, además de los mexicas que habían quedado vivos, la limpieza y reconstrucción se realizaron en un tiempo relativamente corto, lo cual dio pie para que los conquistadores se aventuraran a explorar nuevos territorios, someter a sus pobladores y fundar numerosas villas.

También comenzó a surgir la nueva raza, mitad mexicana y mitad europea. El propio Cortés, además de procrear un hijo con Maliche, tuvo una hija que era nieta de Moctezuma II: Leonor Cortés Moctezuma, de quien se dice que era muy bella y cuando se casó fue una de las colonizadoras de lo que hoy es el estado de Aguascalientes.

El ambiente no era del todo favorable a Cortés, quien tuvo que luchar contra las intrigas de los propios capitanes españoles al punto de tener que ir a España para comunicar sus acciones al emperador Carlos V. Cortés no era monedita de oro para sus coterráneos; al contrario, las envidias por el tesoro, las tierras y el poder estaban a la orden del día.

Los aztecas tuvieron doce jefes desde su fundador Tenoch en 1325, de los cuales, tres fueron conocidos por los conquistadores: Moctezuma II, que murió a manos de sus propios súbditos, acusado de haberse aliado a Cortés; Cuitláhuac, que murió víctima de la epidemia que azotó a los indígenas, y Cuauhtémoc, el último emperador, quien sobrevivió al sitio de Tenochtitlán y fue capturado cuando huía con su familia; Cortés lo llevó a vivir con él, igual que a otros nobles aztecas. Más tarde también salió con vida del famoso tormento cuando le quemaron los pies, a causa de una maquinación en su contra.

En 1524 Hernán Cortés emprendió una expedición a Las Hibueras (hoy Honduras) con el fin de castigar a Cristóbal de Olid, quien lo había desobedecido y traicionado. El viaje resultó una pesadilla además de inútil, puesto que De Olid ya había sido ejecutado en aquellas tierras. Y además fue trágico para Cuauhtémoc, quien junto con otros nobles indígenas acompañaba al conquistador.

En el trayecto del viaje a Las Hibueras, el último emperador azteca fue acusado por algunos españoles de estar planeando un atentado contra Cortés, tomándose la decisión inmediata de ahorcarlo. Esto sucedió el 28 de febrero de 1525, era martes de Carnaval.

Así fue el fin de los tres emperadores que, en el breve lapso de cuatro años, cayeron, y con ellos, todo el imperio mexica: Moctezuma II, a manos de su propia gente; Cuitláhuac, víctima de la peste, y el valiente Cuauhtémoc, producto de las intrigas del “fuego amigo” de Hernán Cortés.

El nombre de Cuauhtémoc ha permanecido en el imaginario colectivo; está presente en ciudades, calles, monumentos, monedas, colegios y universidades, teatros, galardones e incluso en una de las cervecerías más importantes del país.

Al morir, Cuauhtémoc tenía sólo 27 años de edad y gobernó a su pueblo únicamente un año. En náhuatl, su nombre significa “águila que cae”, nada más apropiado para su convulsa existencia.

 

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