Opinión Política
ANÁLISIS

El péndulo latinoamericano

Del Foro de São Paulo al Shield of the Americas: el agotamiento de un ciclo.

 

Por Simón Madrigal

Internacionalista y Analista Político

Los pueblos rara vez votan por amor. Casi siempre votan por cansancio.

América Latina no parece ser la excepción.

Durante casi dos décadas, buena parte del continente abrazó una generación de gobiernos progresistas que prometían reducir la desigualdad, combatir la pobreza y construir un modelo alternativo al neoliberalismo que había dominado los años noventa. Muchos lograron avances sociales importantes. Otros terminaron atrapados por la corrupción, el autoritarismo, la inseguridad o el desgaste natural del poder.

Hoy el mapa político luce distinto. No porque la izquierda haya desaparecido —Brasil y México siguen gobernados por la izquierda—, sino porque, uno tras otro, casi todos los demás países fueron cambiando de bando: Bolivia, Chile, Ecuador, Argentina, El Salvador, Honduras, Paraguay, y ahora, en un vuelco que hace apenas semanas parecía improbable, Perú y la propia Colombia. Millones de latinoamericanos comenzaron a votar por una prioridad distinta a la que dominó la agenda durante la Marea Rosa.

 

La seguridad. La estabilidad. El orden.

Y cuando cambian las prioridades del ciudadano, inevitablemente cambia el poder. No hay ideología que resista dos décadas de promesas incumplidas.

  1. La Marea Rosa: contexto, no opinión

Entre 1998 y aproximadamente 2015, una sucesión de triunfos electorales —Chávez en Venezuela, Lula en Brasil, los Kirchner en Argentina, Evo Morales en Bolivia, Correa en Ecuador, Ortega en Nicaragua, Mujica en Uruguay— configuró lo que la ciencia política bautizó como la “Marea Rosa”. No fue un bloque homogéneo: convivían socialdemocracias moderadas con proyectos de corte más radical. Pero compartían un diagnóstico común: el modelo neoliberal de los noventa había profundizado la desigualdad y era necesario un Estado más activo en la redistribución.

El paralelismo histórico es revelador. En 2008, en el punto más alto de la Marea Rosa, los líderes progresistas crearon UNASUR para promover una integración regional sin tutela de Washington. Cuando la marea bajó, los países se fueron retirando y en 2019 UNASUR fue reemplazada por PROSUR, una alianza explícitamente de gobiernos conservadores. El Shield of the Americas es, en ese sentido, menos una novedad que la repetición de un patrón: cada ciclo ideológico latinoamericano tiende a construirse su propia arquitectura institucional, y a abandonar la del ciclo anterior.

El instrumento de coordinación política de ese ciclo fue el Foro de São Paulo, fundado en 1990 por el PT brasileño y el Partido Comunista de Cuba. Durante treinta y cinco años funcionó como espacio de articulación: no gobernaba, no legislaba, no emitía decretos, pero ayudó a construir una narrativa regional, compartió estrategias y fortaleció liderazgos que después llegarían al poder. Y esa narrativa, hay que decirlo con honestidad, vendió un sueño: integración soberana frente a Washington, redistribución sin autoritarismo, un “socialismo del siglo XXI” capaz de corregir sin repetir los errores del siglo XX. Millones de latinoamericanos lo creyeron.

Todo sueño político tiene fecha de vencimiento. La pregunta nunca es si va a expirar. Es qué hace un pueblo cuando finalmente lee la etiqueta.

  1. El sueño que no se cumplió: por qué falló el proyecto

No conviene decir simplemente “la izquierda fracasó”. Es más preciso —y más justo— decir que buena parte de esa izquierda dejó de responder a las preocupaciones que ella misma había prometido resolver, y que en varios casos el proyecto degeneró en algo que el Foro de São Paulo fundacional de 1990 no se atrevía a nombrar en voz alta: el autoritarismo.

Cuba y Nicaragua son el espejo incómodo del que gran parte de la izquierda regional prefirió no hablar durante años. Cuba lleva más de sesenta años bajo un régimen de partido único, con una economía en colapso, escasez crónica y una diáspora que no deja de crecer. Nicaragua, bajo Daniel Ortega —quien llegó al poder como comandante sandinista y terminó gobernando junto a su esposa Rosario Murillo con un aparato represivo que ha encarcelado, desterrado y despojado de la nacionalidad a opositores, obispos y hasta escritores— es hoy, para buena parte de la comunidad internacional, una dictadura dinástica con ropaje revolucionario. Venezuela completó el cuadro: de la promesa bolivariana de Chávez a la implosión económica, migratoria e institucional bajo Nicolás Maduro. Estos tres casos no son anécdotas aisladas; son la prueba histórica que los adversarios del ciclo progresista usaron, con razón, para advertir que “socialismo del siglo XXI” podía ser, en los hechos, la restauración del autoritarismo del siglo XX con otro nombre.

Cuba nunca celebró una segunda vuelta. Nicaragua dejó de necesitarla. Y ese silencio, más que cualquier discurso, es la evidencia más incómoda que puede exhibir un proyecto que dijo llamarse revolución.

Ese antecedente pesó. Cuando Bolivia, veinte años después del ascenso de Evo Morales, llegó a las urnas en 2025 con una inflación cercana al 23%, escasez de dólares y de combustible, y una caída del PIB del 2,4% en el primer semestre, el electorado no solo castigó una gestión: castigó la sospecha, alimentada por dos décadas de ejemplos regionales, de que el poder concentrado en nombre del pueblo tiende a perpetuarse. El resultado fue contundente: Rodrigo Paz ganó el primer balotaje de la historia boliviana con 54,6% de los votos, y el MAS —que en 2020 tenía 75 diputados— quedó reducido a uno solo.

Uruguay, en cambio, es la prueba de que no era inevitable. El Frente Amplio volvió al poder en marzo de 2025 con Yamandú Orsi, tras una campaña moderada, sin confrontación, con un discurso de diálogo nacional y continuidad macroeconómica. Un año después, la inflación uruguaya cerró en 3,6%, se crearon 26.000 empleos y el país mantiene el grado de inversión y el menor riesgo soberano de la región. Uruguay demuestra que la etiqueta “izquierda” no es, por sí sola, la explicación del fracaso: lo que erosionó a la izquierda regional no fue la ideología, sino la variante que la practicó —la que confundió la permanencia en el poder con la revolución misma, y la que gobernó sin frenos institucionales.

Montevideo no necesitó un Foro para gobernar con decencia. Le bastó con no convertir el poder en destino.

Colombia es, quizás, el capítulo más reciente y más elocuente. Gustavo Petro llegó en 2022 como la primera presidencia de izquierda en la historia del país, con un capital político enorme. Terminó su mandato con un país polarizado, con la producción de coca y cocaína en niveles récord, con Estados Unidos descertificando a Colombia en septiembre de 2025 por primera vez en 28 años, y con un presidente que respondió a la derrota electoral de su candidato en junio de 2026 alegando —sin pruebas, según desmintieron la Registraduría, la Misión de Observación Electoral, la OEA y la Unión Europea— un fraude de 850 mil votantes irregulares. El pueblo colombiano, en una segunda vuelta dramáticamente cerrada (49,66% contra 48,70%), le dio la presidencia a Abelardo de la Espriella, del movimiento Defensores de la Patria, quien asumirá el 7 de agosto de 2026. Tras conocerse los primeros resultados, el propio candidato no escondió el tono de cruzada: dijo que iba “a derrotar la tiranía y el absolutismo”. Doce millones de colombianos votaron por la continuidad del proyecto de Petro: no es una desaparición de la izquierda, es —otra vez— el agotamiento de una gestión concreta. Pero el mensaje mayoritario de las urnas fue, en efecto, un “no más” a ese ciclo específico.

Un gobierno que termina desconociendo el conteo de sus propios votos ya perdió algo más importante que una elección: perdió el derecho a exigirle fe a nadie.

Las causas concretas de ese desgaste, país por país, tienen nombre: crimen organizado, migración masiva, narcotráfico, inflación, corrupción, captura institucional y crecimiento económico lento. Donde la izquierda gobernó con resultados razonables y sin tentaciones autoritarias —Uruguay es el ejemplo—, sobrevivió. Donde no lo hizo, el péndulo se movió.

 

III. El regreso de Washington

No se trata de escribir que “Trump controla Latinoamérica”. Es más exacto decir que, mientras América Latina giraba nuevamente hacia gobiernos conservadores, Washington cambió también de lenguaje y de método. La diplomacia hemisférica de Obama y Biden privilegió foros amplios. La segunda administración Trump abandonó esa lógica: directamente decidió no comprometerse con la décima Cumbre de las Américas, que iba a celebrarse en República Dominicana, y esta terminó cancelándose.

  1. Del Foro de São Paulo al Shield of the Americas

Aquí está el capítulo más citable del ensayo, porque el antónimo estructural del Foro de São Paulo ya existe y tiene nombre.

El 7 de marzo de 2026, en su club de golf de Doral, Florida, Donald Trump reunió a un grupo selecto de mandatarios latinoamericanos para lanzar el Shield of the Americas (oficialmente, Americas Counter Cartel Coalition). Diecisiete países se sumaron a la coalición, coordinada por el secretario de Estado Marco Rubio y la enviada especial Kristi Noem, con el objetivo declarado de compartir inteligencia y coordinar operaciones militares contra los cárteles de la droga. Asistieron Javier Milei (Argentina), Nayib Bukele (El Salvador), Santiago Peña (Paraguay), Daniel Noboa (Ecuador) y el presidente electo chileno José Antonio Kast, entre otros. Deliberadamente no fueron invitados Brasil, México ni Colombia —entonces los tres países más poblados de la región bajo gobiernos de izquierda—, lo que generó cuestionamientos incluso desde think tanks alineados con Washington sobre la coherencia de excluir a las naciones con mayor capacidad institucional para combatir el crimen organizado.

Ese dato, sin embargo, ha envejecido rápido: apenas tres meses después de la cumbre de Doral, Colombia —el más resistente de los tres ausentes— también giró a la derecha. El “muro” de países de izquierda que el Shield dejó deliberadamente fuera de su fotografía inaugural se redujo, en cuestión de semanas, a Brasil y México.

Donald Trump no esperó al resultado final para reclamar el símbolo. Tras la primera vuelta colombiana, celebró en redes sociales que el triunfo de De la Espriella reflejaba la voluntad de “decirle basta al fracasado modelo socialista” que —dijo— tanto daño había hecho a la región.

Pocas veces una fotografía política envejece tan rápido y tan mal. La ausencia de Bogotá, pensada como una declaración de principios, terminó siendo apenas un dato con fecha de caducidad.

El paralelismo histórico es revelador. En 2008, en el punto más alto de la Marea Rosa, los líderes progresistas crearon UNASUR para promover una integración regional sin tutela de Washington. Cuando la marea bajó, los países se fueron retirando y en 2019 UNASUR fue reemplazada por PROSUR, una alianza explícitamente de gobiernos conservadores. El Shield of the Americas es, en ese sentido, menos una novedad que la repetición de un patrón: cada ciclo ideológico latinoamericano tiende a construirse su propia arquitectura institucional, y a abandonar la del ciclo anterior.

Si el Foro de São Paulo fue la arquitectura política de la marea rosa, el Shield of the Americas parece perfilarse como la infraestructura diplomática del nuevo ciclo conservador. Todavía es temprano para afirmarlo con la misma solidez con que hoy se describe al Foro —treinta y cinco años después de su fundación—. Pero la dirección resulta evidente, y varios analistas, entre ellos Leandro Morgenfeld (CLACSO) y Adam Ratzlaff (Pan-American Strategic Advisors), coinciden en un punto: se trata de una coalición ideológica y no de un consenso hemisférico, lo que —advierten— la hace tan frágil como el ciclo político que la sostiene.

 

  1. Trump como acelerador, no como creador

Donald Trump no inventó el giro conservador latinoamericano. Llegó cuando ese giro ya comenzaba —Bukele gobernaba desde 2019, Bolsonaro había ganado en 2018—. Lo que aportó fue distinto: lo fortaleció, lo legitimó, le dio narrativa, coordinación y visibilidad internacional. El respaldo explícito de Washington a candidatos como Asfura en Honduras, o el elogio público de Milei a la victoria de Rodrigo Paz en Bolivia como el fin de “dos décadas del fracasado modelo del socialismo del siglo XXI”, ilustran cómo el nuevo bloque conservador se piensa a sí mismo como una causa continental.

Perú se sumó a esa ola en julio de 2026: Keiko Fujimori, en su cuarto intento presidencial, ganó la presidencia por el margen más estrecho de la historia electoral peruana reciente —50,13% contra 49,86%, apenas 49.641 votos de diferencia sobre el izquierdista Roberto Sánchez— y asumirá el 28 de julio, convirtiéndose en la primera mujer elegida para gobernar el país.

  1. Un contrapunto desde el norte: la izquierda que resurge donde menos se la espera

Conviene no simplificar el relato como una marcha unidireccional. Mientras América Latina gira a la derecha, en Estados Unidos —el país que hoy encabeza el nuevo bloque conservador continental— la izquierda más combativa acaba de conquistar su ciudad más simbólica. Zohran Mamdani, socialista democrático respaldado por Bernie Sanders y por Alexandria Ocasio-Cortez, asumió el 1 de enero de 2026 como alcalde de Nueva York con un programa de impuestos a los más ricos y ampliación del gasto social. En su discurso de investidura fue tajante: prometió que gobernaría “como un socialista democrático” y que no renunciaría a sus principios por miedo a la etiqueta de radical. Ocasio-Cortez, al presentarlo esa noche, celebró que los neoyorquinos habían elegido “el coraje sobre el miedo”. Meses después, los candidatos que el propio Mamdani endosó arrasaron en primarias legislativas frente a demócratas moderados, señal de que el ala socialista democrática del Partido Demócrata gana terreno, no lo pierde. Es una ironía que vale la pena señalar: mientras el sur se hastía del ciclo progresista, un sector del norte lo reivindica con renovado entusiasmo. El péndulo, después de todo, no conoce fronteras: oscila donde el ciudadano —harto de algo distinto en cada caso— decide moverlo.

Nueva York no está viviendo el amanecer de una ideología. Está viviendo, como Bolivia en 2006 o como Colombia en 2022, el hartazgo de la anterior. La historia, otra vez, se repite disfrazada de novedad.

 

VII. La verdadera explicación

No es, al final, una cuestión de derecha ni de izquierda como abstracciones.

Es esto: los ciudadanos cambiaron la pregunta. Antes preguntaban: ¿quién reparte mejor la riqueza? Hoy preguntan: ¿quién puede devolverme la tranquilidad de salir de casa, la estabilidad de mi moneda, la confianza en que mi voto no será desconocido al día siguiente? Ahí cambió todo. Bolivia no votó por una ideología de mercado; votó contra la inflación y el desabasto. Colombia no votó contra la izquierda en abstracto; votó, por un margen mínimo, contra un gobierno que terminó denunciando fraude sin pruebas. La derecha ganó, en la mayoría de estos casos, menos por convicción ideológica que por default: era la alternativa disponible cuando el proyecto anterior dejó de resolver los problemas que lo habían llevado al poder —o, en los casos más graves, cuando ese proyecto reveló su costado autoritario.

 

Cierre

Hace apenas quince años parecía impensable que América Latina volviera a teñirse de azul. Hoy parece impensable que ese proceso pueda detenerse pronto. Pero la historia latinoamericana nunca ha sido una línea recta. Es un péndulo. Oscila. Corrige. Castiga. Premia. Vuelve a comenzar.

La derecha cometerá errores. La izquierda aprenderá algunos —Uruguay ya demostró que puede hacerlo—. Nuevos liderazgos aparecerán. Otros desaparecerán. Lo permanente no son las ideologías. Es el ciudadano. Porque al final no vota por doctrinas. Vota por resultados. Y cuando deja de encontrarlos, mueve el péndulo.

Quizá esa sea la lección más importante que deja América Latina en esta década. No estamos presenciando la victoria definitiva de la derecha.

Estamos viendo el agotamiento de una época —una época que, en Cuba y Nicaragua, nunca se permitió siquiera ser corregida por el propio péndulo—. Y pocas fuerzas políticas han sobrevivido cuando dejan de escuchar el cansancio de quienes las llevaron al poder.

La derecha que hoy gobierna gran parte del continente no debería confundir un préstamo con una herencia. El pueblo no entrega el poder: lo presta, a interés, y con fecha de revisión.

Nota editorial: el cuadro sigue sin ser uniforme —Brasil y México permanecen bajo gobiernos de izquierda, este último de forma considerablemente más moderada que sus pares sudamericanos, en parte por la cercanía y la interdependencia económica con Estados Unidos—. El propio Shield of the Americas ha sido criticado, incluso desde posiciones no alineadas con la izquierda, por su carácter excluyente y por la fragilidad de coaliciones construidas sobre afinidad ideológica más que sobre consenso institucional. Esa tensión —entre la lectura de “ciclo agotado por sus propios fracasos” y la de “realineamiento geopolítico impulsado desde Washington”— es en sí misma parte de la historia que este ensayo intenta narrar, y conviene dejarla planteada para el lector en lugar de resolverla de antemano.

 

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