Por Carlos Eduardo Martínez Villaseñor
Abogado
México atraviesa el momento económico más importante de la década sin una ruptura comercial, pero tampoco con la certeza que exige una economía integrada al mercado más grande del mundo, entre más temas que no necesariamente son económicos. El 1 de julio de 2026, Estados Unidos decidió no extender el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) en su forma actual. El acuerdo sigue vigente, pero entró en un esquema de revisiones anuales que podría prolongarse hasta 2036.
La diferencia no es cualquier cosa, es profunda. Para una empresa que planea invertir miles de millones de dólares, construir una planta o generar miles de empleos, la incertidumbre pesa tanto como un arancel. La estabilidad mexicana dejó de estar garantizada y ahora dependerá de negociaciones periódicas.
El T-MEC entró en vigor el 1 de julio de 2020 para sustituir al TLCAN. Su artículo 34.7 establecía una revisión conjunta a los seis años. Si los tres países acordaban extenderlo, recuperaría una vigencia de 16 años. Al no existir ese consenso, comenzó una etapa de revisiones anuales. Estados Unidos no abandonó el tratado, eligió mantenerlo vivo mientras incrementa su capacidad de negociación. Los números explican la magnitud del desafío. En 2025, México exportó mercancías por 664 mil 837 millones de dólares, un crecimiento anual de 7.6 %. De ese monto, 643 mil 592 millones correspondieron a exportaciones no petroleras. Hoy, cerca de nueve de cada diez dólares exportados por el país provienen de manufacturas, confirmando que México dejó de depender del petróleo para convertirse en una potencia industrial integrada a Norteamérica.
Durante los primeros meses de 2026, México se mantuvo como el principal socio comercial de Estados Unidos, concentrando 16.4 % de su comercio total de bienes, incluso por encima de Canadá y China. Al mismo tiempo, fue el principal destino de las exportaciones estadounidenses, con 15.7 % del total. Estos datos desmontan una idea equivocada: México depende del mercado estadounidense, pero Estados Unidos también depende de la industria mexicana. La integración productiva construida durante más de tres décadas hace que ambos países necesiten mantener cadenas de suministro competitivas.
Sin embargo, Washington busca modificar las reglas del juego. La administración estadounidense ha planteado revisar reglas de origen, fortalecer la producción regional y reducir la presencia de insumos procedentes de China, especialmente en sectores como el automotriz, el acero y el aluminio. La industria automotriz concentra buena parte de esa discusión. En 2025, México produjo 3 millones 953 mil 494 vehículos ligeros y exportó 3 millones 385 mil 785. Durante el primer trimestre de 2026, 75.8 % de esas exportaciones tuvieron como destino Estados Unidos. En vehículos pesados, la dependencia supera el 95 %.
Un cambio en las reglas de origen puede modificar por completo la competitividad del sector más importante de la economía mexicana. Pero el debate ya no es únicamente comercial, ojo aquí. Especialistas del Center for Strategic and International Studies (CSIS), uno de los centros de análisis más influyentes de Washington, sostienen que la revisión del T-MEC representa una prueba sobre la capacidad de Norteamérica para consolidarse como un bloque económico frente al crecimiento de China. El analista Diego Marroquín Bitar, una de las voces más reconocidas sobre el T-MEC y activo participante en X, ha señalado que México ocupa una posición estratégica: es el principal socio comercial de Estados Unidos, pero mantiene una elevada dependencia de componentes asiáticos. Esa combinación explica buena parte de la presión estadounidense para endurecer los mecanismos que verifican el origen real de los productos. Seguimos tocando el tema China.
Los datos comerciales respaldan esa preocupación. En abril de 2026, México importó mercancías de China por 11 mil 112 millones de dólares y exportó únicamente mil 322 millones, generando un déficit mensual cercano a 9 mil 790 millones de dólares. A ello se suma la postura de economistas del Peterson Institute for International Economics, quienes advierten que Estados Unidos podría impulsar reglas de origen más estrictas, mayores controles sobre el contenido chino e incluso esquemas arancelarios coordinados entre los tres países.
La discusión ya no consiste en determinar dónde se ensambla un automóvil. Ahora importa quién fabrica el acero, los semiconductores, las baterías, los minerales críticos y el software que integra cada vehículo. La competencia dejó de ser únicamente industrial para convertirse en una disputa tecnológica y geopolítica. Y seguimos viendo a China.
El riesgo para México no es únicamente perder comercio. Es perder confianza. Una empresa no necesita que desaparezca el tratado para cancelar una inversión; basta con desconocer cuáles serán las reglas dentro de cinco años. La inversión extranjera responde a infraestructura, energía, seguridad jurídica, talento y certidumbre. México conserva ventajas extraordinarias por su ubicación geográfica y capacidad manufacturera, pero necesita fortalecer las condiciones que mantienen esa competitividad.
Entre 1999 y 2024, Estados Unidos acumuló más de 326 mil millones de dólares de inversión directa en México. Al cierre de 2025, los pasivos acumulados de inversión extranjera directa ascendieron a 880 mil 900 millones de dólares. Esa confianza no puede darse por garantizada. Washington también mantiene observaciones sobre energía, inversiones privadas, comercio digital, propiedad intelectual, medio ambiente y compromisos laborales. El T-MEC nunca fue únicamente un acuerdo para reducir aranceles; es un marco integral que define buena parte de las reglas económicas de Norteamérica.
México tiene argumentos sólidos. Estados Unidos necesita una región capaz de competir con Asia y sustituir cadenas de suministro estratégicas. Reubicar toda la manufactura mexicana sería costoso, lento y afectaría directamente a consumidores y empresas estadounidenses. Pero tener argumentos no sustituye una estrategia. Y continuamos viendo a China.
Nuestro país deberá defender el carácter trilateral del acuerdo, reducir vulnerabilidades, fortalecer el mercado interno y diversificar exportaciones sin romper la integración con Norteamérica. La relación con Estados Unidos seguirá siendo el eje de nuestra economía, pero depender de un solo mercado implica asumir riesgos crecientes. En el siglo XXI, las grandes disputas no se libran únicamente con ejércitos. Se deciden en mesas de negociación, reglas de origen, inversiones, tecnología, minerales estratégicos y cadenas de suministro.
La revisión del T-MEC representa mucho más que una negociación comercial. Es una evaluación sobre la competitividad de México, su capacidad para generar confianza y su papel dentro de la nueva geografía económica mundial. Porque los tratados pueden mantenerse vigentes durante años, lo verdaderamente difícil es conservar la certeza que hace posible que las empresas inviertan, produzcan y generen empleo. Esa será, en los próximos años, la prueba más importante para México, aunque en lo profundo seguirá siendo buscar estrangular a China, como también hoy lo vemos en la guerra entre EU e Irán, que lo hacen estrangulando a China con el petróleo.




