(Notas, libro próximo a aparecer).
Por Simón Madrigal
Internacionalista y Analista Político
Febrero de 2025. Un expediente deja de ser secreto, pero no deja de ser incómodo. Durante más de cuarenta años permaneció resguardado bajo el lenguaje más eficaz que ha perfeccionado el Estado moderno para protegerse a sí mismo: «clasificado por razones de seguridad nacional». Sesenta y cuatro páginas que prometían esclarecer el mayor incidente radiológico en la historia de América Latina. Pero al abrirse, el documento no ilumina: confirma.
No hay revelaciones explosivas. No hay nombres nuevos que caigan. Hay, en cambio, una constatación silenciosa: esto no fue un accidente. Fue una secuencia de decisiones tomadas —y, sobre todo, evitadas— por personas que sabían lo suficiente para impedir lo que venía. Esa es la verdadera radiación: no la que se midió en rads, sino la que se filtró a través de las estructuras institucionales.
El primer acto: cuando omitir parece práctico
La historia no comienza en 1983. Comienza en 1979, cuando un médico cruza la frontera desde Texas hacia Ciudad Juárez transportando un equipo de radioterapia con cobalto-60. El procedimiento legal para importar ese material existía, era claro y estaba diseñado precisamente para evitar riesgos. Pero también implicaba tiempo, supervisión e intervención del Estado. En un país donde la burocracia suele percibirse como obstáculo, la tentación de saltársela resulta comprensible… hasta que deja de serlo.
Esa decisión de no registrar, de no declarar, abre una grieta que no se cerrará jamás. La máquina entra al país sin existir oficialmente. Queda fuera del Estado. Barbara Tuchman escribió que la historia está llena de decisiones pequeñas que, en su momento, parecen insignificantes, pero que con el tiempo revelan su peso real. Este fue uno de esos momentos.
El sistema que decidió no mirar
Reducir la historia a una omisión individual sería simplificar. El caso se vuelve inquietante cuando el sistema institucional no solo falla en corregir esa omisión, sino que, de manera tácita, la protege. Existía un conflicto de interés evidente. El funcionario responsable de supervisar la seguridad nuclear tenía vínculos directos con la institución donde esa máquina permanecía almacenada. Basta mirar el registro oficial: cero inspecciones, cero auditorías, cero preguntas durante seis años.
Max Weber advirtió que la burocracia moderna, cuando no está sujeta a controles reales, tiende a convertirse en un mecanismo de autopreservación. Aquí no se trató de incompetencia, sino de una forma más sofisticada de inacción: la decisión de no ver. Ver implicaba actuar. Actuar implicaba consecuencias.
El momento en que lo invisible se libera
En diciembre de 1983, el espacio donde se encontraba la máquina es requerido. Estorba. Alguien decide que puede ser desmantelada como cualquier objeto en desuso. La orden desciende hasta un trabajador de mantenimiento que no ha sido entrenado en manejo radiactivo, que no ha sido advertido del riesgo.
El cilindro se abre. Miles de gránulos de cobalto-60 quedan expuestos. Se dispersan en el aire, en la ropa, en el polvo. Y nada pasa. Ese es el rasgo más perturbador: la ausencia de dramatismo. La radiación no anuncia su presencia. No arde. No huele. Simplemente actúa. Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal para describir cómo los actos más devastadores pueden surgir de la rutina. Aquí, la tragedia no nace del exceso, sino de la normalidad.
La vida que siguió como si nada
Durante cincuenta días, una camioneta contaminada permanece estacionada en una calle de Ciudad Juárez. Los niños juegan sobre ella. Los vecinos se recargan en su estructura para conversar. Doña Lucina de alrededor de cincuenta años, salía por las tardes a platicar con las vecinas apoyándose en el cofre. A centímetros de una fuente que emitía hasta mil rads por hora. Equivalente a cincuenta mil radiografías. El doble de la dosis letal. Comparable a la exposición de los liquidadores de Chernobyl que murieron en semanas. Doña Lucina no lo sabía. Nadie se lo había dicho. Fue evacuada tres años después. Regresó en 1987. Murió en 2019 sin seguimiento médico.
La tragedia moderna ya no siempre se presenta como ruptura, sino como continuidad. La vida sigue… incluso cuando no debería.
El desastre que se volvió sistema
El metal es vendido como chatarra. Fundido. Transformado en varilla para construcción. Benjamín operaba la grúa que procesó ese metal. Cincuenta y nueve años. Veintidós años en el mismo trabajo. Durante esa semana pasó cuarenta horas cerca del material contaminado. En 1991 le diagnosticaron cáncer en los huesos. Murió ocho meses después. Su familia intentó conectar su muerte con el cobalto. Le dijeron que era imposible probar relación causal sin los expedientes médicos perdidos. Sin expedientes, no había caso.
Miles de toneladas de acero contaminado se integran en casas, hospitales, escuelas. El daño se vuelve estructural. No hay un punto cero al que regresar. Hay una dispersión silenciosa que convierte el peligro en parte del entorno. El riesgo se vuelve invisible no porque desaparezca, sino porque se normaliza.
Cuando otro país enciende la alarma
La detección no ocurre dentro del sistema mexicano. Ocurre cuando un camión con material contaminado pasa cerca de un laboratorio en Los Alamos, Nuevo México. La anomalía es registrada. Pero entonces viene la pausa. Las autoridades mexicanas son notificadas. Saben que existe un riesgo. Y deciden esperar. Durante ocho días, no se alerta a la población.
El contraste con otros casos resulta inevitable. En 1987, en Goiânia, Brasil, un incidente radiológico con cesio-137 detonó una respuesta inmediata. Caótica, imperfecta, pero visible y transparente. México eligió otro camino: administrar la verdad. Un testimonio posterior lo resume: la prioridad no era la salud pública, sino evitar el impacto económico. Isaiah Berlin advertía que el poder no siempre se manifiesta en lo que impone, sino en lo que decide no decir. El silencio fue acción deliberada.
La justicia que se quedó corta
Con el tiempo llegan los peritajes, las inspecciones. Algunas estructuras son demolidas. Pero la rendición de cuentas no llega. El único procesado es el trabajador que desmontó la máquina. El último eslabón. El que obedeció. No quienes decidieron. Octavio Paz escribió que en nuestras sociedades la ley suele aplicarse de manera desigual, castigando a quien menos puede defenderse. Este caso confirma esa intuición con precisión dolorosa.
Las consecuencias que no se pueden medir del todo
La radiación no deja cicatrices inmediatas. Sus efectos aparecen años después, dispersos, difíciles de atribuir. Agustín tenía dieciséis años en diciembre de 1983. Vivía a dos casas de la Datsun blanca. A los dieciséis años le diagnosticaron azoospermia irreversible. A los cincuenta y dos, leucemia. Murió en 2021. Antes de morir escribió una carta que nunca envió: «Morir sin saber es morir dos veces.» Esa ambigüedad es parte del daño. Sin certeza, no hay responsabilidad jurídica.
México visto desde fuera… y desde dentro
Desde la distancia —esa que da vivir fuera, pero no dejar de mirar hacia adentro— uno aprende a ver patrones con mayor claridad. México no es un país condenado a sus errores, pero sí es un país que con frecuencia evita enfrentarlos de raíz. No es falta de capacidad. Es falta de voluntad para incomodarse. Cuando el Estado administra la verdad, se pierde más que información. Se pierde confianza.
El patrón que sigue vivo
El caso del cobalto-60 no pertenece únicamente al pasado. Es un espejo incómodo. Las tragedias institucionales rara vez se repiten de manera idéntica. Regresan con otros rostros, otras narrativas que las hacen más difíciles de reconocer. Por eso la pregunta relevante ya no es si algo así podría volver a ocurrir. La pregunta —más inquietante— es si ya está ocurriendo.
El mecanismo no ha desaparecido. Opera cuando el material que sostiene infraestructura crítica resulta insuficiente y cede sin previo aviso. Cuando el agua que se promete potable sale turbia. Cuando un niño con cáncer espera meses por un medicamento que debió estar disponible semanas atrás. Cuando reportes técnicos advierten sobre riesgos y quedan archivados hasta que algo falla.
No es la materia lo que conecta estos episodios. Es el patrón. La información que se contiene. El riesgo que se minimiza. La verdad que se dosifica. Y en el fondo, siempre la misma lógica: alguien sabe más de lo que dice. Alguien entiende el alcance… y aun así elige esperar. El patrón persiste porque es funcional. Protege a quien tiene poder. Diluye responsabilidades. Y cuando finalmente llega la rendición de cuentas —si acaso llega— ya es tarde para quienes pagaron el precio.
La cadena invisible del poder
Hay una constante que atraviesa toda esta historia: siempre hay alguien que sabe. No uno solo. Una cadena. Cada uno con información suficiente para detener lo que viene. Cada uno esperando que otro actúe. El doctor sabía qué compraba en 1979. El funcionario sabía que supervisaba la institución que debía inspeccionar el hospital del que era accionista. El jefe de mantenimiento sabía que ordenaba desmantelar una máquina de radioterapia sin personal entrenado. Y los funcionarios que esperaron ocho días sabían que cada día significaba más familias expuestas. Cada quien sabía lo suficiente. Nadie detuvo nada.
Lo que el tiempo no borra
El cobalto-60 tiene una vida media definida. Con los años, su intensidad disminuye hasta volverse casi imperceptible. El peligro físico eventualmente se disipa. Pero la cultura institucional que permitió su dispersión no sigue esa lógica. La normalización del silencio. La administración selectiva de la verdad. Eso no decae. Se transforma. Se adapta. Se perpetúa.
Epílogo: la pregunta que queda
Al final, esta no es una historia sobre radiación. Es una historia sobre responsabilidad. Sobre qué ocurre cuando saber no obliga a actuar. Sobre la distancia entre poder y deber. Sobre el costo de mirar hacia otro lado. Hay un momento en el que alguien pudo haber detenido todo. Y no lo hizo.
El Jefe sabía. Y como suele ocurrir, decidió administrar el tiempo suficiente para que cuando llegara la verdad, ya no importara. La pregunta ya no es cuándo volverá a pasar. La pregunta es si ya está pasando.



