Por Jorge Cabrera
Maestría en Economía y Política Internacional CIDE
La reciente decisión de un juez federal de Estados Unidos de bloquear el impuesto de 100 mil dólares que la administración de Donald Trump había impuesto a las visas H-1B para trabajadores altamente calificados va mucho más allá de una controversia legal o migratoria. En realidad, la resolución toca uno de los factores que históricamente han definido el ascenso y la permanencia de las grandes potencias: su capacidad para atraer talento.
La medida buscaba encarecer de forma extraordinaria el acceso a las visas H-1B, utilizadas principalmente por ingenieros, científicos, médicos, investigadores y especialistas en tecnología. Sus defensores argumentaban que era una forma de proteger empleos y salarios estadounidenses. Sin embargo, sus críticos advertían que podría terminar perjudicando precisamente a los sectores que sostienen el liderazgo económico y tecnológico del país.
Desde la perspectiva del historiador y geógrafo Jared Diamond, autor de «Crisis, Cómo reaccionan los países en los momentos decisivos», la discusión resulta especialmente relevante.
Diamond ha sostenido que las sociedades más exitosas suelen ser aquellas capaces de incorporar conocimientos, tecnologías y capacidades provenientes del exterior. A lo largo de la historia, las naciones que permanecieron abiertas a la innovación y al talento extranjero tendieron a prosperar, mientras que aquellas que levantaron barreras excesivas frecuentemente perdieron dinamismo frente a competidores más adaptables.
Las cifras ayudan a entender la magnitud del asunto. Aunque los trabajadores con visa H-1B representan menos del 0.5% de la fuerza laboral estadounidense, su presencia es desproporcionadamente importante en sectores estratégicos. Cerca del 65% de los beneficiarios de estas visas trabajan en áreas relacionadas con computación y tecnología. Además, el 57% posee estudios de maestría y entre el 6% y el 13% cuenta con doctorado, niveles de especialización difíciles de sustituir en el corto plazo.
La contribución de los inmigrantes altamente calificados tampoco se limita a ocupar puestos de trabajo. Actualmente representan más del 23% de los trabajadores en áreas STEM —ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas—, disciplinas que se encuentran en el corazón de la competencia global por la innovación. Más aún, diversos estudios sugieren que estos profesionales no sólo generan valor, sino también oportunidades para los trabajadores estadounidenses.
Una investigación estimó que por cada 100 inmigrantes con estudios avanzados en campos STEM se crean aproximadamente 86 empleos para personas nacidas en Estados Unidos, debido al crecimiento económico y empresarial que impulsan.
La innovación ofrece otro indicador revelador. Los inmigrantes representan alrededor del 16% de los inventores del país y son responsables de cerca del 23% de las patentes registradas.
En un momento en que Estados Unidos compite con China y otras potencias por el liderazgo en inteligencia artificial, biotecnología y tecnologías avanzadas, estos números adquieren una dimensión estratégica.
El impacto también se refleja en el emprendimiento. Empresas fundadas por inmigrantes han alcanzado un valor conjunto cercano a los cinco billones de dólares y generan cientos de miles de empleos. Muchas de las compañías que hoy lideran sectores clave de la economía estadounidense nacieron precisamente gracias a la capacidad del país para atraer talento de todo el mundo. Basta citar solamente las empresas de Elon Musk.
Jared Diamond ha advertido que las sociedades rara vez pierden su posición dominante por una sola mala decisión. Más bien, el declive suele producirse cuando dejan de aprovechar las ventajas que durante décadas impulsaron su éxito. Bajo esa lógica, imponer barreras extraordinarias a la inmigración altamente calificada podría interpretarse como una renuncia gradual a una de las fuentes históricas de fortaleza de Estados Unidos.
La resolución judicial no resuelve el debate migratorio. Tampoco elimina las preocupaciones sobre la protección del empleo nacional. Sin embargo, sí plantea una cuestión fundamental para el siglo XXI: en una economía basada cada vez más en el conocimiento, el recurso más escaso ya no es el petróleo ni la tierra, sino el talento humano.
Y la historia demuestra que las naciones que logran atraerlo suelen ser las que terminan liderando el mundo.




