Por Agustín Aguilar Jiménez
Internacionalista y profesor universitario
En el momento actual y desde hace poco más de un mes, la percepción sobre las relaciones entre México y los Estados Unidos es que nos encontramos en un momento sumamente delicado, con fuertes fricciones, enormes tensiones e incluso, riesgos de una grave ruptura en la relación bilateral. Las razones derivan de los desencuentros en torno a los casos de Rocha Moya, Maru Campos y la investigación sobre los consulados mexicanos en los Estados Unidos. Aparte de los temas de narcotráfico, crimen organizado y seguridad está la cuestión de la incertidumbre sobre la renovación del Tratado México-Estados Unidos-Canadá (TMEC).
Más allá de los argumentos de cada uno de los dos gobiernos, del lenguaje, de las narrativas y de las necesidades políticas de cada quién, la realidad es que sí existe un significativo desencuentro entre los dos gobiernos. No se trata de simples malos entendidos, de estilos personales de gobernar o de situaciones generadas por medios de comunicación y “comentócratas” mal intencionados. En otras palabras, la situación actual solo parcialmente tiene que ver con Donald Trump en su segundo gobierno, las elecciones legislativas de noviembre en los Estados Unidos, las elecciones de 2027 en México o la “venganza” de Ricardo Salinas en contra de Claudia Sheinbaum.
Para empezar a entender las fricciones en las relaciones entre México y nuestro vecino debemos partir de la consideración que el conflicto es un elemento inherente a las relaciones entre Estados. Parafraseando a Graham Evans, el conflicto internacional es una situación que se presenta cuando dos o más Estados persiguen objetivos diferentes, exclusivos o incompatibles en un mismo espacio, un mismo tema o un mismo territorio. Siendo la relación entre México y Estados Unidos una de las más complejas en el mundo, es normal que existan permanentemente focos de conflicto en temas políticos, de seguridad, económicos, territoriales, ambientales y por recursos naturales compartidos.
Frecuentemente se señala que el conflicto internacional no puede ser solucionado, solo administrado. La cooperación internacional es justamente una de las formas que tienen los Estados para evitar o al menos reducir el riesgo de que un conflicto pueda derivar en confrontaciones como las guerras. De esta forma, los Estados, vía la diplomacia buscan la coordinación con sus contrapartes con el propósito de obtener resultados aceptables en las relaciones internacionales. Los tratados comerciales (TLCAN, TMEC) o el tratado de extradición México – Estados Unidos son precisamente mecanismos de cooperación, en este caso institucionalizados, para lidiar con el conflicto bilateral.
Sin embargo, la cooperación puede mostrar sus limitaciones ante factores y situaciones como la necesidad de ganar elecciones, cambios legislativos que alteran la confianza y la estabilidad en las reglas, así como por factores estructurales e históricos. El análisis de las relaciones México – Estados Unidos debe considerar entonces elementos como la estructural desigualdad (en niveles de desarrollo, capacidad económica, extensión territorial, tamaño de población, fuerza militar, entre muchas otros) y las diferentes necesidades y expectativas que derivan de ello. Si a esto le añadimos la existencia de una desconfianza mutua entre los dos gobiernos y una relación histórica conflictiva y plagada de heridas no cerradas como las perdidas territoriales ante nuestros vecinos, el conflicto parece inevitable.
Uno de estos factores consiste en que sectores gubernamentales, sociales y políticos en los Estados Unidos han considerado tradicionalmente que su país no necesita prácticamente nada de México al tiempo que nuestro país necesita mucho de ellos.
Recientemente Trump se pronunció en este sentido respecto de la renovación del TMEC. Esta perspectiva si bien difiere de la realidad debido a la interdependencia bilateral, al tratarse de una interdependencia asimétrica, los Estados Unidos pueden mayoritariamente manipular políticamente la relación a su favor.
Como mecanismo de defensa y frente a sus debilidades, el gobierno mexicano esgrime al nacionalismo (en buena medida antiestadounidense) y exige frecuentemente el respeto a la soberanía (cooperación si, subordinación no). Sin embargo, las percepciones de corrupción en México, la falta de gobernabilidad, los retrocesos democráticos y una clase política que se presume se ha asociado con bandas criminales, incrementan las presiones sobre nuestro país y por lo tanto el potencial de conflicto.
El haber negociado la integración económica formal a través del TLCAN y del TMEC fue una decisión correcta, al menos en el tema que nos ocupa. Permitió administrar en buena parte el conflicto bilateral (economías complementarias son políticamente conflictivas) y nos proporcionó mecanismos mutuos e institucionalizados para resolver las controversias comerciales y de inversión. Hoy está en riesgo.
No hay duda de que en las últimas semanas la relación con los Estados Unidos se ha complicado. Claudia Sheinbaum ha señalado que “hay ciertos sectores que quieren que se rompa la relación México-Estados Unidos”. Aun cuando algo de ello sea cierto, corresponde al gobierno mexicano tener la voluntad política para mejorar la relación y evitar lo que muchas veces ha sucedido en el pasado, el ejercicio de una apabullante política de poder de los Estados Unidos sobre México.




