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AMG: entre rufianes, apatios y tapatibios

Por Doctora Abril de María Ledesma Zermeño 

Hay ciudades que se deterioran por falta de recursos. Otras, por desastres naturales. El Área Metropolitana de Guadalajara parece haber encontrado una fórmula distinta: deteriorarse por decisión colectiva. No porque todos participen activamente en destruirla, sino porque demasiados han decidido acostumbrarse.

En el AMG conviven tres personajes que explican buena parte de nuestra realidad: los rufianes, los apatios y los tapatibios.

Los rufianes son los más visibles. Son quienes han descubierto que el desorden produce enormes ganancias. Quienes entienden que la impunidad resulta más rentable que el cumplimiento de la ley; que contaminar cuesta menos que remediar; que urbanizar sin planeación deja más utilidades que hacerlo correctamente; que construir donde no debe construirse genera fortunas mientras las consecuencias las pagan otros. Pero los rufianes jamás podrían sostener ese sistema sin la colaboración silenciosa de los otros dos.

 

Están los apatios.

No necesariamente son malas personas. Simplemente dejaron de creer que vale la pena involucrarse. Ven una crisis tras otra y terminan convenciéndose de que nada cambiará. Se indignan unos minutos, publican un comentario en redes sociales y continúan con su rutina. Todo les preocupa, pero casi nada los mueve a actuar.

 

Y finalmente aparecen los tapatibios.

Aquellos que jamás quieren incomodar. Que consideran de mala educación señalar responsables. Que siempre encuentran una explicación para justificar lo injustificable. Que confunden prudencia con indiferencia y cordialidad con permisividad. Son especialistas en relativizar cualquier problema mientras éste no llegue hasta la puerta de su casa.

Esa combinación resulta devastadora.

Porque mientras unos hacen negocio con el deterioro de la ciudad, otros observan desde la barrera y un tercer grupo se dedica a explicar por qué tampoco es para tanto.

 

El ejemplo más evidente está en el agua.

La conversación pública suele reducirse a lo que ocurre cuando abrimos la llave del lavabo. Si huele raro. Si tiene color. Si parece turbia. Sin embargo, esa es apenas la última manifestación del problema.

La pregunta verdaderamente importante debería ser otra: ¿qué está ocurriendo con los ríos, los arroyos, las presas y los acuíferos que abastecen a esta metrópoli? ¿Con qué agua se riegan los alimentos que consumimos todos los días? ¿Cuántos años llevamos aceptando descargas contaminantes como si fueran parte inevitable del paisaje? El problema nunca comenzó en nuestras casas.

El problema del agua comenzó cuando aceptamos que contaminar salía barato. Cuando dejamos de exigir vigilancia efectiva. Cuando la planeación territorial se convirtió en un documento que pocos respetan y muchos utilizan únicamente para justificar decisiones previamente tomadas.

 

Pero hay algo todavía más grave.

El agua no es un asunto secundario, técnico ni exclusivamente ambiental. Es el único tema que, en cualquier cultura, territorio, religión, sistema económico o momento histórico, conserva una importancia absolutamente vital. Puede haber sociedades que discrepen sobre política, economía, urbanismo, desarrollo o justicia. Ninguna puede prescindir del agua.

Por eso, si un asunto de esta magnitud no consigue despertar a los apatios ni incomodar a los tapatibios, resulta difícil imaginar qué podría hacerlo. Si ni siquiera la posibilidad de beber agua contaminada, consumir alimentos irrigados con agua degradada, perder acuíferos o comprometer la disponibilidad futura logra romper la indiferencia, entonces el problema ya no es únicamente hídrico.

 

Es moral, social y político.

Porque una sociedad que permanece inmóvil frente a aquello que sostiene la vida ha perdido algo más profundo que la capacidad de indignarse: ha perdido la noción de urgencia.

Lo mismo ocurre con los residuos.

Cada día producimos miles de toneladas de basura como si existiera un territorio infinito dispuesto a recibirlas. Los sitios de disposición final llevan años operando bajo enorme presión, mientras seguimos consumiendo y desechando con la tranquilidad de quien supone que el problema desaparece en cuanto pasa el camión recolector.

Esa es quizá la característica más preocupante del Área Metropolitana de Guadalajara: hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para normalizar aquello que debería alarmarnos.

Nos acostumbramos a las inundaciones estacionales. A respirar mala calidad del aire. A perder áreas verdes. A escuchar sobre nuevas grietas, nuevos hundimientos, nuevas urbanizaciones cuestionables y nuevos conflictos por el agua como si fueran parte natural del crecimiento urbano. Y mientras tanto seguimos preguntándonos por qué la ciudad parece deteriorarse año tras año.

La respuesta quizá sea mucho más sencilla de lo que creemos: Porque los rufianes siguen haciendo negocio, porque los apatios siguen convencidos de que nada cambiar y los tapatibios siguen creyendo que señalar los problemas resulta más incómodo que resolverlos.

Las ciudades no colapsan únicamente por malas decisiones gubernamentales. También lo hacen cuando una sociedad deja de exigir, deja de participar y termina considerando normal aquello que nunca debió aceptar. Y si ni siquiera el agua logra despertarla, entonces no queda claro qué podría hacerlo.

Y mientras tanto, los rufianes harán su parte. Los apatios no harán la suya y los tapatibios seguirán diciendo que no es momento de exagerar. Hasta que un día ya no haya nada que relativizar, porque el agua tiene una característica que ningún discurso puede cambiar: Cuando desaparece, desaparecen también todas las demás discusiones -salud, dinero, amor, trabajo, etc.-. Y ese día, por primera vez, todos estarán de acuerdo. Solo que ya no servirá de nada.

 

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