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Paradojas. La intención no basta

Por Luis Ángeles Ángeles

Expresidente del Colegio Nacional de Economistas

Hay narrativas que muestran incentivos perversos de algunas políticas públicas. Con variantes, se cuenta delhacendado que decide acabar con las tuzas que arruinan sus cosechas y pagar por cada una que le entreguen muerta. Pronto los cazadores descubren que ganarán más si crían o llevan tuzas de otros cultivos.

En tiempos del colonialismo británico en India, las autoridades determinaron extinguir la plaga de cobras venenosas y se ofreció recompensa a quien las llevaran muertas. Efectivamente se eliminaron muchas, y pronto los habitantes decidieron “generar una mayor oferta”, en granjas. Las gratificaciones se suspendieroncuando ya se había provocado un problema mayor. Esta narrativa la refiere Eduardo Caccia como el efecto cobra, en paralelo a contarnos el experimento donde se impuso una multa a los padres que se retrasaban en recoger a sus hijos de la guardería, tras lo que aumentaron las demoras, porque una vez que se puso precio a la tardanza la multa legitimó la falta.

Eduardo Caccia como el efecto cobra.

Otras fábulas ofrecen la misma lección: paleontólogos del siglo XIX pagaban a los campesinos chinos cada hueso de dinosaurio que encontraran, por lo que éstos los rompían en pedazos para cobrar más, disminuyendo su valor científico. La peste de ratas en París, es otro ejemplo donde se pagaba por las colas que llegaran a la alcaldía, lo que provocó que solo se las cortaran, manteniendo a los animales fecundos. Seguramente por ello la ciudad de Ratatouille está habitada en proporción de tres roedores a uno, y hoy mejorse decide por la convivencia pacífica.

Pero la historia más conocida que ilustra los incentivos perversos es la prohibición del alcohol en Estados Unidos, hace un siglo, cuando Woodrow Wilson prohibió mediante enmienda constitucional su fabricación, venta y transporte. La ley condujo a la existencia de 10 o 20 mil cantinas y destilerías clandestinas, que proliferaron con el crimen organizado de gánsters legendarios como John Dillinger y Al Capone, quienescobraban derecho de piso en Chicago, donde proliferó el alcohol adulterado. Aunque debe celebrarse que en “los felices años 20” florecieran Nueva York y Nueva Orleans amenizadas con jazz de Louis Armstrong y Duke Ellinton, y que finalmente Roosevelt levantara la ley seca en plena Gran Depresión, con el propósito de reactivar la economía.

Éstas son historias fallidas de políticas públicas, donde la intención no basta y la cuestión no se resuelve porque se paga por el problema, no por la solución.

 

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