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La Guadalajara del “GYM”

Por Abril de María Ledesma Zermeño

Arquitecta y Abogada

En el Área Metropolitana de Guadalajara, el crecimiento urbano ha alcanzado un punto en el que yano basta describirlo como expansión: empieza a parecerse a esos fisicoculturistas queconsagrando su vida al “gym”, aumentan masa, tamaño y presencia exterior mientras, al mismo tiempo, someten sus órganos vitales a un desgaste silencioso. La ciudad luce más grande, másdensa, más visible, pero ese aumento de cuerpo no necesariamente significa mayor salud territorial. Por el contrario, mientras gana volumen, compromete partes esenciales de su funcionamiento, entre ellas su relación de proximidad con los suelos que históricamente ayudaban a alimentarla. De inicio, la emociona no estar cerca de la comida porque siente que estola conserva más “fit”, más adecuada a los estándares de progreso.

La analogía no es gratuita. El AMG, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, supera ya los cinco millones de habitantes y registró un crecimiento superior al 16% en apenas una década. Esa presióndemográfica se traduce en más vivienda, más infraestructura, más vialidades, más superficies incorporadas al uso urbano. Pero la ciudad no crece sobre vacío. Cada vez que gana tamaño lo hace sobre territorios que ya cumplían una función, y entre ellos destacan los suelos agrícolas periurbanos,que no eran un adorno residual del paisaje, sino parte de un sistema de soporte indispensable.

Hoy, según el Instituto de Planeación y Gestión del Desarrollo del Área Metropolitana de Guadalajara(IMEPLAN), cerca del 24% del territorio metropolitano está urbanizado, mientras alrededor del 46% todavía se vincula al sector primario. Esa proporción permite entender la tensión con mayor precisión.Guadalajara no ha borrado por completo su base productiva cercana, pero sí la ha colocado bajo una presión constante. La masa urbana sigue empujando. El volumen se sigue acumulando. Y, como ocurre en ciertos procesos de hipertrofia mal entendida, el problema no está solo en cuánto crece el cuerpo, sino en qué sacrifica para seguir creciendo.

La ciudad parece haber confundido tamaño con fortaleza. Más edificios, más fraccionamientos, más desarrollos y más superficie urbanizada producen la impresión de una metrópoli robusta, exitosa y en expansión. Sin embargo, ese incremento exterior oculta un deterioro interno. Cuando el territorio productivo empieza a ceder frente al suelo urbanizable, lo que se compromete no es un excedente prescindible, sino una función vital: la posibilidad de mantener una relación relativamente cercana entre producción y consumo de alimentos.

Ahí es donde la imagen del fisicoculturista resulta especialmente útil. Hay cuerpos que se ven más grandes mientras sus órganos trabajan bajo estrés, forzados por una lógica que privilegia la apariencia delcrecimiento sobre el equilibrio integral. Algo parecido ocurre aquí. Guadalajara gana músculo urbano, perosomete a presión sus órganos territoriales más delicados: los suelos que infiltran agua, los espacios que regulan el clima local, las áreas que sostienen biodiversidad y, de forma muy concreta, las superficies quetodavía conservan capacidad agropecuaria.

Cada hectárea que deja de producir para convertirse en urbanización no solo cambia de uso: cambia de función dentro del sistema metropolitano. El suelo agrícola no se reemplaza con facilidad. No puedetrasladarse intacto ni recuperarse de forma simple una vez cubierto por concreto, asfalto y cimentaciones.La ciudad, entonces, aumenta volumen exterior mientras debilita su metabolismo territorial. Sigue viéndose fuerte, pero se vuelve más dependiente.

El contraste con la escala estatal lo deja todavía más claro. Jalisco mantiene, según el Censo Agropecuario 2022, una gran potencia agrícola, con más de 1.7 millones de hectáreas activas y volúmenes muy altos de producción. El problema no es que el estado haya dejado de producir alimentos. El problema es que la metrópoli ha ido rompiendo la cercanía con parte de los territorios que antes la abastecían en su entorno inmediato. El alimento sigue llegando, sí, pero llega desde más lejos. Y esa distancia importa.

Importa la distancia porque una ciudad que depende de circuitos de suministro más largos también depende de más combustible, más transporte, más intermediación y más condiciones externas que nocontrola. Importa porque la

proximidad alimentaria no solo reduce costos y tiempos, sino que fortalece la resiliencia. Importa porque cuando una metrópoli consume su periferia productiva para seguir engordando su huella urbana, no sevuelve necesariamente más fuerte: se vuelve más aparatosa y, al mismo tiempo, más frágil.

Dentro del propio AMG, la evidencia muestra que todavía persisten superficies agropecuarias importantes en municipios como Tlajomulco, El Salto, Tonalá e incluso Tlaquepaque. Pero su permanencia se ha vuelto incierta. Son territorios que viven bajo una presión constante, como órganos que siguen funcionando mientras el cuerpo completo les exige más de lo que razonablemente pueden sostener. Su existencia demuestra que aún hay margen de decisión, pero también evidencia que ese margen se reduce cada vez que el crecimiento urbano se asume como un bien automático e incuestionable.

La expansión histórica de la ciudad refuerza esta lectura. Pasar de poco más de 16,800 hectáreas urbanizadas en 1970 a más de 61,800 en 2015 no es solo crecer: es reconfigurar profundamente larelación entre ciudad y territorio. Y cuando esa transformación ocurre con rapidez, la apariencia del dinamismo suele ocultar los costos estructurales. Lo que desde fuera puede leerse como vigormetropolitano, desde dentro puede ser una forma de desgaste funcional.

La agricultura urbana y periurbana ha sido reconocida internacionalmente por la Organización de lasNaciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, como una pieza importante de la seguridadalimentaria y de la sustentabilidad urbana. No se trata de una nostalgia rural insertada en la ciudad, sino de una capacidad estratégica para mantener cercanía entre el lugar donde se produce y el lugar donde se consume. Reducir esa cercanía implica volver más vulnerable el sistema alimentario metropolitano. Es,en términos de la analogía, seguir inflando el cuerpo mientras se somete a los órganos internos a un esfuerzo cada vez mayor.

El consumidor difícilmente percibe esta tensión de manera inmediata. Los alimentos siguen en los mercados, los anaqueles permanecen abastecidos y la rutina diaria no parece alterarse. Pero esa continuidad puede ser engañosa. La ciudad sigue funcionando con suplementos, del mismo modo enque un cuerpo

puede seguir viéndose imponente mientras internamente acumula deterioro. La ausencia de síntomas visibles no equivale a salud.

Por eso la planeación urbana resulta decisiva. La existencia de suelo agrícola dentro del AMG indica quetodavía no todo está perdido, pero también advierte que la ciudad se encuentra en un punto donde debe decidir si seguirá persiguiendo el espejismo del volumen o si comenzará a proteger las funciones que sostienen su viabilidad de largo plazo. No se trata de frenar toda transformación, sino de reconocer que no todo crecimiento es sinónimo de fortaleza.

Guadalajara ha crecido, y mucho. Pero una parte de ese crecimiento se parece demasiado a esa lógicaque privilegia la apariencia del cuerpo grande sobre la integridad del organismo. Mientras la mancha urbana gana presencia, complejidad y tamaño, los territorios que ayudaban a alimentarla quedansometidos a una presión que erosiona su permanencia. La ciudad parece más fuerte, pero depende más de lo lejano. Se ve más grande, pero compromete funciones vitales. Produce imagen de potencia, mientras pone en riesgo su equilibrio interno. Si esa trayectoria continúa, el problema no será únicamente territorial, sino estructural. Porque una ciudad que se deja seducir por el engaño del volumenpuede tardar en advertir que su crecimiento no la estaba fortaleciendo, sino agotando desde dentro.

 

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