Opinión Política
OPINIÓN

Mundial S.A.

NOTA DEL EDITOR

Por Alfonso Gómez Godínez

alfonsogogo6@gmail.com

Fuera de las narrativas de los cronistas y analistas deportivos que transmiten lo que sucede en la cancha de futbol y en el entorno de las selecciones mundialistas, la Copa del Mundo 2026 ha sido abordada desde múltiples enfoques y puntos de vista políticos, sociológicos y económicos. Lo anterior ha generado una intensa y sugerente polémica editorial que hemos venido acompañando en nuestras páginas por parte de algunos colaboradores.

Su servidor, en la edición pasada, me atreví a meterme al tema y resaltaba el significado de los vínculos de identidad social que genera un club de futbol y su metamorfosis en un fenómeno cuasireligioso. En especial como fenómeno de masas que se entrevera con clubes en el mundo y México con orígenes obrero-sindicales y grupos populares.

Hoy, de acuerdo al signo de los tiempos que nos toca vivir, la Copa del Mundo refleja y recrea con mucha nitidez nuestras realidades económicas globales y locales. En primer lugar, ha quedado de manifiesto la total mercantilización de dicho evento y que con el actual torneo parece que entró a ese camino y no habrá retorno.

Como consecuencia, acceder a una cancha mundialista se ha convertido en algo imposible para la inmensa mayoría de la población. Vivimos una Copa del Mundo excluyente; en México 70 e inclusive México 86, asistieron a sus estadios aficionados de diversos estratos sociales, el costo para su ingreso no se había desorbitado. Actualmente, y seguramente en el futuro, la asistencia a un estadio mundialista será para los menos. La carrera divergente entre el 1% de la humanidad rica y el resto, parece alcanzó al Mundial.

La exacerbada mercantilización del Mundial que ha instrumentado la FIFA responde a los cánones que se observa en la economía internacional. FIFA como una empresa global cuyo negocio y mercado tiene más países que la ONU.

FIFA es un negocio multimillonario de la economía de los servicios, del negocio del ocio, del uso del tiempo libre y de las adicciones; Se trata de la venta de un bien intangible que busca satisfacer emociones, alimentar nacionalismos, construyendo ídolos y leyendas. En la cancha, durante 90 minutos, con sus nuevos intervalos llamados de “hidratación” que acentúa la mercantilización a niveles nunca visto, se despliega una escenografía que cautiva a sus fieles consumidores.

Siguiendo las pautas de la relocalización productiva y comercial de las empresas globales, FIFA empieza a organizar sus mundiales simultáneamente en varios países. En 2026 son tres las naciones interconectadas para “producir” el Mundial, en 2030 serán seis las naciones que lo realizarán, ubicadas en tres distintos continentes.

El negocio de FIFA ha generado alrededor del Mundial un poderosísimo cluster de empresas y marcas globales que generan sinergias económicas y comerciales que permiten incrementar el volumen del pastel.

Sus convenios, contratos y cláusulas ponen a prueba las resistencias de un capitalismo feroz y altamente competitivo donde solo juegan las firmas más gigantes y poderosas. FIFA es un corporativo del espectáculo cuyo peso político y económico le permite ponerse a la altura de los gobiernos nacionales y, como instancia supranacional, busca evadir responsabilidades ante dichas instancias.

Como empresa global, FIFA sondea con los gobiernos nacionales y locales la posibilidad de llevar a cabo su Mundial. Con su poder, exige y pone condiciones en el llamado Cuaderno de Cargos. En su cluster de negocios oferta a las autoridades ser ventana para la venta de la marca/país, del impulso al turismo y el comercio, generando derrama y empleo a la economía receptora.

A tono con los sustanciales sueldos de los altos ejecutivos de las corporaciones globales, se encuentran analogías con los ingresos de la elite de jugadores y entrenadores que participan en un Mundial, sin que la FIFA sea el responsable de la nómina.

En una especie de mercado laboral de subcontratación y de terciarización, los clubes financian a la FIFA prestándoles a sus jugadores, que ellos contratan, pagan, cuidan y desarrollan. A cambio la FIFA retribuye económicamente a las selecciones de acuerdo a sus resultados.

Con el incremento de los ingresos de FIFA quizás sea el momento de exigir que un Mundial no solo genere costos para los gobiernos, sino que también se abra la posibilidad de generar ingresos a partir de las ganancias del corporativo FIFA a las ciudades receptores del evento vía un impuesto o contribución; y a la vez que las organizaciones que realizan tareas humanitarias en las sedes recibieran una contribución para sus actividades bajo el rubro de la filantropía que tanto gusta en la mercadotecnia social. El futbol no puede perder el sentido de pertenencia y solidaridad.

 

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