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Fiesta Brava. El orgullo de la resistencia

Por Amaury Sánchez González

Politólogo

​Existen épocas donde las palabras se tuercen hasta perder su centro, y donde la cobardía busca vestirse con los ropajes de la virtud. Nos dicen hoy, con la soberbia propia de quien ignora la historia, que el movimiento antitaurino encarna el pináculo del progreso humano, la quintaesencia de una civilización “evolucionada”. Sin embargo, basta correr el velo del discurso moralista para que la realidad al desnudo nos devuelva una mueca grotesca: la de la violencia desenfrenada, la intolerancia y una profunda misantropía.

 

El mapa del odio: De la liturgia a la turba

​Si el rito taurino es una ceremonia trágica basada en la verdad, el honor y la aceptación de la muerte a cuerpo limpio, la respuesta de sus detractores se ha convertido en un espectáculo de sombras e ira ciega. La geografía del taurinismo reciente no registra un debate de ideas, sino un reguero de agresiones que retrata la decadencia de la protesta pacífica.

​En las entrañas de América, la violencia ha buscado cobrarse vidas humanas. En Lima, al abrigo de la histórica Plaza de Acho —catedral donde el tiempo se detiene—, la turba rozó el terrorismo al intentar prender fuego al coso con ganaderos, toreros y afición dentro. En Bogotá, el regreso del toro a la Santamaría fue recibido con salivazos, golpizas y vejaciones a familias enteras, poco tiempo después de que tres jóvenes novilleros en huelga de hambre fueran apuñalados por el delito de querer ser toreros. En la Plaza México, la policía tuvo que levantar trincheras para contener un campo de tiro improvisado donde las pedradas sustituyeron a la razón.

​El espejo europeo no ofrece un reflejo más limpio. En Valencia, la furia radical eligió como blanco a la ancianidad a la salida de la plaza; en Madrid, el cobarde gas pimienta fue el arma elegida contra niñas en una tienda taurina; y en Francia, el acoso a ancianos a golpes y pintura culminó con la detención del líder de una secta antitaurina que guardaba granadas de mano para su particular “manifestación de paz”.

 

La paradoja antropológica: Amor al animal, odio al hombre

​Desde la óptica de la antropología cultural, el fenómeno antitaurino revela una profunda grieta en la psique contemporánea. Incapaz de comprender el misterio del sacrificio y la liturgia del valor, la sociedad urbana hipertecnificada ha sustituido la empatía real por un sentimentalismo de pantalla.

​Resulta desoladoramente paradójico que quienes afirman amar al toro bravo jamás hayan pisado el silencio sagrado de una dehesa. No alimentan, no velan, no crían ni financian la existencia del Bos taurus primigenius. Les resulta indiferente que la prohibición de la fiesta brava firme, en el mismo acto, la sentencia de muerte biológica y la extinción de una raza única, así como la destrucción del ecosistema ecológico más rico de la Península Ibérica y América Latina.

​No es el amor al animal lo que moviliza la piedra, la pintura y la granada; es la misantropía. Es el desprecio al ser humano que profesa una fe, una tradición y una cultura distintas. Es el odio hacia quien se atreve a contemplar la vida y la muerte sin los edulcorantes de la posverdad.

 

El orgullo de la resistencia

​Frente al ruido de las redes sociales, donde la mentira y la difamación son la moneda de cambio para sostener un movimiento vacío de argumentos científicos y ecológicos, la tauromaquia se mantiene en pie por una sola razón: la verdad. Una verdad trágica, sobria y verdadera, donde un hombre y un toro se juegan la existencia en igualdad de condiciones sobre la arena.

​Si el precio de pertenecer a este siglo es abrazar la violencia sectaria, la ignorancia zootécnica y la persecución al que piensa diferente bajo el lema del “progreso”, la respuesta de la afición debe ser clara, alta y sin complejos.

​Si la agresión a ancianos, niñas y novilleros es la muestra de su “evolución”, desde esta redacción reivindicamos con la cabeza alta el valor de la memoria. Con profundo orgullo cultural y moral, preferimos mil veces permanecer en esta bienaventurada e histórica “involución”.

 

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