Opinión Política
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El país de los noventa minutos

Por Amaury Sánchez

Politólogo

México tiene una extraña virtud. Cuando la realidad amenaza con alcanzarlo, encuentra siempre alguna manera de distraerse. A veces es una elección, a veces una tragedia, a veces un escándalo político y, de vez en cuando, un balón de fútbol. El Mundial volvió a demostrarlo.

Bastaron noventa minutos, dos goles y una multitud vestida de verde para que el país pareciera transformarse de golpe. El mismo país que despierta todos los días con noticias de violencia, desigualdad, corrupción, impunidad, pobreza y enfrentamientos políticos, apareció ante las cámaras del mundo como una nación alegre, organizada, disciplinada y orgullosa de sí misma. Durante unas horas desaparecieron los pleitos partidistas, las discusiones ideológicas, los reclamos sindicales y las acusaciones entre adversarios. México volvió a ser una sola voz, un solo grito y una sola bandera.

Pero los países no se construyen con emociones. Los países se construyen con realidades. Y la realidad suele ser menos amable que las ceremonias inaugurales.

La inauguración del Mundial fue impecable. Las imágenes recorrieron el planeta. El estadio lució lleno. Los turistas abarrotaron las calles. Los hoteles hicieron negocio. Los restaurantes trabajaron a toda su capacidad. Los vendedores ambulantes encontraron un respiro. Los comentaristas internacionales hablaron de cultura, tradición, color y pasión. Parecía que México había logrado por fin reconciliarse consigo mismo.

Sin embargo, mientras los fuegos artificiales iluminaban el cielo, miles de policías formaban murallas humanas alrededor de la fiesta. Mientras los aficionados cantaban el himno nacional, miles de manifestantes recordaban que existen otros himnos menos populares: el de la inconformidad, el de la pobreza y el de las promesas incumplidas. Esa es la fotografía completa.

Una parte del país celebrando. Otra parte exigiendo. Y en medio de ambas, un gobierno obligado a demostrar que puede administrar la fiesta sin perder el control de la calle.

Los viejos políticos entendían perfectamente el valor de los grandes espectáculos. No porque resolvieran problemas, sino porque permitían administrarlos. Un Mundial no elimina la desigualdad. No desaparece la inseguridad. No construye hospitales. No mejora escuelas. No reduce la corrupción. Pero ofrece algo igual de valioso para cualquier poder: tiempo. Tiempo para cambiar la conversación. Tiempo para desplazar los titulares incómodos. Tiempo para que la emoción colectiva sustituya temporalmente al enojo colectivo.

Eso no significa que exista una conspiración ni una manipulación calculada detrás de cada evento deportivo. Significa algo mucho más simple y más antiguo: la naturaleza humana.

Los pueblos necesitan creer. Necesitan emocionarse. Necesitan sentir que pertenecen a algo más grande que ellos mismos. Y el fútbol ofrece exactamente eso.

Por esa razón el triunfo de México sobre Sudáfrica fue mucho más importante de lo que algunos están dispuestos a reconocer. No porque otorgue puntos decisivos en el torneo. No porque garantice una clasificación. No porque convierta automáticamente a la selección en candidata al campeonato. Fue importante porque llegó en el momento exacto en que el gobierno necesitaba una inauguración sin sobresaltos y en que el país necesitaba una noticia capaz de unirlo.

La política vive de símbolos. Y los símbolos rara vez respetan la lógica. Un ciudadano puede estar inconforme con su salario, molesto con la inseguridad de su colonia y decepcionado de la clase política, pero aun así celebrar un gol con una pasión que parece borrar durante unos minutos todas sus preocupaciones. No porque las haya resuelto, sino porque necesita descansar de ellas.

El problema comienza cuando la emoción pretende sustituir a la realidad. Ahí es donde empiezan las confusiones nacionales. Porque una victoria deportiva no equivale a una victoria gubernamental. Porque el éxito de un delantero no corrige los errores de un funcionario. Porque un estadio lleno no significa necesariamente un país satisfecho. Y porque una ceremonia impecable no garantiza instituciones igualmente impecables.

La tentación del poder siempre ha sido apropiarse de los triunfos ajenos. Ocurrió antes y seguirá ocurriendo después. Los gobiernos celebran los éxitos deportivos como si fueran propios y se deslindan de las derrotas como si jamás hubieran existido. Es una costumbre universal. Tan vieja como la política misma.

Sin embargo, sería injusto negar que el Estado mexicano aprobó una prueba importante. Organizar un evento de esta magnitud implica una coordinación gigantesca. Seguridad, transporte, logística, servicios, comunicaciones, protección civil, relaciones internacionales y control de riesgos. Nada de eso ocurre por generación espontánea. Detrás de cada imagen exitosa existe una maquinaria burocrática funcionando a máxima capacidad.

La presidenta Claudia Sheinbaum apostó parte de su prestigio político a que la inauguración saliera bien. Y salió bien. Hasta ahí llegan los hechos. Todo lo demás pertenece al terreno de la interpretación.

Porque mientras algunos observan una demostración de capacidad institucional, otros ven una escenografía cuidadosamente iluminada que apenas alcanza a ocultar las grietas del edificio nacional. Ambas visiones contienen algo de verdad.

México es, al mismo tiempo, el país capaz de organizar tres Copas del Mundo y el país que todavía batalla para garantizar seguridad plena en buena parte de su territorio. Es el país de los récords turísticos y también de las profundas desigualdades sociales. Es el país que deslumbra a los visitantes extranjeros y desespera a millones de ciudadanos que esperan respuestas cotidianas.

Quizá por eso el Mundial resulta tan fascinante. Porque funciona como una metáfora perfecta de México. Un país extraordinario y contradictorio. Brillante y conflictivo. Capaz de maravillar y decepcionar en la misma jornada.

Cuando el árbitro señaló el final del partido, millones celebraron la victoria. Tenían razones para hacerlo. El fútbol existe precisamente para eso. Para ofrecer alegrías simples en tiempos complejos.

Pero al día siguiente el país despertó exactamente donde estaba antes del silbatazo inicial. Las mismas calles. Los mismos problemas. Las mismas promesas. Las mismas cuentas pendientes.

La diferencia es que ahora existe una pausa emocional, una tregua colectiva que puede durar días o semanas mientras ruede el balón. Después vendrá el regreso inevitable a la realidad.

Y entonces México deberá enfrentar la pregunta que ningún Mundial puede responder: ¿Qué ocurrirá cuando termine la fiesta?

Porque los estadios se vacían. Las banderas se guardan. Los turistas regresan a casa. Las cámaras internacionales buscan otro escenario. Los héroes deportivos envejecen. Los gobiernos cambian. Pero los problemas nacionales permanecen.

Y son esos problemas, no los goles, los que terminan escribiendo la verdadera historia de un país.

 

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