Opinión Política
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¡Crudos días AMG!

Por Abril de María Ledesma Zermeño

Arquitecta y abogada

Doctoranda en Hábitat y Sustentabilidad

El Área Metropolitana de Guadalajara agarró la fiesta… ¡y qué fiesta! Sin reparos ni prudencia, como anfitriona de primer nivel, orgullosamente ajuarada con su camiseta verde, pidió las “burbujas” más caras, mandó traer al mariachi, pidió al DJ sus favoritas de Maná y, al final, pagó con dinero ajeno —sí, el que pertenece a quienes deberíamos de tener autoridad sobre ella…el que podría haberse destinado a pagar la deuda histórica del agua y de muchas otras cosas importantes desatendidas en casa—. Como buena adolescente trasgresora, juntó a muchos de sus cuates en el lugar más icónico de su hogar: el que, para los habitantes de casa, simboliza la sabiduría, la estrategia, las artes y oficios, la justicia y la civilización. A las que no invitaron, ni ella ni sus amigotes, fueron a sus amigas la Planeación Urbana y la Infraestructura. Otra vez las marginaron destinando sus lugares a otros influencers más cool. 

En este gran fiestón, el AMG y sus alcahuetes asiduos, le subían al volumen de las mega bocinas y bailaban sobre la mesa de La Minerva y otros bienes del hogar, mientras que debajo de ellos, los túneles seguían preparándose —como cada temporada de lluvias— para volver a inundarse. Y las destripadas tuberías seguían sangrando el agua que tanto se necesita en todas las áreas de casa y no solo en donde se lleva a cabo la celebración. Como si no hubiera un mañana, el AMG se metió en una realidad alterna, olvidando que, mientras la fiesta se ponía buenísima, ella aún tenía una agenda urgente por cumplir. Largó la chamba, la escuela y toda obligación.

El Área Metropolitana de Guadalajara hoy está crudísima…ahhhhh, ¿pero anoche? Hoy tiene mucha sed, pero con la resaca vagamente se acuerda de que amaneció en una casa saqueada en la que no hay agua ni para jalarle al baño, mucho menos para beber.

Desafortunadamente para nuestra adolescente AMG, no hay fiesta que dure para siempre y los cuates con los que se junta, para variar la desfalcaron. Los de casa ubicamos bien a estas malas compañías, porque son los que siempre la alientan a organizar el mitote, acaparan la foto en primer plano, se instalan en el mejor lugar de la fiesta y se acaban el alcohol, y luego la dejan con las cuentas pendientes y con los vestigios de basura de lo que fue la fiesta inolvidable. Se les dejará de ver por un tiempo porque, cual beso de Judas, cuando llega la hora de los platos rotos, salen de la casa del AMG de puntillas y la dejan sola con la bronca.

Nadie —que no le conozca como nosotros— que observe sus historias de Insta, sus lives o sus Tik-toks, sospecharía que, el AMG y sus cuates le subían al volumen y cantaban a todo pulmón, aún no había resuelto sus fugas, saneado sus ríos, modernizado sus redes hidráulicas y garantizado el abastecimiento para las próximas décadas. Al parecer, usó los gritos y la música para que dejáramos de escuchar el goteo de los problemas. Lamentablemente, el agua — y otras tantas necesidades— no entiende de mundiales ni de festivales. No distingue entre una noche histórica y un lunes cualquiera: simplemente sigue faltando donde falta, sigue desperdiciándose donde se fuga y sigue contaminándose donde nunca se supervisa.

Hoy, el AMG, cruda, desgreñada y mugrosa —pero orgullosísima de sus hazañas— presume las fotografías del festejo, pero jamás enseña el estado en que quedó su casa. Se gastó fortunas en “ser una ciudad feliz” porque, en su cabecita, se lo merece —como si verdaderamente hubiera ya terminado todas sus tareas—. Todas sus conversaciones y las de sus amigotes, por días y días girarán alrededor del espectáculo, de los visitantes, de la comida, del alcohol… de una ciudad vibrando hasta la madrugada. Y no malinterpretemos, toda urbe, aunque sea medio inmadura, necesita fiesta, deporte y cultura. Necesita arte y convivencia. Necesita poder usar libremente su casa: apropiarse del espacio público. Las grandes capitales del mundo invierten enormes cantidades de recursos para atraer turismo y generar experiencias. El problema nunca ha sido la fiesta, el problema aparece cuando la fiesta sustituye las tareas básicas y se convierte en una cortina de humo tan eficaz que dejamos de mirar aquello que sigue descomponiéndose detrás del escenario.

Como toda buena fiesta adolescente, aun no se sabe quién se va a encargar de gestionar los vestigios: —sí, de gestionar, no solo de levantar— las 90 toneladas de basura que se recolectaron sólo en uno de los muchos días de parranda de esta desenfrenada ciudad… El dato podría parecer motivo de orgullo por el éxito de la fiesta, pero, el AMG ya no cuenta con más alfombras donde ocultar la basura, ya que, por sus características geológicas, ambientales, sociales y normativas, ya no hay terrenos que resulten aptos para convertirse en nuevos rellenos sanitarios. Pero para un AMG adolescente, el problema siempre será del «yo del futuro».

Lo paradójico de una AMG aparentemente inmadura para enfrentar la cotidianidad, es que demuestra una enorme capacidad de organización cuando así se lo proponen ella y sus amigotes alcahuetes. En breve puede shinear su casa: modificar la movilidad de toda la ciudad, coordinar miles de servidores públicos, desplegar operativos de seguridad, instalar infraestructura temporal, limpiar avenidas y recibir cantidades enormes de visitantes: Es decir, capacidad institucional existe. Entonces resulta inevitable preguntarse ¿por qué esa misma determinación del AMG y sus cuates nunca aparece con la misma fuerza para sustituir redes hidráulicas obsoletas, reducir fugas, ampliar la captación de agua pluvial, recuperar nuestros ríos urbanos, construir infraestructura resiliente o lo que realmente sirva tanto para la fiesta como para el lunes por la mañana o el jueves por la tarde? Sencilla la respuesta: porque la Planeación Urbana y la Infraestructura son las fellillas de la palomilla y no reciben tantos likes en Insta. Sin embargo, son ellas las que mejor manejan la cruda después de la fiesta y las que sostienen la vida cotidiana de una metrópoli. Son las que tienen capacidad para levantarse al día siguiente y seguir funcionando.

Nadie está proponiendo castigar al AMG por organizar tremenda parranda o cancelar su espíritu festivo. Las ciudades también necesitan celebrar. Lo preocupante es que no le eduquemos y que termine creyendo que una buena fiesta equivale a una buena política pública. No. Una cosa no sustituye a la otra. El verdadero reto consiste en disfrutar el sábado sin hipotecar el lunes. En pagar primero los recibos, los estudios y después, si alcanza, pedir las «burbujas». Porque el AMG se parece cada vez más a quien presume la mesa VIP mientras debe tres meses de renta —y ni siquiera da la cara al casero—, no ha pagado el agua, tiene la cocina hecha un desastre y lleva dos días sin lavarse los dientes ni bañarse con decencia. Muy divertido el sábado. Muy preocupante el lunes.

 

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