BIODIVER-CIUDAD
Por Magdiel Gómez Muñiz
Profesor Investigador de la Benemérita Universidad de Guadalajara
@magdielgmg
“A los dos los sorprendió el amor en la vejez, cuando ya no esperaban nada
de la vida y descubrieron que el sexo a esa edad era más sabio y más sereno”,
Gabriel García Márquez
He de confesar que durante más de una década he tenido la oportunidad de trabajar alrededor del concepto que, aunque parece sencillo, tiene una enorme profundidad política y social: el derecho a la ciudad para las poblaciones vulnerables, particularmente de las personas mayores. Este recorrido me ha llevado a transitar por territorios que van desde la participación ciudadana hasta la inclusión social, con matices de gobernanza metropolitana y la construcción de agendas gubernamentales (como buen politólogo).
En gran medida, estas reflexiones convergen en un punto del Objetivo de Desarrollo Sostenible número 11 que trata sobre construir ciudades y comunidades inclusivas-resilientes. Quizá coincidan conmigo sobre un punto que rara vez aparece en las agendas públicas, en los planes urbanos o en las conversaciones sobre el envejecimiento: el lugar que ocupa el erotismo en la vida de las personas mayores.
Quizá pueda provocar una sonrisa, incomodidad o incluso sorpresa. Precisamente por eso vale la pena abordar el punto. Propongo llamarlo Erotismo Plata que vendrá en tres entregas para que no se pierdan ni ésta ni las próximas.
No como etiqueta generacional, sino como una invitación a reconocer una realidad que hemos decidido ignorar y es que las personas envejecen, pero no necesariamente dejan de desear, de sentirse atractivas, de enamorarse, de buscar intimidad, de experimentar la sensualidad o de querer ser miradas y reconocidas como seres humanos deseantes.
Y no lo podemos negar, hemos construido una paradoja. Por una parte, hablamos cada vez más de envejecimiento activo, autonomía, ciudades amigables, derechos humanos, bienestar social y calidad de vida. Por otra, seguimos imaginando a la persona mayor como alguien cuya dimensión erótica desapareció. Quedar sin ganas aparecidas las canas.
Como si cumplir años significara abandonar el deseo. Como si el cuerpo envejecido dejara de tener derecho a la intimidad. Por tanto, la discusión toma sentido y que parece impostergable: la economía corporal. El cuerpo ocupa espacio, pero también construye identidad. Ese cuerpo que es nuestra primera casa y, al mismo tiempo, nuestro primer territorio sociopolítico. Pero ¿qué sucede cuando ese territorio envejece? Creo que se debe elevar la mira y dejar de pensar al cuerpo mayor desde la enfermedad. El reponer la plana exige entender la dependencia, la discapacidad o los cuidados especializados. Sé que son asuntos indispensables, por supuesto, pero si solamente observamos a las personas mayores desde sus necesidades asistenciales, corremos el riesgo de convertirlas en sujetos de cuidado y olvidar que siguen siendo sujetos de deseo.
Ojo hasta aquí. No se trata de reducir la vejez a la sexualidad. Mucho menos de imponer una determinada manera de vivir el deseo. Hay que reconocer que la sensualidad adquiere nuevas formas con el paso del tiempo. A veces puede encontrarse en una mirada. En el deseo de arreglarse para salir. En un vestido elegido cuidadosamente. En bailar. En descubrir nuevamente la propia imagen frente al espejo. En una conversación que se prolonga más de lo necesario. En la emoción de recibir un mensaje de alguien que nos gusta. En la posibilidad de enamorarse después de los sesenta o en la posibilidad de comenzar de nuevo después de una separación o viudez. Y también en algo todavía más profundo: volverse a sentir dueño del propio cuerpo…



