NOTA DEL EDITOR
Por Alfonso Gómez Godínez
En nuestro círculo de familiares, amigos y conocidos todos tenemos detractores del futbol, quizás los menos, pero existen y que bueno que los escuchemos y dialoguemos con ellos. Así, algunos opinan que el futbol es puro pan y circo para las masas; que es algo banal y enajenante que nos distrae de los problemas existenciales y de fondo, que es un distractor del sistema manipulado por las élites, también que es algo insulso y sin sentido donde corren once contra once detrás de una pelota gritan cuando la colocan al interior de la llamada portería, otros, hasta parafraseando al clásico, llegan a afirmar que es una especie de “opio de los pueblos”. Respeto sus opiniones, hasta debo confesar que en más de una ocasión me han convencido sus argumentos, pero finalmente vuelvo a toparme con la misma piedra.
Dos personajes literarios me han impulsado por conocer los significados que han convertido al futbol en un fenómeno social que aglutina, polemiza y captura sentimos y emociones de millones de personas en el mundo. Me refiero a Juan Villoro y a Eduardo Galeano. Ambos escritores abordan y tratan de explicar la pasión multitudinaria que provoca es futbol a partir de definirla como una religión que trata de satisfacer las necesidades, frustraciones, ansías y melancolías de las personas.
Ellos y otros más como los uruguayos, apasionados como los argentinos y brasileños, Néstor Da Costa y Miguel Pastorino penetran en un mundo que traza paralelismos entre el futbol y la religión. El futbol donde el individuo busca salir de la soledad y encontrar trascendencia en su vida. Por medio del futbol va encontrando a una comunidad con la que se identifica y se une, participa y se adhiere a sus propósitos. Su club, sus colores, su historia, sus jugadores, sus canticos y ritos se convierten en la parte esencial de su vida. Dicen que los estadios se convierten en los nuevos templos, ir al estadio en grupo, con banderas, camisetas y coros, adquieren un parecido a las peregrinaciones. Caminar exaltados hacia el estadio, nos emula a los guerreros del pasado que van frenéticos a la batalla y al sacrificio contra el adversario. Pastorino afirma que hoy en día la religión laica del futbol con el rito de la celebración y los abrazos que provoca un gol, supera el llamado de los sacerdotes católicos de darnos la mano en señal de paz.
Pero el futbol no solo se entrelaza con la religión, el futbol por su fuerte carácter social también es un fenómeno de la política, de la lucha por el poder, de la reivindicación y de la identidad del grupo o de la clase social.
Eduardo Galeano es un hincha del Peñarol de Uruguay y eso se vincula con sus preferencias e identidades políticas. Peñarol tiene raíces con los trabajadores ferroviarios del Uruguay de principios del siglo pasado, se vinculo al llamado Partido Colorado, acérrimo rival de Nacional, el equipo de la clase media y alta, identificado con el Partido Blanco. Los dos grandes partidos que fueron tradicionales en ese país.
La gran pasión de los argentinos tiene en parte su explicación porque los clubes tienen sus raíces en sus barrios y la gente defiende a su equipo porque es su origen, identidad y raíces. El barrio de Boca, el de Avellaneda, La Paternal, Liniers, Villa General Mitre, por mencionar algunos. El futbol le da sentido de vida a miles de niños y jóvenes uruguayos, argentinos y brasileños que buscan salir de la pobreza endémica de su barrio, villa se convierte en los barrios pobres de Uruguay, las villas de argentina y las favelas brasileñas. Luis Suárez, Maradona, Pelé, Ronaldinho y muchísimos más son biografías reveladoras de esas apremiantes y miserables cunas.
El futbol y la política van de la mano. El padre del moderno estado brasileño, Getúlio Vargas, convirtió al futbol, a la selección brasileña, como espacio vital de identidad de ese inmenso y multiétnico país. Otro presidente brasileño, Emilio Garrastazu, necesitado de legitimidad metió las manos en la selección de Brasil de 1970, puso al entrenador Lobo Zagallo y obligó a la convocatoria de Pelé. En 1976, para la dictadura argentina era imprescindible ganar la Copa del Mundo. La goliza propinada a Perú ha generado infinidad de versiones y algunos jugadores holandeses años después hablaron del miedo que sentían ante la posibilidad de ganar la final contra los argentinos. Previo al Mundial de 1970 en México, El Salvador y Honduras se declararon la guerra después del juego eliminatorio.
Para fines políticos el futbol une alrededor de la bandera y del nacionalismo por encima de las diferencias y problemas locales. Se busca legitimidad y aires de modernidad y progreso. Sin embargo, después de los 90 minutos volvemos a la realidad, los problemas no desaparecen, peor sí perdemos el juego. El reciente Mundial, su mercantilismo y su acentuado elitismo puede marcar un punto de ruptura en su narrativa social y política.



