Opinión Política
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90 minutos de distracción

BIODIVER-CIUDAD

Por Magdiel Gómez Muñiz

@magdielgmg

Debo señalar que el futbol no me gusta. Quizá por eso la reflexión pudiese tener algún sesgo, pero (al menos, suscribo lo que a continuación detallo). El Mundial en las calles dista mucho de ser una fiesta colectiva. No alcanzo a distinguir en qué momento se nos hizo creer que la Copa del Mundo consagraría a Guadalajara como escaparate global, se prometía un tsunami de millones de turistas y una derrama económica sin precedentes que salpicaría el bolsillo del ciudadano de a pie. Hoy con el torneo en marcha, la realidad exhibe postales sumamente distintas. Los hoteleros apenas alcanzan un raquítico cincuenta por ciento. La mayoría de los visitantes internacionales simplemente nunca llegó y las expectativas infladas por los feligreses de la demagogia se estrellan frente a un muro de la desilusión.

Para el ojo agudo, este fenómeno no es un simple error de cálculo publicitario, sino el sino el síntoma de una fisura profunda entre lo que exige la FIFA y las heridas estructurales que arrastra el Estado. No se puede maquillar una casa en ruinas pintando solo la fachada que da a la cancha. Mientras los palcos VIP celebran los goles, las embajadas y los gobiernos internacionales emiten alertas recomendando no viajar a la región debido a una inseguridad que lejos está de alcanzar su zenit. El contraste es brutal, “no se puede tapar el sol con un dedo”, porque hablamos de un territorio donde los asaltos diarios, robos, violencia extrema han dejado de ser cifras rojas en los periódicos para convertirse en la norma de convivencia.

El turista internacional, riguroso con su propia integridad, prefiere consumir el juego desde la comodidad de una pantalla antes que arriesgarse en un territorio que se considera hostil.

El resultado es un sector comercial y turístico que se preparó para un banquete y se quedó con las mesas puestas, junto con ella una gran cantidad de deudas adquiridas por remodelaciones que nadie pisará. Más allá de la justa deportiva y de la pasión legítima que el futbol despierta, este Mundial desnudó la fragilidad de las instituciones. El gobierno del balón no tapa grietas sociales, nunca.

Al final del día, los reflectores del estadio se apagarán, las delegaciones empacarán maletas y lo poco que se ganó de infraestructura dormirá el sueño de los justos. Al final, con o sin mundial lo que queda a los mexicanos (en particular a los jaliscienses) no será el orgullo de haber sido el epicentro de la justa deportiva, sino las calles inseguras, los negocios asfixiados por economía informal y la certeza de que los grandes eventos solo sirven para enriquecer unos cuantos mientras la comunidad absorbe el costo.

La lección implícita en esta tibia recepción turística es un llamado de atención urgente. Ningún evento masivo puede sostenerse desde la ocurrencia e improvisación ni mucho menos cuando no existe la base mínima de paz social, certidumbre económica junto con seguridad pública que lo respalde. Jalisco no necesita noventa minutos de distracción, necesita recuperar la tranquilidad de su gente.

Pd. Del Fan Fest y el derecho a la ciudad luego hablamos.

 

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