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México entre dos gigantes, EU y China

Por Carlos E. Martínez Villaseñor

Abogado

México llegó a 2026 en una posición que hace apenas una década habría parecido extraordinaria: es pieza indispensable de la manufactura norteamericana, principal proveedor de Estados Unidos y, al mismo tiempo, un comprador cada vez más importante de maquinaria, componentes, vehículos, electrónicos e insumos provenientes de China. El problema es que Washington y Beijing dejaron de competir exclusivamente entre ellos. Ahora también compiten por definir qué países pueden formar parte de sus cadenas estratégicas. Y México está exactamente en medio.

Las cifras explican la dimensión. Durante 2025, Estados Unidos compró bienes mexicanos por 534 mil 315 millones de dólares y vendió a México 337 mil 282 millones. El comercio bilateral superó los 871 mil millones y dejó para Washington un déficit de 197 mil millones. Sólo entre enero y junio de 2026, Estados Unidos ya había importado de México 298 mil 157 millones de dólares. México dejó de ser simplemente un socio comercial: es parte física de la fábrica estadounidense.

Pero la otra mitad de la historia está en Asia. En 2025 México importó de China 120 mil 149 millones de dólares y apenas le exportó 9 mil 34 millones. El déficit bilateral alcanzó 111 mil 114 millones. China aportó 19.8% de todas las importaciones mexicanas, frente a sólo 1.5% de nuestras exportaciones. Durante 2026 la estructura permanece: los últimos datos disponibles colocan a China alrededor de 17% de las importaciones mexicanas.

Ahí está nuestra contradicción estratégica: México vende mirando al norte, pero buena parte de lo que utiliza para producir llega desde el Pacífico.

Washington lo sabe. Por eso la revisión del T-MEC dejó de ser una evaluación técnica del tratado. Estados Unidos y México ya realizaron tres rondas bilaterales durante mayo, junio y julio. Automóviles, acero y aluminio, agricultura, trabajo y seguridad económica aparecen reiteradamente sobre la mesa. Pero existe una expresión utilizada por Washington que explica mucho más: evitar que países ajenos al acuerdo se beneficien gratuitamente de él. En lenguaje diplomático son los “terceros países”. Geopolíticamente, el principal nombre detrás de esa preocupación es China.

El sector automotriz muestra hasta dónde puede llegar la presión. El T-MEC exige actualmente 75% de contenido regional para que un vehículo obtenga trato preferencial. La administración de Donald Trump ha planteado elevar ese porcentaje hasta 82% y exigir que al menos 50% del contenido sea específicamente estadounidense.

Sería una modificación profunda: pasar de una regla diseñada para integrar Norteamérica a otra orientada a concentrar producción dentro de Estados Unidos.

Mientras Washington plantea cerrar espacios a China, China está ganando terreno dentro de México.

Entre enero y julio de 2026 se vendieron en el país 201 mil 460 vehículos fabricados en China entre las marcas que reportan información, equivalentes al 22.8% del mercado mexicano. Si se incorporan las firmas que no entregan cifras al INEGI, la estimación de la Asociación Mexicana de Distribuidores de Automotores eleva esa participación hasta 28%. En otras palabras, prácticamente tres de cada diez automóviles nuevos vendidos en México podrían ser ya de manufactura china. Las marcas propiamente chinas representarían hasta 17% del mercado.

El crecimiento es notable incluso después de las medidas arancelarias adoptadas por México. Reuters reportó que las ventas de marcas chinas aumentaron cerca de 30% durante el primer semestre de 2026, pasando de 107 mil 712 a 137 mil 525 vehículos. Su participación pasó de menos de 1% en 2020 a aproximadamente 17% este año. Pero los automóviles son solamente la parte visible. La dependencia tecnológica resulta mucho más profunda.

En 2024 México importó 25 mil 778 millones de dólares en circuitos electrónicos integrados. Los cinco mayores proveedores fueron Malasia, con 6 mil 31 millones; Taiwán, 5 mil 124 millones; China, 3 mil 224 millones; Vietnam, 2 mil 413 millones, y Corea del Sur, 2 mil 401 millones. Cuatro de los cinco principales proveedores se encuentran dentro de las cadenas tecnológicas asiáticas que hoy están en el centro de la competencia entre Washington y Beijing. Y aquí aparece una consecuencia especialmente importante para México: esa exposición tiene domicilio.

Chihuahua importó 13 mil 301 millones de dólares en circuitos integrados durante 2024; Jalisco, 5 mil 889 millones; Nuevo León, mil 817 millones; Baja California, mil 653 millones, y Tamaulipas, mil 523 millones. Es decir, precisamente algunos de los principales polos manufactureros y tecnológicos del país dependen de componentes provenientes de cadenas globales dominadas por Asia.

Jalisco merece especial atención.

Su industria electrónica, tecnológica y de semiconductores lo convierte simultáneamente en uno de los estados mejor posicionados para beneficiarse del nearshoring y en uno de los más sensibles ante cualquier ruptura acelerada de proveedores asiáticos. En 2024 fue el segundo estado del país con mayores importaciones de circuitos integrados. Para Jalisco, la rivalidad entre Estados Unidos y China no es una abstracción diplomática: puede afectar costos, inversión, producción y empleo.

Por eso sustituir a China no ocurre mediante un decreto. Para reemplazar miles de millones de dólares en componentes asiáticos se necesitan fábricas, proveedores, electricidad, agua industrial, infraestructura, financiamiento, conocimiento técnico y años de inversión.

Estados Unidos tampoco parece dispuesto a permitir que el nearshoring convierta a México simplemente en una estación final para mercancías o componentes asiáticos antes de ingresar a su mercado. La Oficina del Representante Comercial estadounidense ha colocado expresamente entre sus objetivos reducir el déficit con México, reforzar sus cadenas productivas y cerrar mecanismos que permitan ese aprovechamiento por países que no pertenecen al acuerdo.

Incluso las propias automotrices estadounidenses están preocupadas. Las propuestas más estrictas de Washington podrían generar aproximadamente 2 mil millones de dólares adicionales al año en costos para el sector, según estimaciones de fabricantes. Es una paradoja: las medidas diseñadas para proteger industria estadounidense también pueden encarecer cadenas productivas estadounidenses que durante décadas fueron construidas alrededor de México y Canadá.

 

México enfrenta una oportunidad extraordinaria y un riesgo igualmente grande.

Si logra sustituir progresivamente importaciones estratégicas con producción nacional o regional, puede convertirse no sólo en plataforma de ensamble sino en proveedor estructural de Estados Unidos. Semiconductores, electrónica, baterías, equipo médico, autopartes, acero, minerales críticos y centros de datos pueden generar una nueva etapa industrial.

Pero si México simplemente importa componentes asiáticos, agrega poco valor y después los envía al norte, Washington endurecerá las reglas. Y si el país intenta cerrar demasiado rápido la puerta asiática sin desarrollar proveedores propios, encarecerá su producción y perderá competitividad.

México no necesita escoger entre comerciar con Estados Unidos o comerciar con China. Esa sería una simplificación. Ya existe, sin embargo, una elección estructural hecha desde hace décadas: nuestra plataforma económica es Norteamérica. Nuestra frontera, cadenas de suministro, inversión y principal mercado están ahí.

El desafío consiste en mantener relaciones económicas con China sin convertir la dependencia asiática en una vulnerabilidad frente a Washington. Eso es lo que realmente se está negociando en 2026.

No sólo porcentajes de acero, automóviles o autopartes. Se está negociando qué tan integrada estará Norteamérica frente a China, cuánto contenido asiático podrá circular dentro de sus cadenas y qué papel desempeñará México en el nuevo mapa industrial. Durante treinta años nuestra mayor ventaja fue la geografía. Hoy la geografía ya no basta.

México necesita transformar esa cercanía en tecnología, proveedores nacionales, infraestructura, energía y conocimiento propio. Entre Estados Unidos y China podemos mantener relaciones con ambos; lo que difícilmente podremos seguir haciendo es actuar como si la rivalidad entre ellos no existiera.

 

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