Opinión Política
OPINIÓN

Los soldados caídos del AMG

Por Dra. Abril de María Ledesma Zermeño

Arquitecta y Abogada

Cada temporal deja bajas en el Área Metropolitana de Guadalajara. Vemos los cuerpos tendidos sobre las avenidas, atravesados en las banquetas, encima de algún automóvil o convertidos en obstáculos que rápidamente deben retirar los servicios municipales. Muchos soldados caídos para los que casi siempre el parte de guerra parece decir lo mismo: “afectaciones por árbol que cayó por la lluvia, o por el viento, o por viejo y enfermo… dañó x o y”. Siempre un parte genérico como cuando se habla de un delincuente y se sustituye el nombre completo por “n”. Jamás nos comparten su nombre, su especie ni su edad aproximada. Tampoco nos dicen quiénes serán sus deudos -nidos, pájaros, insectos, la propia tierra, alguien que extrañará su sombra-. Pareciera que después de veinte, treinta, cincuenta años o más de sobrevivir la batalla en pie, el árbol hubiera decidido convertirse súbitamente en un peligro para la ciudad. No, los árboles no se caen solos, e históricamente han permanecido en pie ante temporales y más.

Una fuerte tormenta puede ser el detonante de la caída, pero no necesariamente su causa. Para entender por qué tantos ejemplares sucumben durante el temporal hay que dejar de mirar solamente hacia la copa -y los cables que seguramente la atraviesan- y comenzar a mirar hacia donde verdaderamente libran la batalla: debajo del nivel de calle.

Un árbol necesita suelo, agua, sol, aire y espacio suficiente para desarrollar un sistema radicular sano -las raíces- capaz no sólo de alimentarlo, sino de sostenerlo. Sin embargo, nuestras ciudades suelen equipar a sus guerreros con exactamente lo contrario: queremos árboles grandes, resistentes y estoicos, en barracas mal diseñadas, con cajetes minúsculos, prácticamente simulados.

Queremos una gran sombra y, a cambio, les concedemos un pequeño agujero entre el concreto. En ocasiones, hasta creemos honrarlos “integrándolos” al interior de un proyecto arquitectónico, confinándolos a una guardia miserable entre blancas paredes.

Les construimos banquetas alrededor de sus troncos, compactamos el suelo del que se anclan y alimentan, impermeabilizamos las superficies que deberían darles de beber, y excavamos entre sus raíces para introducir instalaciones. Ni qué decir de las acciones brutales de tortura que les inferimos cuando sus raíces “interfieren” con tuberías, pavimentos o cimentaciones como si fueran mal comportamiento de los colosos que, silenciosamente, transforman la mugre en vida. A pesar de su titánica labor, cuando su raíz levanta la banqueta nos importa más la banqueta; cuando encuentra una tubería, desesperado por beber, protegemos la tubería; cuando interfiere con una obra, protegemos la obra. El árbol casi siempre es el que tiene que adaptarse a pesar de haber habitado el espacio antes.

Estos seres vivos son tan resilientes, que pueden conservar el follaje aún después de haber sido mutilados y perdido parte importante de sus raíces estructurales. Puede seguir produciendo hojas, dando sombra y aparentando normalidad mientras debajo del suelo su capacidad de sostenerse se ha reducido. Hasta que le llega el temporal y es hasta entonces que el viento hace visible, en unos cuantos segundos, un deterioro que se gestó durante años de lucha contra la infraestructura urbana excluyente, mezquina e ingrata con la labor de estos seres maravillosos.

Algo semejante sucede con las podas. Podar correctamente puede mejorar la estructura de un árbol y reducir determinados riesgos. Pero los muy poco capacitados empleados municipales -y otros tantos entusiastas de la sierra y del machete- siguen sin entender que mutilarlo a gusto no es mantenerlo. Los desmoches y las intervenciones severas o técnicamente incorrectas generan heridas, alteran la distribución natural de las cargas y pueden favorecer la aparición de ramas débilmente adheridas. Y después, volvemos a sorprendernos cuando esas ramas caen.

En 2024, Zapopan reportó 1,324 árboles caídos durante el temporal. Guadalajara también ha registrado cientos de emergencias relacionadas con árboles y ramas durante las temporadas de lluvia. Por supuesto que existen árboles de especies inconvenientes, enfermos, muertos, inclinados o estructuralmente comprometidos que representan un riesgo real y deben intervenirse o, cuando técnicamente corresponda, retirados.

Negarlo es a la par irresponsable como asumir lo contrario: que todo árbol grande, viejo o inclinado constituye por sí mismo una amenaza.

Necesitamos diagnosticar árboles, no sentenciarlos por apariencia o ubicación -Dios nos libre que tapen una fachada de algún rockstar del diseño-. Y necesitamos comprender que retirar ejemplares peligrosos es apenas la última línea de defensa. La verdadera prevención comienza décadas antes de que Protección Civil reciba una llamada; comienza cuando decidimos qué especie plantar, dónde y cómo hacerlo. Cuando determinamos cuánto espacio tendrá para desarrollar sus raíces; cuando diseñamos una banqueta; cuando autorizamos una excavación; cuando introducimos infraestructura sin un análisis contextual que priorice la preservación de estos fundamentales elementos urbanos. Cuando alguien decide cortar una raíz o una rama -y mucho peor cuando lo hace por no barrer o por no tener pájaros que ensucien su auto-. Cada una de esas decisiones puede fortalecerlo o condenarlo lentamente.

El propio marco normativo metropolitano reconoce la necesidad de proteger el arbolado y regular las intervenciones sobre él. El problema es que seguimos tratando con demasiada frecuencia a los árboles como elementos ornamentales y no como lo que realmente son: infraestructura viva. Y a todos debería de importarnos el tema porque un árbol adulto regula la temperatura al proporcionar sombra; intercepta lluvia; captura contaminantes al almacenar carbono, favorece la biodiversidad y contribuye a hacer habitable y bello el espacio público. Y, en un mundo que amenaza con incrementar la temperatura casi dos grados con efecto inmediato, la sombra que nos dan estos guerreros urbanos que tan fácil dejamos morir y cambiamos por espectaculares o por fachadas hórridas, la preservación y permanencia de cada ejemplar debería de ser un tema prioritario para el diseño urbano.

Estos soldados hacen un trabajo silencioso todos los días. Sin sueldo. Sin vacaciones y se prolonga durante décadas y hasta centurias. Quizá por eso la imagen de los árboles derribados después de una tormenta debería provocarnos algo más que preocupación por liberar rápidamente la vialidad. Debería obligarnos a revisar la forma en que estamos construyendo la ciudad.

Una AMG que necesita, con urgencia, reclutar más árboles maduros pero que no reserva espacio para sus raíces, está construyendo una contradicción. Una ciudad que impermeabiliza el suelo simula áreas verdes -cuando son solo charolas de tierra- y después exige que sus árboles sobrevivan, está debilitando aquello que pretende conservar. Y una ciudad que corta raíces para proteger infraestructura y años después culpa al árbol cuando cae, está confundiendo la consecuencia con la causa. Este temporal volveremos a verlos caer y morir; sin embargo, aquí, en el AMG, lamentablemente hemos perdido la capacidad de asombro y con ella la de horrorizarnos ante estas masacres totalmente previsibles.

Habrá fotografías de troncos atravesados sobre las calles. Cuadrillas trabajando con motosierras. Automóviles dañados. Congestionamientos. Y nuevamente alguien dirá que el árbol no soportó la tormenta, que debieron quitarlo antes; que faltó mutilarlo más. Antes de repetirlo, convendría observar un poco mejor: mirar el tamaño del cajete, mirar la sección de la banqueta, mirar las raíces cortadas, mirar las cicatrices de las podas, mirar todo lo que construimos alrededor que simplemente les respira en la nuca como si no existieran. Así quizá descubramos que aquellos árboles que llamamos peligrosos pasaron décadas resistiendo condiciones que nosotros mismos les impusimos y que, para variar, trabajan para el enemigo. La lluvia simplemente derriba a quienes llevaban años peleando una batalla silenciosa contra la ciudad. Son los soldados caídos del AMG que soportaron más de lo que quisimos ver y harán más falta de lo que querremos reconocer.

 

Post relacionados

ADIÓS 2024, BIENVENIDO 2025

Opinión Política

Blitzkrieg legislativo

Opinión Política

GDL 2025

Opinión Política

Dejar un comentario