Por Carlos E. Martínez Villaseñor
Abogado
Durante décadas, México creyó que su futuro dependía de encontrar un nuevo motor económico. Primero fue el petróleo, después llegaron las reformas estructurales, más tarde el litio, hoy hablamos de inteligencia artificial, semiconductores y nearshoring. Sin embargo, mientras el debate nacional cambia de protagonista cada pocos años, existe un activo que ha permanecido frente a nosotros y que pocas veces ocupa el centro de la discusión: nuestra población.
La mayor riqueza de un país nunca ha sido el recurso que extrae de la tierra. Siempre ha sido la capacidad de su gente para producir conocimiento, innovación y valor. Esa es la verdadera competencia del siglo XXI.
Durante buena parte de las últimas décadas, México disfrutó de una ventaja extraordinaria conocida como bono demográfico, una etapa en la que la población en edad de trabajar creció mucho más rápido que la población dependiente. Esa condición permitió ampliar el mercado interno, incrementar la fuerza laboral y sostener el crecimiento económico. Pero el bono demográfico nunca fue un premio permanente, siempre fue una oportunidad con fecha de vencimiento.
La diferencia entre los países que hoy lideran la economía mundial y aquellos que permanecen atrapados en el ingreso medio no fue haber tenido más jóvenes. Fue haber aprovechado esa etapa para elevar la productividad.
Corea del Sur convirtió una economía agrícola en una potencia tecnológica. Japón llegó al envejecimiento después de consolidar una de las industrias manufactureras más eficientes del planeta. Alemania fortaleció durante décadas su formación técnica, su innovación y su capacidad exportadora. Singapur, sin recursos naturales relevantes, transformó el conocimiento en su principal riqueza.
Todos entendieron la misma lección: el bono demográfico no genera prosperidad por sí solo. La productividad sí; ahí es donde México enfrenta su mayor desafío.
Durante años se repitió que nuestro problema era la falta de empleos, hoy el panorama es distinto. La tasa de desempleo permanece entre las más bajas de la OCDE, alrededor de 2.8%, mientras la participación laboral ronda el 65% de la población en edad de trabajar. Sin embargo, detrás de esos números aparece una realidad mucho más compleja: más de la mitad de los trabajadores continúa desempeñándose en la informalidad, con baja protección social, menor acceso a capacitación y limitada generación de valor.
Ése es el verdadero cuello de botella, no basta con tener personas trabajando, lo importante es cuánto producen, cuánto innovan y cuánto valor agregan. La advertencia más importante de la OCDE este año no fue sobre desempleo ni inflación. Fue otra mucho más profunda: si México mantiene las tendencias actuales de productividad, el crecimiento del PIB por habitante podría desplomarse de un promedio anual de 0.67% observado entre 2006 y 2019 a apenas 0.05% anual entre 2024 y 2060. No porque el país vaya a quedarse sin trabajadores de un día para otro, sino porque cada trabajador seguirá generando muy poco valor adicional.
Paradójicamente, la misma OCDE señala que México todavía conserva una ventaja demográfica que gran parte del mundo desarrollado ya perdió. Incluso hacia 2060, la relación entre población mayor y población en edad de trabajar seguirá siendo considerablemente más favorable que la del promedio de los países miembros. En otras palabras, todavía contamos con tiempo; pero ya no sobra.
Mientras Europa enfrenta escasez de mano de obra, Japón acelera la automatización y Corea del Sur intenta compensar una de las tasas de natalidad más bajas del mundo, México aún dispone de una población relativamente joven. Esa condición debería convertirnos en uno de los destinos más atractivos para la inversión global. Sin embargo, la ventaja demográfica por sí sola no garantiza el desarrollo.
El nearshoring representa una oportunidad histórica para integrarnos con mayor profundidad a las cadenas de suministro de América del Norte. La expansión de industrias relacionadas con semiconductores, centros de datos, electromovilidad, inteligencia artificial y manufactura avanzada abre posibilidades que hace apenas una década parecían inalcanzables.
Pero ninguna empresa decide instalarse únicamente porque existe mano de obra disponible. Busca talento; Infraestructura; Electricidad confiable; Estado de derecho; Educación técnica; Seguridad jurídica; Innovación; Y la capacidad para producir más con menos.
La competencia internacional ya no se gana pagando salarios bajos. Se gana formando ingenieros, científicos, técnicos especializados y trabajadores capaces de operar las tecnologías más complejas del mundo. Ésa es la conversación que México necesita. Porque el verdadero riesgo no es el envejecimiento. Es llegar al envejecimiento sin haber elevado la productividad.
Hay señales alentadoras. La productividad laboral ha mostrado una mejor evolución desde la pandemia que en muchos países de la OCDE, los salarios reales han registrado avances y el país mantiene condiciones favorables para atraer inversión manufacturera. Pero esos avances todavía conviven con rezagos estructurales: informalidad persistente, baja participación laboral femenina respecto al promedio de la OCDE, insuficiente inversión en innovación y profundas brechas educativas.
La historia demuestra que las oportunidades económicas rara vez permanecen abiertas durante mucho tiempo. Las generaciones cambian, las cadenas globales de producción se reconfiguran, las tecnologías evolucionan, los capitales buscan nuevos destinos, y las ventajas comparativas desaparecen cuando no se aprovechan.
Dentro de treinta años, probablemente nadie recuerde quién ocupaba los principales cargos políticos durante esta década.
Lo que sí recordará el país será si tuvo la visión suficiente para convertir su última gran ventaja demográfica en productividad, innovación y prosperidad. Porque los recursos naturales pueden descubrirse nuevamente; las inversiones pueden regresar; las tecnologías pueden actualizarse. Pero una generación capaz de transformar el destino económico de un país sólo aparece una vez. Y México todavía está a tiempo de demostrar que entendió esa diferencia.




