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La persona antes que la bandera

Por Ismael Zamora Tovar

La política mexicana suele hablar en nombres colectivos: el pueblo, la nación, la transformación, la oposición. Esas palabras pueden expresar aspiraciones legítimas. También pueden esconder a quienes deberían darles sentido: personas con una enfermedad pendiente, una renta impagable, un negocio amenazado o un hijo desaparecido. Cuando el colectivo ocupa todo el escenario, la vida concreta queda relegada. Conviene recuperar una pregunta elemental: ¿para quién se gobierna?

El centro debe ser la persona. Su dignidad antecede a la utilidad electoral, la pertenencia partidista y la contribución económica. Este principio exige un Estado capaz de sostener libertades y obligaciones recíprocas. Nadie aprende a hablar, recibe cuidados o encuentra justicia por sus propios medios. Necesitamos instituciones y vínculos. Pero su permanencia debe justificarse por los bienes humanos que hacen posibles; ninguna causa concede permiso ilimitado para sacrificar a sus integrantes por el poder.

Desde ahí, que la disputa mexicana implica adquirir otra exigencia. Gobierno y oposición tendrían que mostrar qué cambios producen sus propuestas en la vida cotidiana. Una consulta médica oportuna, un trayecto seguro y un salario que permita sostener un hogar son realizaciones políticas sustantivas. Su carácter gradual no disminuye su importancia. La continuidad de esas mejoras permite construir confianza, mientras la promesa de una refundación permanente puede convertir cualquier fracaso presente en sacrificio obligatorio por el futuro.

Los datos permiten exigir responsabilidad a quienes gobiernan; la transparencia y la rendición de cuentas hacen posible evaluarla. El INEGI registró que la pobreza multidimensional descendió de 36.3% en 2022 a 29.6% en 2024, un avance que merece reconocimiento. El mismo informe señala que 44.5 millones de personas presentaban carencia por acceso a servicios de salud. Ambas realidades deben considerarse conjuntamente: reconocer logros y examinar insuficiencias es una obligación cívica. En el ámbito educativo, los resultados de PISA también reclaman cambios y respuestas verificables de las autoridades. Convertir las cifras en insignias partidistas impide aprender de ellas y utilizarlas para mejorar la vida de las personas.

La asequibilidad ofrece un criterio revelador. Importa cuánto puede comprar una familia después de pagar vivienda, transporte, alimentos y cuidados. Un empleo pierde parte de su promesa si llegar a él consume horas y recursos desproporcionados. Una vivienda distante de los servicios puede resultar costosa, aunque su precio parezca bajo. Evaluar al gobernante exige mirar esa experiencia completa, fijar metas públicas y distinguir los efectos de sus decisiones de las circunstancias que escapan a su control.

También exige límites. Una política eficaz debe respetar derechos, admitir fiscalización y distribuir sus costos de manera justificable. La persona incluye al crítico, al adversario y a quien pertenece a una minoría incómoda. La mayoría electoral autoriza a gobernar dentro de reglas; no entrega la propiedad del país. Jueces independientes, información pública y procedimientos de defensa permiten que el ciudadano conserve su condición de sujeto frente a decisiones capaces de perjudicarlo.

La pluralidad cultural mexicana vuelve indispensable este cuidado. Comunidades indígenas, tradiciones religiosas, convicciones seculares y experiencias regionales pueden compartir ciudadanía sin adoptar una misma concepción de la vida buena. Las tradiciones ofrecen pertenencia, memoria y solidaridad; también deben permitir que sus miembros cuestionen prácticas injustas. La unidad política necesita garantías comunes y participación. Una identidad nacional que exige silencio termina debilitando los vínculos que pretende proteger, porque transforma la diferencia en sospecha y el desacuerdo en deslealtad.

El contexto geopolítico intensifica estas responsabilidades. En la revisión del T-MEC de julio de 2026, Estados Unidos rechazó extender el acuerdo en su forma vigente, aunque este continuó en vigor. La incertidumbre comercial recuerda que México debe negociar desde capacidades propias y relaciones de interdependencia. Defender la soberanía implica proteger el margen para decidir y traducirlo en seguridad, empleo y bienestar.

La firmeza diplomática necesita una evaluación de sus consecuencias sobre trabajadores, consumidores y comunidades.

La competencia tecnológica y productiva plantea una exigencia semejante. Atraer inversión puede ampliar oportunidades, pero debemos preguntar quién obtiene sus beneficios, qué infraestructura requiere y qué costos ambientales o territoriales genera. La migración también obliga a mirar personas: quienes parten, quienes regresan y quienes atraviesan el país poseen derechos. Su vulnerabilidad no debería convertirse en moneda de negociación ni su esfuerzo en argumento para eludir las responsabilidades del Estado.

Poner a la persona en el centro exige ciudadanía activa. Recibir apoyos, reclamar derechos y participar deben acompañarse de obligaciones equitativas: contribuir, cuidar lo compartido y aceptar controles sobre el propio poder. Esa reciprocidad necesita instituciones que escuchen y corrijan. Las políticas públicas pueden someterse a pruebas graduales, comparar resultados y rectificar sin considerar cada ajuste una derrota ideológica. Aprender a gobernar es aceptar que las convicciones requieren contraste con la experiencia.

Es necesario expresar estas ideas, aun a riesgo de que se juzguen ingenuas. Recordar, que la persona debe ocupar el centro de la política permite exigir razones, límites y resultados a quienes gobiernan. La ingenuidad sería suponer que basta con enunciar ese principio. Tomarlo en serio obliga a convertirlo en instituciones, decisiones y mejoras verificables. Callarlo dejaría el horizonte público en manos de quienes consideran que conservar el poder es una finalidad suficiente. La responsabilidad ciudadana comienza al votar y continúa al exigir cuentas.

México puede construir unidad mediante esa tarea compartida. La nación se fortalece cuando sus integrantes comprueban que la ley los protege, que su voz cuenta y que el esfuerzo abre posibilidades. El éxito político debería medirse por vidas más libres, seguras y dignas. La nación cobra sentido en las personas que pueden habitarla, disentir en ella y contribuir a su futuro sin tener que renunciar a sí mismas.

 

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