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Cuando envejecer deja de ser deseable (III/III)

BIODIVER-CIUDAD

Por Magdiel Gómez Muñiz

Profesor Investigador de la Benemérita Universidad de Guadalajara

@magdielgmg

                                                                                      “El mundo de la memoria”

                                                             Aún estoy aquí con el asombro de seguir vivo

Quienes han seguido mis reflexiones saben que, cuando hablo de vejez, no me interesa reducirla a cifras, enfermedades o pérdidas. Me interesa, sobre todo, hablar de personas que hay detrás de esos años: de sus deseos, sus decisiones, vínculos, proyectos y de esa necesidad profundamente humana de seguir sintiéndose vivos y reconocidos.

En esta contribución quiero detenerme en un tema del que todavía hablamos poco y, cuando lo hacemos, suele estar plagado de silencios o prejuicios: el erotismo en la vejez.

Para nadie es ajeno que envejecer parece significar también dejar de ser deseable. El erotismo en la vejez fue negado o considerado impropio, mientras los cuerpos de las personas mayores eran representados desde la ternura y la desexualización. La ecuación no es a mayor edad, menor capacidad de sentir, de mirar con deseo, de ser atractivo o de querer compartir la intimidad con otra persona.

Aquí es importante señalar que antes no era que las personas mayores dejaran de sentir deseo; era que la sociedad había aprendido a no reconocerlas como personas capaces de desear y ser deseadas. El envejecimiento comenzó a asociarse con cercanía a la muerte. Y, pareciera que junto con los años también desaparecer el placer, la sensualidad y el derecho a la intimidad.

Hoy la sexualidad dejó de entenderse como un territorio exclusivo de la juventud y empezó a reconocerse que las personas mayores podían establecer relaciones afectivas, enamorarse, formar nuevas parejas y vivir experiencias eróticas. Pero no se puede ocultar que este siglo XXI ha convertido el cuerpo en un proyecto permanente. Los cuidados, modificaciones, rejuvenecimientos y lucha frontal contra arrugas, flacidez, canas y otros signos visibles del paso del tiempo parecen ser la nueva dictadura del narciso.

Condenados al silencio y desde una honestidad radical, las personas mayores (un gran porcentaje de ellas) reconoce a la vejez como una ofensa, “se cuestiona el mito de la sabiduría” que supuestamente trae la edad, rumia la lentitud inevitable del cuerpo y se habita en la permanente angustia, situación diametralmente opuesta al culto al eros.

Norberto Bobbio escribe sobre la experiencia concreta de ser viejo sin el optimismo de Cicerón ni la mirada interior de Simone de Beauvoir. La senectud es en primera persona, lo vulnerable, sin consuelos prefabricados sumados a una desesperación por el encuentro con la soledad-aislamiento y con la muerte un inminente choque de trenes.

Aquí vale la pena hacer una pequeña pausa: superar los 60 años no significa la renuncia de un mundo que vende juventud eterna y reinvención constante que promete estar siempre presente y visible. Bobbio dice: “no, la vida tiene otra temporalidad. Vas a envejecer. Y conocer que la capacidad de vivir en la memoria histórica es flotar en un pasado perpetuo, no manipulable porque el desprecio público es una afrenta al capítulo del deseo” Pero renunciar a la sexualidad no es asumir que el deseo desaparece. Porque una cosa es que el cuerpo cambie y otra, muy distinta, es dejar de sentir.

Una caricia, un beso, un abrazo prolongado, la fantasía, el juego erótico, la intimidad emocional son solo algunas maneras de expresión erótica sexual. No todo tiene que responder al modelo de sexualidad que se aprende en la juventud. El placer puede encontrar otros caminos y otros tiempos. Tal vez hemos cometido un error al intentar medir la sexualidad de las personas mayores con la misma regla con la que medimos la sexualidad juvenil. Un cuerpo de más de seis décadas no tiene que comportarse como uno de veinte años para seguir siendo un cuerpo deseante.

Quizá el verdadero reto no sea conseguir que la vejez se parezca cada vez más a la juventud. Eso es imposible. Quizá sea aprender a mirar la vejez sin quitarle aquello que nunca debería perder por cumplir años: su humanidad, su capacidad de sentir y su derecho a desear. ¿Hemos superado el edadismo o simplemente hemos cambiado la forma de exigirle a la vejez que sea aceptable?

Ustedes tienen la última palabra.

 

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