Lo que impulsa a Jalisco es, en primer lugar, un ecosistema histórico de electrónica e inteligencia artificial que pocas entidades pueden exhibir con la misma densidad.
Por Eduardo Gómez de la O
Presidente de la Asociación Mexicana de Gasto Público A.C.
Durante los últimos ocho años la industria mexicana ha recorrido un camino irregular, del estancamiento previo a la pandemia pasó al colapso de 2020, al rebote vigoroso de 2021-2022 y, a partir de 2023, a una fase de crecimiento selectivo marcada por un dato incómodo: la destrucción persistente de empleo manufacturero, a mediados de 2026 el personal ocupado en la industria de la transformación acumula cerca de cuarenta meses consecutivos de caídas interanuales, cuatro años seguidos de contracción laboral en un sector que históricamente ha sido uno de los principales generadores de empleo formal de calidad.
En ese escenario nacional de crecimiento selectivo y destrucción persistente de empleo manufacturero.
Jalisco ha mostrado una resiliencia relativa mayor que el promedio del país y, sobre todo, que entidades fuertemente especializadas en la industria automotriz, mientras estados como Guanajuato registraban contracciones industriales anuales superiores al 5 por ciento en varios periodos de 2025 y 2026, con caídas aún más pronunciadas en su manufactura, Jalisco logró mantener un desempeño menos negativo e incluso positivo en distintos momentos, gracias a una combinación de especialización tecnológica, diversificación productiva y el papel compensatorio de la construcción.
LA RESILENCIA DE JALISCO
La clave de esa mayor resistencia se encuentra, en primer lugar, en su especialización en electrónica, semiconductores y equipo de cómputo, esta vocación, construida a lo largo de más de dos décadas, lo ha convertido en el principal estado exportador no fronterizo de México. En 2025 las exportaciones de Jalisco superaron los 52 mil millones de dólares, impulsadas de manera decisiva por el sector electrónico, que concentra cerca del 70-72 por ciento de las ventas externas estatales, junto con Chihuahua, la entidad concentra una proporción muy elevada de las exportaciones nacionales de equipo de computación y componentes vinculados a inteligencia artificial y centros de datos, esta inserción en cadenas de alto valor le ha permitido beneficiarse del nearshoring selectivo en segmentos tecnológicos, incluso cuando la demanda de vehículos y de bienes tradicionales se debilitaba.
A la especialización electrónica se suma una diversificación que ha operado como segundo amortiguador, la industria de alimentos y bebidas, los dispositivos médicos y la farmacéutica mantienen un peso relevante en la estructura productiva estatal y han mostrado mayor estabilidad relativa frente a los ciclos de la automotriz y de los textiles, esta mezcla de sectores ha reducido, aunque no eliminado, la vulnerabilidad de Jalisco frente a los choques externos que golpean con mayor fuerza a las entidades del corredor automotriz tradicional.
El tercer factor de resiliencia ha sido el impulso reciente de la construcción. En varios meses de 2025 y especialmente a inicios de 2026, este sector registró tasas de crecimiento anual de dos dígitos y se convirtió en el principal motor del Indicador Mensual de la Actividad Industrial por Entidad Federativa (IMAIEF) en el estado, mientras la manufactura mostraba variaciones cercanas a cero o negativas, la construcción sostuvo el agregado industrial y evitó contracciones más profundas, este comportamiento, sin embargo, también revela una debilidad: el crecimiento industrial de Jalisco en la fase más reciente depende en buena medida de un sector que no genera el mismo tipo de encadenamientos ni de empleo manufacturero de largo plazo que la industria de la transformación.
Pese a estos elementos de resiliencia, los límites son claros y se manifiestan en tres frentes. En primer lugar, el empleo manufacturero estatal también se ha debilitado, aunque el deterioro no ha alcanzado la intensidad observada a nivel nacional ni en entidades más expuestas a la automotriz, el personal ocupado en la industria de la transformación muestra una trayectoria de contracción que se alinea con la tendencia general del país, la capacidad de la especialización electrónica para generar empleo neto de calidad no ha sido suficiente para compensar las pérdidas en otros renglones ni para absorber plenamente el ajuste de las cadenas tradicionales.
En segundo lugar, la proveeduría local sigue siendo insuficiente, pese a la presencia de grandes tractores en electrónica y dispositivos médicos, la densidad de proveedores de segundo y tercer nivel no se ha consolidado al ritmo necesario, esto limita el derrame territorial de las inversiones y mantiene una estructura en la que una parte relevante del valor se genera o se captura fuera del estado.
En tercer lugar, la dependencia reciente de la construcción como factor compensatorio pone de relieve que la manufactura jalisciense, aun con sus fortalezas exportadoras, no ha logrado sostener por sí sola un ciclo de expansión industrial robusto, cuando la obra pública y privada se modera, el indicador de actividad industrial del estado tiende a resentirse con mayor claridad.
En conjunto, el desempeño de Jalisco entre 2018 y 2026 puede describirse como de resiliencia relativa con límites estructurales. El estado ha navegado mejor que el promedio nacional la fase de desaceleración industrial gracias a su especialización tecnológica y a su diversificación, pero no ha escapado a la debilidad del empleo manufacturero ni ha logrado densificar lo suficiente su tejido productivo local, esta tensión entre fortalezas exportadoras y limitaciones en la generación de empleo y de proveeduría local es, precisamente, el punto de partida del principal desafío de política industrial que enfrenta la entidad.
DE LA ATRACCIÓN A LA INTEGRACIÓN
Lo que impulsa a Jalisco es, en primer lugar, un ecosistema histórico de electrónica e inteligencia artificial que pocas entidades pueden exhibir con la misma densidad, a ello se suman la existencia de clústeres con trayectoria (el de electrónica, el médico, el biomédico y el del tequila), los programas estatales de atracción de inversión y apoyo a exportaciones, y un nearshoring selectivo que ha favorecido a los segmentos de alta tecnología, estos elementos explican por qué el estado ha logrado captar proyectos vinculados a semiconductores, servidores de inteligencia artificial y manufactura avanzada, y por qué sus exportaciones tecnológicas han crecido de manera notable.
Lo que lo detiene es, paradójicamente, la otra cara de esa misma especialización, la debilidad del empleo manufacturero, la limitada densidad de proveedores de segundo y tercer nivel, los cuellos de botella de agua y energía, y un diseño de política industrial todavía centrado en la empresa individual configuran un freno estructural, Jalisco atrae y exporta con relativa eficacia, pero aún no logra traducir esa capacidad en un tejido industrial más grueso, cohesionado y generador de empleo de calidad a lo largo de la cadena.
Los factores que condicionan este desempeño son tanto externos como internos, entre los primeros destacan la evolución de la demanda estadounidense, los aranceles y la incertidumbre asociada a la revisión del T-MEC, la transición tecnológica global hacia la electromovilidad y la inteligencia artificial, y el carácter todavía incompleto del nearshoring, que genera más anuncios que capacidad operativa plena, entre los segundos pesa la insuficiencia de infraestructura crítica (especialmente agua y energía), la ausencia de una política estatal explícita y formal de fomento a clústeres, la concentración de la especialización en pocos segmentos de alta tecnología y la débil articulación entre las grandes empresas tractoras y los proveedores locales.
El diagnóstico conduce a un desafío de política nítido, durante los últimos años Jalisco ha operado con una lógica predominantemente de atracción e internacionalización de empresas, los programas Jalisco Atrae y Jalisco Exporta Más, estos programas son la expresión más clara de esa orientación: incentivos para que firmas instalen o expandan operaciones y apoyos para que aumenten sus exportaciones, esa estrategia ha sido funcional y ha consolidado la posición del estado en segmentos de alta tecnología, pero resulta insuficiente cuando el objetivo es densificar el tejido productivo local, fortalecer la proveeduría de segundo y tercer nivel y generar empleo manufacturero de calidad de manera sostenida.
El siguiente paso natural consiste en transitar hacia una política de articulación productiva más profunda, esto implica fortalecer los clústeres existentes mediante mecanismos de gobernanza más estables y profesionales; generar mayor densidad (más eslabones productivos locales) y mayor cohesión (relaciones de cooperación y bienes colectivos) en el tejido industrial; y orientar los instrumentos de política no solo hacia la atracción de inversión o el valor exportado, sino hacia resultados de empleo, desarrollo de proveedores y aprendizaje colectivo.
No se trata de abandonar la atracción de inversión ni el apoyo a la exportación, se trata de subordinarlas a una lógica más ambiciosa: construir un ecosistema industrial localmente arraigado, capaz de retener valor, de escalar a las pequeñas y medianas empresas y de ofrecer a los trabajadores jaliscienses oportunidades de empleo formal de mayor calidad. En un contexto nacional de debilidad manufacturera y de incertidumbre externa, esa transición no es solo deseable, es la condición para que Jalisco convierta sus ventajas actuales en una trayectoria de desarrollo industrial más sólida, inclusiva y sostenible.
La industria jalisciense tiene los activos para dar ese paso, lo que falta es convertir la atracción de empresas en la construcción deliberada de un tejido productivo más denso y cohesionado, de esa decisión dependerá, en buena medida, si el estado logra transformar su especialización tecnológica en empleo de calidad y en desarrollo territorial de largo plazo.



