Los primeros fracasos en la lucha por la independencia.
Por Alfredo Arnold
Después de la derrota en Puente de Calderón, el movimiento de independencia de México parecía destinado al fracaso definitivo. Sin embargo, varios líderes retomaron la lucha hasta que, en 1821, Agustín de Iturbide, Vicente Guerrero y el último representante de España, Juan O´Donojú, lograron el acuerdo que le permitió a México emerger como país independiente.
Este proceso consumió más de doce años de lucha, en la cual cambiaron los líderes, los objetivos y las estrategias.
En 1808 el virrey Iturrigaray intentó un autogolpe de estado para convertirse en monarca. Fracasó, como también fracasaron Primo de Verdad, Talamantes y Azcárate en su búsqueda de desvincularse de España.
La resistencia no era precisamente contra la corona española, sino contra Napoleón Bonaparte que había tomado prisionero al rey Fernando VII y puesto al frente del gobierno hispano a su hermano José, quien era conocido con el sobrenombre de “Pepe Botella”.
En este ambiente, un grupo influyente organizaba reuniones secretas en Querétaro con el objetivo de tomar el poder. La conspiración fue descubierta, y uno de los conjurados, Miguel Hidalgo y Costilla, tomó la decisión de lanzarse abiertamente a la lucha. Lo apoyaban algunos militares y poco a poco se le fue uniendo gente del pueblo. Con ese improvisado ejército, Hidalgo sostuvo asaltos y batallas durante más de dos meses, generalmente exitosas, hasta situarse frente a la ciudad de México.
Algunos historiadores afirman que Hidalgo pudo asaltar la capital, pero algo lo hizo desistir de esa acción. Unos historiadores afirman que no se quiso arriesgar a sostener una batalla frontal, otros aseguran que pensó en el alboroto que iba a provocar en la capital mexicana, donde sus huestes se iban a dedicar a robar y atacar a personas inocentes. El caso es que prefirió dar marcha atrás y establecerse en la ciudad de Guadalajara, donde permaneció el tiempo necesario para organizar un gobierno, expropiar bienes a los españoles residentes en esa ciudad y reunir y armar a miles de personas que lo acompañarían, ahora sí, a tomar la capital del virreinato.
En los primeros días de enero del año 1811, Hidalgo estimó que ya estaba listo para su gran tarea y emprendió la marcha hacia la capital. Pero muy pronto se topó con el ejército de Félix María Calleja, apenas saliendo de Guadalajara, en Puente de Calderón, a un ladito de Zapotlanejo.
Los dos ejércitos iniciaron la batalla; las fuerzas virreinales, muy inferiores en número, pero con disciplina militar, fueron ganando terreno contra la multitud impreparada de Hidalgo. El momento decisivo ocurrió cuando la bala de un cañón realista fue a dar contra la carreta que contenía las municiones de los insurgentes, produciendo un estallido que los dispersó, los hizo correr para todos lados dejando indefensos a Hidalgo y sus generales. Ahí terminó ese intento por la independencia de México.
Los derrotados emprendieron el camino al norte, buscando llegar a la frontera. Hidalgo ya iba castigado por Allende; incluso se afirma que iba caminando, mientras que los jefes viajaban montados a caballo. La columna rebelde fue traicionada por Ignacio Elizondo y fueron capturados en Acatita de Baján (Coahuila) el 21 de marzo de 1811. Habían pasado seis meses desde el “grito” de Independencia en Dolores.
Los siguientes cuatro meses fueron para entablar juicio contra los insurgentes, quienes fueron condenados a muerte. A Hidalgo le tuvieron que invalidar su condición de sacerdote y le rasparon terriblemente las palmas de las manos con las que alguna vez consagró el Pan y el Vino.
En la última semana del mes de julio de aquel 1811, Allende, Aldama y Jiménez fueron pasados por las armas y finalmente, el día 30 de aquel mes, ejecutaron a Hidalgo. Para mayor escarmiento de sus seguidores y venganza de la tragedia que habían causado en Guanajuato, sus cabezas fueron colgadas de las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, donde permanecieron hasta el 28 de marzo de 1821, más de diez años después de la batalla de Puente de Calderón. En 1823 fueron depositadas en la Catedral de la ciudad de México y desde 1925 se encuentran en la Columna de la Independencia de la capital.
Abasolo no fue juzgado en Chihuahua ya que su esposa logró que fuera enviado a purgar su condena en España, donde sólo vivió cuatro años y murió enfermo. Allende tenía 42 años cuando fue fusilado, Aldama 37, Jiménez 40 e Hidalgo 58.
La historia no terminó ahí. Surgieron nuevos líderes, nuevos jefes, nuevos motivos hasta conseguir la independencia de España en septiembre de 1821.



