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Los toreros que nunca se fueron

Por Amaury Sánchez G.

Politólogo

Hay hombres que mueren dos veces: la primera cuando la tierra reclama su cuerpo y la segunda cuando el último que los recuerda pronuncia su nombre por última vez. Los grandes toreros mexicanos pertenecen a una estirpe distinta. Ellos siguen caminando por los ruedos invisibles donde la memoria se niega a rendirse ante el olvido.

Cuando la tarde cae sobre una plaza de toros vacía y el viento levanta el polvo del albero, todavía puede escucharse el rumor de un capote que no existe. No es el viento. Es la historia.

Dicen los viejos aficionados que las plazas tienen memoria. Que las barreras guardan conversaciones de hace cien años, que los tendidos recuerdan los aplausos de quienes ya no están y que cada puerta grande conserva el eco de los pasos de un hombre que un día venció al miedo vestido de luces.

 

Así comenzó la leyenda de México.

Primero apareció Ponciano Díaz, montado sobre el orgullo de un país que apenas aprendía a mirarse a sí mismo. No toreaba únicamente toros; toreaba el prejuicio de quienes pensaban que un mexicano jamás podría conquistar España. Abrió la puerta por la que después caminarían todos los demás.

Luego llegó Rodolfo Gaona. España creyó que recibiría a un extranjero y terminó encontrando a un maestro. Con una gaonera cambió para siempre el idioma del capote. Desde entonces ese lance dejó de ser un movimiento para convertirse en un apellido inmortal.

Después apareció Armillita, el hombre que parecía conversar con los toros antes de comenzar la faena. Nunca necesitó levantar la voz para mandar. Bastaba un movimiento de la muñeca para que el toro entendiera quién gobernaba la arena. Toreaba como si el tiempo estuviera obligado a obedecerle.

Y entonces nació Silverio Pérez, el más misterioso de todos. Había tardes en las que parecía distraído, casi ausente, hasta que de pronto inventaba una serie de muletazos capaces de detener los relojes. No toreaba para convencer a los críticos. Toreaba para estremecer el alma de quienes tenían la fortuna de verlo.

Carlos Arruza llegó como llegan las tormentas: sin pedir permiso. Era poder, velocidad, inteligencia y ambición. Parecía dispuesto a demostrarle al mundo que el océano Atlántico nunca fue una frontera para el valor mexicano.

David Liceaga enseñó que el oficio también puede ser una forma de arte. Jesús Córdoba recordó que la elegancia no necesita hacer ruido. Eloy Cavazos convirtió el triunfo en una costumbre. Zotoluco devolvió la autoridad al toreo mexicano en tiempos difíciles. Y Joselito Adame continúa recordándole a Europa que la escuela mexicana todavía sabe escribir páginas de grandeza.

Cada uno fue diferente. Ninguno intentó parecerse al otro. Tal vez ahí radica el secreto de su inmortalidad.

Porque los grandes toreros nunca fueron simples ejecutantes de una técnica. Fueron narradores silenciosos que escribieron novelas enteras con un capote y una muleta. Cada pase era una frase. Cada tanda, un capítulo. Cada faena memorable, un libro que quedó grabado para siempre en la memoria de la afición.

Hoy vivimos tiempos en los que algunos creen que la historia puede medirse únicamente con estadísticas, números o fotografías. Se equivocan. La historia verdadera se mide por la emoción que sobrevive al paso de los años.

Mientras exista un niño que pregunte quién fue Gaona; mientras un viejo aficionado cierre los ojos al recordar a Silverio; mientras algún torero sueñe con parecerse a Armillita; mientras una plaza mexicana siga llenándose de esperanza antes del paseíllo, ninguno de ellos habrá muerto.

Porque el toreo, como los pueblos que se niegan a olvidar, no vive en los archivos.

Vive en la memoria.

Y la memoria, cuando se alimenta de valor, arte y dignidad, termina convirtiéndose en eternidad.

 

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