Por Jorge Cabrera
Maestro en Economía y Política Internacional, CIDE
¿Por qué Corea del Sur logró convertirse en una potencia tecnológica en apenas unas décadas mientras México continúa enfrentando rezagos en productividad, innovación y calidad educativa? La respuesta es compleja, pero uno de los factores más importantes se encuentra en la manera en que ambos países entendieron el papel de la educación en su desarrollo.
En su libro Crisis, Jared Diamond sostiene que las naciones suelen transformarse cuando enfrentan amenazas suficientemente graves como para obligarlas a replantear sus prioridades. Corea del Sur es uno de los ejemplos más notables de esta dinámica.
Tras la Guerra de Corea, el país quedó devastado, con una economía rural, escasos recursos naturales y una amenaza militar permanente proveniente de Corea del Norte. Ante ese panorama, sus dirigentes llegaron a una conclusión estratégica: el principal recurso nacional debía ser el talento de sus ciudadanos.
A partir de la década de 1960, la educación se convirtió en una política de Estado. Gobiernos de distintas orientaciones mantuvieron el compromiso de invertir en capital humano, elevar los estándares académicos y vincular la formación escolar con las necesidades de una economía cada vez más sofisticada.
La excelencia educativa dejó de ser una aspiración para convertirse en un objetivo nacional.
México siguió una trayectoria diferente. A diferencia de Corea, nunca enfrentó una crisis existencial comparable. Contó con abundantes recursos naturales, estabilidad territorial y una ubicación privilegiada junto al mercado estadounidense.
Sin embargo, esas ventajas no siempre se tradujeron en una estrategia sostenida de desarrollo educativo.
Durante décadas, México logró avances importantes en cobertura escolar, alfabetización e infraestructura. No obstante, la calidad del aprendizaje quedó frecuentemente subordinada a disputas políticas, intereses burocráticos y cambios de rumbo entre administraciones. Y la historia no cambia con una CNTE extorsionadora.
En muchos casos, las reformas educativas se convirtieron en escenarios de confrontación política más que en proyectos de largo plazo orientados a mejorar el desempeño de los estudiantes.
La comparación no implica que México deba copiar el modelo coreano. De hecho, Corea enfrenta hoy críticas por la enorme presión académica que soportan sus jóvenes, así como por problemas asociados al estrés y la competencia excesiva. Pero existen lecciones que sí merecen atención.
La primera es la continuidad. Corea entendió que los resultados educativos requieren décadas de esfuerzo constante y no pueden depender de ciclos políticos sexenales.
La segunda es la meritocracia. Los sistemas educativos más exitosos premian el desempeño, la preparación y los resultados por encima de intereses corporativos o políticos.
La tercera es la conexión entre educación y desarrollo económico. Corea diseñó buena parte de su sistema educativo pensando en las capacidades que demandaría el futuro.
México posee fortalezas que Corea nunca tuvo: una población joven, riqueza cultural, recursos naturales y una posición geográfica excepcional. Sin embargo, ninguna ventaja es suficiente si el país no logra construir un consenso duradero alrededor de la educación.
La principal enseñanza coreana no es la disciplina extrema ni las largas horas de estudio. Es la convicción colectiva de que el futuro de una nación depende de la calidad de sus escuelas.
Corea decidió apostar por el conocimiento como su principal recurso estratégico. La pregunta para México es si está dispuesto a hacer lo mismo.




