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De la fuga de cerebros a la fuga de Premios Nobel

Por Jorge Cabrera

Maestría en Economía y Política Internacional CIDE

Durante ocho décadas, la mayor fortaleza estratégica de Estados Unidos no fueron sus portaaviones, su arsenal nuclear ni el tamaño de su economía. Fue su capacidad para atraer a las mentes más brillantes del planeta. Científicos, ingenieros y emprendedores hicieron de ese país la capital mundial de la innovación. Hoy, esa ventaja comienza a erosionarse.

Las políticas de la administración de Donald Trump hacia la ciencia, la investigación y la inmigración están generando un fenómeno que habría parecido impensable hace apenas unos años: una creciente disposición de investigadores a abandonar Estados Unidos. Una encuesta de la revista Nature reveló que tres de cada cuatro científicos consultados consideran emigrar, mientras que entre estudiantes de posgrado el porcentaje alcanza casi el 80 por ciento.

La preocupación no es menor. Cerca del 43 por ciento de los científicos e ingenieros con doctorado en Estados Unidos nacieron en otro país, y aproximadamente la mitad de los investigadores posdoctorales son extranjeros. Esa apertura al talento internacional explica buena parte del liderazgo estadounidense en inteligencia artificial, biotecnología, computación cuántica, farmacéutica y defensa.

El caso más simbólico de esta posible crisis es el del químico Omar M. Yaghi, Premio Nobel de Química y profesor de la Universidad de California, Berkeley. De acuerdo con reportes recientes, el científico habría considerado trasladar parte de su actividad a China. Aunque no puede afirmarse que su decisión obedezca exclusivamente a las políticas de Trump, el simple hecho de que un investigador de ese nivel pueda estar considerando abandonar Estados Unidos representa una señal de alarma.

Ya no se trataría solamente de perder estudiantes extranjeros o jóvenes investigadores que regresan a sus países de origen. El riesgo es que Estados Unidos comience a perder también a científicos consagrados, precisamente aquellos que durante décadas hicieron de sus universidades y laboratorios los más poderosos del mundo.

Europa ya entendió el momento. La Unión Europea lanzó un programa de 500 millones de euros para atraer investigadores establecidos en Estados Unidos. Francia, Alemania, Países Bajos y Canadá compiten por captar ese capital humano. La batalla tecnológica del siglo XXI ya no se libra únicamente por mercados, fábricas o minerales estratégicos: se libra por científicos.

Paradójicamente, una política concebida bajo la consigna de “America First” podría terminar fortaleciendo a sus principales competidores. La pérdida de talento no produce efectos inmediatos, pero suele ser acumulativa y difícilmente reversible.

México debería observar este fenómeno con inteligencia estratégica.

En lugar de perseguir científicos, como ocurrió durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador con los recortes a la investigación, la desaparición de fideicomisos y los procesos legales contra investigadores, el país debería diseñar programas agresivos para atraer talento.
Científicos mexicanos en el extranjero, investigadores estadounidenses y especialistas de cualquier nacionalidad podrían encontrar en México una oportunidad si existieran financiamiento competitivo, libertad académica, seguridad jurídica y una verdadera vinculación entre universidades y empresas.

Las grandes potencias ya entendieron que el recurso estratégico más valioso del siglo XXI no es el petróleo ni el litio: es el talento humano. Mientras Estados Unidos corre el riesgo de expulsarlo y Europa intenta atraerlo, México podría convertir una crisis ajena en una ventaja nacional.

La oportunidad está ahí. La pregunta es si México tendrá la visión para aprovecharla.

 

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