Opinión Política
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“Los elogios de Washington a Harfuch: ¿reconocimiento… o mensaje político?”

Por Dr. Ulises Hernández

Doctor en Administración Pública

El encuentro del pasado 18 de agosto de 2026 en Buenos Aires dejó un análisis que va mucho más allá de una simple foto oficial de diplomáticos. El Palacio Libertad fue la sede de la 40ª Conferencia Internacional para el Control de Drogas (IDEC 2026) un evento coordinado por la DEA y el Ministerio de Seguridad de Argentina, donde se reunieron delegaciones de más de cien países. Entre los asistentes más importantes se encontraba Omar García Harfuch, titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana de México. Compartió espacio con figuras de peso como Terrance “Terry” Cole, quien dirige la DEA; Alejandra Monteoliva, la ministra de Seguridad de Argentina; y Peter Lamelas, embajador de Estados Unidos en el país sudamericano, además de cientos de jefes policiales y representantes de agencias de todo el mundo.

Lo que resulta más llamativo de todo esto es cómo el respaldo de Estados Unidos hacia García Harfuch está ganando un claro peso político. Terrance Cole no se limitó a cumplir con el protocolo al hablar de él; de hecho, lo definió públicamente como “…un socio de confianza y un buen amigo de Estados Unidos”. El jefe de la DEA repasó sus casi veinte años de carrera en la Policía Federal y en la Agencia de Investigación Criminal, y hasta recordó el atentado que sufrió en 2020, destacando que decidiera seguir en su puesto a pesar de las amenazas (La Crónica de Hoy). Semejante reconocimiento, viniendo de la máxima autoridad de la DEA, tiene muchísima importancia. Por su parte, Harfuch respondió asegurando que, desde que Cole dirige la agencia, la información fluye de manera mucho más rápida y práctica. Incluso admitió en público que esta relación tan estrecha ayuda a sacar adelante gestiones que, si se hicieran por el papeleo burocrático de siempre, tardarían muchísimo más tiempo. También describió a Cole como un interlocutor que mantiene con las instituciones mexicanas una relación profesional, directa y orientada a resultados. Esto adquiere todavía mayor relevancia porque ocurre después de un sexenio, el del Obradorismo, marcado por profundas tensiones con la DEA, particularmente después del caso Salvador Cienfuegos y de las restricciones impuestas a la actuación de agentes extranjeros en territorio mexicano.

Con la presencia de Harfuch se vuelve a levantar un puente que llevaba años prácticamente roto. Aunque Claudia Sheinbaum admitió que al principio había dudas sobre si el secretario debía ir a este encuentro —sobre todo por los choques recientes entre México y la DEA—, el gabinete acabó dándole su apoyo. Esto dejó un saldo político muy claro: Harfuch se sentó al lado del director de la DEA y de Alejandra Monteoliva, la ministra argentina, para exponer los logros de la estrategia de seguridad de México ante delegados de muchos países.

Así, se consolidó como uno de los voceros clave del país en el exterior para estos temas. Claro que sería irse muy lejos asegurar que en Washington alguien le pidió directamente: “Omar, desmárcate de Morena”. No hay ninguna prueba de eso y no sería serio darlo por cierto. Sin embargo, en la diplomacia casi nunca hace falta hablar tan claro. Los gestos de peso se transmiten con fotos, citas privadas, elogios o un trato preferencial. Por eso, la interpretación real va por otro lado: “Sabemos quién eres, sabemos con quién podemos trabajar y reconocemos públicamente tu capacidad”, y ese mensaje ya se está mandando.

Estados Unidos parece estar distinguiendo cada vez más claro entre su relación con ciertas figuras del gobierno mexicano y su trato con algunos sectores políticos del obradorismo. Mientras hay tensiones, discursos nacionalistas y quejas constantes de injerencia por distintos roces bilaterales, la cooperación entre García Harfuch y Terrance Cole se presenta en público como algo sólido, funcional y que da resultados.

La reunión en Buenos Aires ocurrió solo unas semanas después del revuelo diplomático que causó Cole al mencionar nexos entre el narcotráfico y parte del gobierno de México. Aunque la Secretaría dirigida por Harfuch desmintió esas palabras, en la capital argentina ambos se mostraron como aliados que intercambian tecnología, inteligencia y datos de operaciones. Ese es el verdadero mensaje: más que apoyar a Morena, el gobierno estadounidense busca interlocutores clave, y García Harfuch parece haberse consolidado como uno de ellos. Para la llamada Cuarta Transformación, esta situación tendría que ser bastante más incómoda en lo político de lo que se muestra. Al final, cuando un país poderoso diferencia en público a un gestor eficiente del partido en el que milita, termina dándole un peso propio a esa figura. Harfuch cuenta además con un rasgo que lo hace muy atractivo para el vecino del norte: su fuerza política no viene de la ideología, sino de su trabajo en seguridad, inteligencia y resultados concretos. Ese es, precisamente, el idioma que mejor dominan en Washington.

Mientras un sector importante de Morena sigue centrado en discursos sobre soberanía, imperialismo, injerencia y confrontación, García Harfuch utiliza un lenguaje de cooperación operativa, intercambio de inteligencia, detenciones, narcotráfico, tráfico de armas y organizaciones criminales transnacionales. Se trata de dos enfoques políticos totalmente distintos y, cuando Estados Unidos opta por elogiar en público a uno de ellos, provoca de forma inevitable que se le compare con el resto del gobierno mexicano. A esta situación se suma el contexto argentino, donde la participación de Alejandra Monteoliva como ministra de Seguridad en la gestión de Javier Milei y de Peter Lamelas como embajador de Estados Unidos muestra claramente el interés de Washington por consolidar una estructura regional de cooperación frente al narcotráfico y el crimen organizado.

La conferencia reunió a entre 400 y 600 altos funcionarios y delegados internacionales, por lo que el reconocimiento a Harfuch no se dio en una reunión privada entre dos personas, sino en uno de los foros internacionales más importantes para la cooperación policial y antidrogas.

Lo que de verdad llama la atención es que el personaje clave de México acaba siendo Harfuch, y no tanto el gobierno o el partido en el que está. Por este motivo, un gesto así también se puede ver como un pequeño mensaje de cara al futuro. Esto no implica que vaya a ser candidato, que haya un distanciamiento ahora mismo ni mucho menos que exista un complot desde fuera. Sin embargo, sí deja ver que, en el gran mapa de la política mexicana, Washington tiene muy claro cómo se mueven las piezas. Tienen claro con quién se puede hablar, quién tiene capacidad de resolver las cosas, quién da seguridad a las instituciones y, de igual manera, quiénes son los que causan problemas. Al fin y al cabo, el gobierno de Estados Unidos tiene mucha experiencia usando este tipo de menciones públicas como herramientas de política.

Que el jefe de la DEA te alabe no te asegura votos, pero el gesto está lejos de ser irrelevante, sobre todo si ocurre frente a delegados de seguridad de más de cien naciones y con el respaldo de la diplomacia de Estados Unidos. En el fondo, el mensaje que se lee es bastante simple: “Mientras otros construyen conflictos con nosotros, contigo podemos trabajar”. Para un político en México que aspire a crecer, contar con ese respaldo tiene un valor enorme, García Harfuch sabe muy bien que ahora mismo no le conviene, ni le hace falta, chocar de frente con Claudia Sheinbaum o con Morena, su cargo actual se debe al gobierno del que forma parte; de hecho, en su participación en Buenos Aires se encargó de respaldar varias veces la estrategia que lidera la presidenta.

Hoy no se necesita un quiebre abierto para ir dando forma a un perfil propio, hay políticos que empiezan a ganar autonomía mucho antes de salirse de su partido, lo logran al consolidar una reputación propia, canales directos con el exterior y logros que se les atribuyen a ellos y no a la organización, justo ese es el detalle que no hay que perder de vista. Tal vez la señal de Estados Unidos aún no sea la de “desmárcate”, sino una jugada bastante más astuta: “Cuando llegue el momento de desmarcarte, sabes perfectamente que aquí sabemos quién eres”. Si esta interpretación es la real, los que tendrían que analizar con lupa lo que pasó en Buenos Aires no están solo en Washington, sino en Palacio Nacional y en las filas de Morena.

 

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