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El AMG: prófuga del cepillo, del agua y del jabón

Por Abril de María Ledesma Zermeño

Arquitecta y Abogada 

La adolescencia -etapa de carencia por definición-, genera algunas convicciones medio bizarras en quienes la atraviesan, que a su vez, derivan en extrañas acciones y conductas tales como dejar crecer el cabello hasta que parece nido de golondrinas por falta de aseo, usar modelos, texturas y combinaciones que terminan en una estética poco comprensible, convertir las habitaciones en un experimento biológico por todos los cultivos bacterianos y fúngicos que ahí se albergan pero, de forma muy característica, se desarrolla la extraña convicción de que bañarse es una imposición fascista. Algo parecido le está pasando al Área Metropolitana de Guadalajara: se volvió prófuga del cepillo, del agua y del jabón.

El AMG huele mal -y mucho- y parece haber perdido toda relación con el concepto de cuidado y aseo. La ciudad ya no se arregla; se disfraza. No se limpia; se maquilla. No corrige sus problemas; los esconde bajo el tapete o el colchón esperando que nadie los note. De hecho, así llegamos al más reciente episodio de esta crisis adolescente: Resulta que ahora existe la brillante idea de llenar de pintas el pavimento del Paseo Alcalde. Porque aparentemente uno de los amigotes del AMG -o varios, al cabo en palomilla la culpa se diluye- le echó el ojo a uno de los espacios públicos más consolidados del centro histórico de Guadalajara y concluyó que lo que realmente necesitaba no era mantenimiento, ni más árboles, ni vigilancia, ni limpieza, ni continuidad urbana, sino convertirse en cuaderno de dibujo.

La lógica adolescente detrás de la idea parece impecable: Si tienes una obra urbana cuidadosamente diseñada, de la que se ha apropiado la población y se ha consolidado ya durante años, ¿por qué respetarla cuando puedes pintarrajearla? Se ve divertida la oportunidad de organizar una intervención colorida para la fotografía oficial. Ahí sí el AMG y sus compañeros adolescentes se ponen entusiastas y olvidan su apatía cotidiana para la bañada y la limpiada… porque viven obsesionados con los filtros y las fotos, pero no con el aseo.

Mientras tanto, el Paseo Alcalde como buen viejo, que carga años soportando ocurrencias ajenas a las que se ha ido adaptando, ahora tiembla al escuchar a la palomilla adolescente urdir su plan de convertir su pavimento en una libreta para experimentos creativos. Todo porque los cuidadores del AMG, alcahuetean el plan porque confunden activación urbana con hiperactividad urbana.

Olvidan que no porque aún se esté en desarrollo, porque se adolezca, todo espacio vacío necesita ser rellenado. No toda superficie necesita ser intervenida. No todo silencio visual necesita ser combatido. Y no toda ocurrencia o “puntada” adolescente merece convertirse en realidad. A veces es saludable un poco de “aburrición” para dar paso a la verdadera creatividad. Hace falta también el silencio urbano que da quietud y pacifica… ¿Dónde están pues quienes deberían de tutelar estas “juveniles” ocurrencias? Pareciera que hemos dejado encargada al AMG con unos guardianes con poco criterio y medio desobligados de su labor. Si bien los nuevos paradigmas sobre crianza respetuosa se imponen, a veces es pertinente poner un alto a los “desenfrenos juveniles” del AMG.

Mientras las grandes ciudades del mundo protegen obsesivamente sus espacios emblemáticos, aquí seguimos creyendo que cualquier cosa mejora si le agregamos más colores. Ahora, la ciudad en crisis de crecimiento, carga orgullosa su melena enredada y mugrosa, tiene bichos en sus habitaciones -ya hasta le cayó el gusano barrenador-, tiene perdidos algunos de sus bienes y, aun así, está convencida de que el verdadero problema es que necesita otro filtro para sus fotografías de la “party”. Y mientras sigue buscando cómo adornarse, qué maquillaje chafa usará para la fiesta futbolera, continúa olvidando algo elemental: antes de usar más pinturas que tapen sus poros y deterioren sus recubrimientos volviéndola una caricatura, más que ayudándole a resaltar sus atributos logrados con años de esfuerzo, debería, tal vez, empezar por darse un buen baño, por tallarse -y bien fuerte- con agua (de preferencia limpia) y jabón antes de que el acné urbano se le vuelva un mal crónico.

 

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