Por Abril de María Ledesma Zermeño
Arquitecta y abogada
Doctoranda en Hábitat y Sustentabilidad
Hubo un tiempo en que Guadalajara no necesitaba presentarse. Como esas familias de “old money” que jamás hablan de dinero porque el dinero no es lo que las define, la ciudad tenía una relación más discreta con el prestigio. No necesitaba demostrar que pertenecía porque simplemente pertenecía. Tenía códigos propios, patrimonio, memoria, árboles maduros, barrios con identidad construida por sus pobladores y edificios que envejecían con dignidad y que, a su vez, albergaban historias guardadas en las memorias de muchos habitantes. La ciudad podía caminar despacio porque todavía no confundía valor con velocidad.
Pero algo pasó: el AMG empezó a juntarse con las personas equivocadas, con los “nuevos ricos”, con los “buchones” y hasta con los “na-r-quitos”.. muchas amistades “inconvenientes”, citando a un sabio. Y como ocurre con frecuencia cuando “un lobo se junta con un coyote”, se obsesionó con aparentar ser alguien distinta y comenzó a consumir todo lo que le prometiera sentirse más exclusiva, y más importante y se empezó a colgar hasta el molcajete. Baratijas que le vendieron como la última tendencia. Además, empezó a gastar recursos como quien vacía una tarjeta de crédito para impresionar a gente que ni siquiera lo respeta. Se convenció de que crecer eso era equivalente a sofisticarse. Que llenar el horizonte sin ton ni son era señal de categoría. Que mientras más renderizado se viera el futuro, más cerca estaba de convertirse en “la inalcanzable”. Ahí empezó su decadencia porque el verdadero abolengo urbano jamás necesitó exagerar.
La Guadalajara tradicional entendía algo que el AMG “inventada” olvidó por completo: que el prestigio de una ciudad no se construye a punta de espectacularidad, sino de permanencia. El patrimonio no era solamente cantera bonita o casonas para tomarse fotos. Era continuidad. Era oficio. Era escala humana. Era la capacidad de producir ciudad con identidad y no solo metros cuadrados con precio de preventa.
Pero el AMG empezó a comportarse como sus amigos, como nuevo rico que siempre quiere que todos sepan que tiene dinero. Al dilapidar su herencia y carecer de clase, empezó a consumir piratería… cosas que no eran, pero parecían. Y en uno de sus peores excesos, tumbó muchas de las propiedades heredadas de su linaje para levantar construcciones que parecen de papel: rápidas, ligeras, espectaculares de lejos y profundamente frágiles de cerca. Cambió casas con historia por cajas de tablaroca y vidrio que envejecen peor que aquello que destruyeron.
Por eso comenzaron a aparecer desarrollos que parecen bolsos pirata gigantes: llenos de logos, de vidrio, de iluminación y de promesas aspiracionales, pero vacíos de fondo. Fraccionamientos que venden exclusividad mientras sus habitantes pasan cuatro horas al día atrapados en tráfico. Torres “premium” donde el agua escasea, el calor se concentra y los muros parecen hechos de cartón. Zonas enteras que quieren parecer Dubái aunque ni siquiera pueden garantizar sombra y mucho menos calidad o permanencia.
La ciudad dejó de construirse para habitarse y comenzó a construirse para exhibirse. Y como toda persona obsesionada con aparentar, el AMG empezó a gastar más de lo que podía sostener. Se acabó el suelo, se agotó el agua, se reventó la movilidad, se expulsó a quienes ya no podían pagar permanecer cerca de la fiesta principal. Pero, aun así, la ciudad siguió comprando más brillo. Más festivales. Más corredores “instagrameables”, más branding urbano; pero quienes la conocemos de antaño y conocemos a sus nuevas amistades, sabemos que su imagen pública está muy devaluada, aunque intente desesperadamente parecer sofisticada.
Sus viejos amigos sabemos que comenzó a perder justo aquello que alguna vez la hizo valiosa. Perdió árboles porque estorbaban para ampliar carriles. Perdió silencio porque confundió vida urbana con estimulación permanente. Perdió casas históricas porque resultaban menos rentables que una torre genérica con nombre en inglés. Perdió barrios porque todo terminó convertido en producto inmobiliario.
Sus nuevas amistades creen, como todo “nuevo rico”, y como también ahora lo cree el AMG, que todo puede reemplazarse rápido empezando por las viejas amistades, por las personas que la hemos visto crecer desde que era sólo una manchilla urbana relativamente pequeña y contenida. Ahora el AMG y su nueva pandilla consideran que basta con pagar para obtener experiencia, identidad o calidad. Creen que el lujo se compra completo sin entender que hay conocimientos que requieren décadas, generaciones y paciencia para construirse. Por eso hoy abundan las construcciones espectaculares que envejecen peor que los edificios antiguos que pretendían sustituir. Por eso el AMG empezó a valorar más el render que el arraigo, más el impacto visual que la habitabilidad, más el evento que la permanencia, por encajar con sus “cuates”, que parecen actores contratados para promocionar una ciudad que ya no entienden. Le ofrecieron al AMG “administrarle” la herencia, pero lo hacen como quien administra redes sociales: obsesionados con la imagen, con el slogan y con la foto.
Hoy el AMG, por mucho que se aderece con marcas, patrocinios y le sigan invitando a los grandes eventos a los que llega en Cybertruck con guardaespaldas robóticos traídos de quién sabe dónde, todavía intenta entrar al Country sin entender que hace mucho dejó de pertenecer: se la ha expulsado no porque le falte dinero, sino porque perdió los códigos, el cuidado, la memoria genética y dilapidó la herencia dejando su nombre por los suelos.




