Por Amaury Sánchez G.
Politólogo
No la subieron por aplauso: la sentaron donde se reparte el pastel… y la cuenta.
A ver, pongamos orden antes de que empiece la banda y alguien pida otra ronda de aplausos: la presidenta Claudia Sheinbaum salió en la lista de los cien más influyentes de Time. Y aquí, en esta patria tan dada a festejar cuando nos guiñan el ojo desde afuera, ya se escuchan cohetes, brindis y discursos de “ahora sí nos respetan”. Respeto… ese animal mitológico que aparece cada vez que un extranjero nos menciona.
Pero la política —la de verdad, no la de las selfies— es menos romántica. No funciona con reconocimientos sino con intereses. Y Time, por más glossy que parezca, no es revista de sociales: es tablero con portada. Ahí no te ponen por simpático; te ponen porque sirves. Porque encajas. Porque, en este momento, representas algo que conviene exhibir. Tradúzcalo al castellano de la calle: no es que te quieran, es que te necesitan… tantito.
Y cuando te necesitan, te acercan. Y cuando te acercan, te miden.
Porque ese es el truco del club: primero te invitan a la mesa y luego te pasan la báscula. Y la báscula, en geopolítica, no mide kilos: mide utilidad.
Mire usted el cuadro completo: en la misma vitrina aparecen Donald Trump —que gobierna con el pulso de un ring—, Marco Rubio —que sonríe con filo diplomático— y el papa León XIV —que bendice… y también fija línea—. Pura pieza de alto calibre. Y en medio, México, representado por su presidenta.
¿Coincidencia? Ni en la rifa del tigre.

Es un retrato del momento: un mundo con nervios de punta, un vecino del norte que aprieta y una frontera que dejó de ser línea para convertirse en válvula. Migración, comercio, seguridad, energía… todo pasa por aquí. México ya no es el país que “ahí la lleva”. Es el país que estorba si falla y resuelve si aguanta.
Y Sheinbaum, guste o no, es la encargada de que el engranaje no truene. Ahí está la clave: no es popularidad, es función.
Porque, a ver, tampoco nos engañemos. Esto no es concurso de simpatías. Es como esas bodas donde invitan al primo incómodo: no porque lo adoren, sino porque si no lo invitan, arma el escándalo. México es ese primo. Y Sheinbaum llega con la sonrisa diplomática, el discurso medido y el ojo puesto en la mesa donde se reparten los contratos… y las responsabilidades.
El reconocimiento, dirán algunos, fortalece. Y sí, fortalece. Le da a la presidenta un brillo que en política interna pesa. No es lo mismo hablar desde el atril local que hacerlo con la etiqueta de “líder influyente” colgada al cuello. Eso abre puertas, suaviza interlocuciones, mejora la foto en las reuniones donde se decide lo que luego nos explican.
Pero también sube la apuesta. Porque ahora no sólo hay que gobernar: hay que demostrar. No sólo hay que resistir: hay que rendir. No sólo hay que administrar: hay que liderar. Y el liderazgo, cuando se presume, se audita.
Ahí es donde empieza la parte incómoda del cuento. Porque México, mientras posa para la foto, sigue siendo México: con sus pendientes de seguridad que no se evaporan con editoriales, con su economía que no despega por decreto y con sus regiones donde la realidad no cabe en el encuadre de Time. La vitrina no corrige la casa; la exhibe mejor.
Y cuando te exhiben mejor, también se ven las grietas.
De pronto, lo que antes era problema doméstico se vuelve dato internacional. Lo que antes se explicaba con discurso ahora se compara con cifras. Y lo que antes era asunto interno ahora entra al menú de la negociación. Porque, no lo olvide, cuando te vuelves relevante, te vuelves negociable.
Esa es la letra chiquita del reconocimiento: te vuelves variable. Y las variables, en política, se ajustan.
Ahora, tampoco caigamos en el otro extremo —el del pesimismo con sombrero—. Que México esté en esa mesa no es poca cosa. Durante años fuimos el invitado de pie, el que saludaba de lejos y se iba temprano. Hoy, al menos, hay silla. Hay plato. Hay cubiertos. Y eso, en el lenguaje del poder, significa acceso.
El problema es que acceso no es control.
Puedes sentarte, sí. Puedes opinar, también. Pero la cuenta… la cuenta siempre llega. Y no siempre la pagas con aplausos.
Sheinbaum entra a esta etapa con un reto que no viene en la portada: convertir la visibilidad en capacidad. Traducir la mención en margen real. Que el reflector no sea sólo luz, sino palanca. Porque de nada sirve salir en la lista si al final del día las decisiones importantes se toman sin ti… o a pesar de ti.



